Cuando Barack Obama (en la imagen) llegó al poder en 2008 ya advertí que yo también quería un negro en la Casa Blanca, pero no éste. El color de su piel le lanzó como estrella mundial, como el hombre más poderoso del mundo... y entonces me temía lo peor.
Ahora, en la segunda legislatura, es decir, ya en posición de ‘pato cojo’, nos llega el verdadero rostro de Obama: los Obamagate.
En primer lugar, el espionaje a la periodista de Associated Press (AP). Pero de eso no ha tenido la culpa él, claro está, sino la CIA. Ya se sabe que cuando la progresía quiere ocultar algo acude a las cloacas del Estado, es decir, a los servicios secretos, pero lo cierto es que los espías no son las cloacas del Estado sino las cloacas del Gobierno. Sólo recuerdo que por menos de eso, espiar al competidor demócrata, cayó Richard Nixon en el Watergate.
Mucho más grave me parece que el amigo Obama haya lanzado al fisco norteamericano contra los grupos conservadores, especialmente el Tea Party, que siempre hay un impuesto mal pagado. Pero claro, de eso tampoco tiene culpa Obama: la agencia tributaria norteamericana -lo ha dicho Lorenzo Milá- es totalmente independiente del Gobierno. En España ocurre lo mismo: la agencia tributaria es totalmente independiente de Cristóbal Montoro, titular de Hacienda.
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