La guerra —cualquier guerra— tiende a ser presentada como un dilema moral o un acto de justicia humana. Sin embargo, hay que despegarse de los hechos demasiado evidentes para darse cuenta de que casi siempre ese marco resulta insuficiente. Por ejemplo, la guerra de Irán no escapa a esa lógica, no es un simple problema de buenos y malos formando bandas a cada lado, porque a pesar de lo que quieran mostrarnos los líderes, no es un conflicto de justicia social, sino un movimiento muy importante dentro del tablero geoestratégico de alcance global.
Conviene empezar por ahí. En el fondo, lo que se está dirimiendo no es únicamente el comportamiento del régimen iraní —una teocracia que, sin duda, plantea serias objeciones de conciencia desde cualquier prisma liberal o democrático—, sino el equilibrio de poder entre grandes bloques. La tensión estructural entre Estados Unidos y China atraviesa hoy buena parte de los conflictos internacionales. Y como normalmente sucede, estos choques de imperios no se expresan de forma directa; a menudo se libran en escenarios diferentes de las razones que los provocan, es decir, en lo que podríamos llamar la retaguardia del sistema global.
En ese contexto, Irán ocupa una posición clave. No tanto por lo que es en sí mismo, sino por ser un núcleo energético de primer orden. Y aquí llega la verdadera razón del conflicto: Estados Unidos mantiene un pulso comercial con China, convertida en la fábrica de Occidente porque en buena medida ha absorbido los recursos industriales que Europa ha ido perdiendo, o más bien cediendo. Para Donald Trump, frenar al gigante asiático es su primer objetivo y la forma de hacerlo es estrangulando la dependencia de los recursos energéticos externos, de los que depende casi al 100%, bloqueando su capacidad industrial sin el flujo constante de petróleo y gas. Interrumpir ese flujo no es una cuestión moral: es una decisión estratégica.
Estados Unidos mantiene un pulso comercial con China, convertida en la fábrica de Occidente porque en buena medida ha absorbido los recursos industriales que Europa ha ido perdiendo, o más bien cediendo
Ahora se comprende mejor la guerra en torno a Irán, que no es más que el intento de controlar —o al menos condicionar— el acceso de la energía a China, un rival sistémico desde hace décadas. Así, los titulares nos dicen una cosa y, sin embargo, la hipótesis encaja muy bien con la trayectoria histórica de las grandes potencias: quien controla la energía, condiciona el poder.
Mientras tanto, el debate público se mueve en otros términos. Unos insisten en la necesidad de derribar el régimen de los ayatolás en nombre de la libertad y los derechos humanos. Otros apelan al “No a la guerra” como consigna moral universal, subrayando las vulneraciones del derecho internacional o el sufrimiento civil. Ambas posturas contienen elementos de verdad, pero también simplifican una realidad mucho más compleja. Y, sobre todo, contribuyen a fragmentar la percepción de los ciudadanos, que terminan alineándose emocionalmente sin comprender del todo qué está en juego.
Decir “no a la guerra” es, en apariencia, una posición irreprochable. Todos deseamos la paz. Pero, en términos políticos, es una afirmación vacía si no va acompañada de un diagnóstico realista. Los conflictos no desaparecen por negarlos. Decir “No a la guerra” es decir nada y, cerrar un conflicto de carácter internacional con simplismos, es muestra de infantilismo político o de mala fe.
Más arriba hablábamos de la trayectoria histórica de las grandes potencias, y en este sentido, también tendremos que analizar que quienes sufren las guerras no son quienes las deciden, porque como es sabido, siempre, el coste humano recae sobre la población civil. Son los ciudadanos anónimos quienes son ofrecidos como carne de cañón en el frente y en las calles de las ciudades otros pierden su patrimonio y su vida es más precaria cada día que pasa. Mientras, las élites políticas y económicas operan en un plano distinto, donde las consecuencias rara vez se viven directamente.
La distancia existente entre la decisión y el sufrimiento de los ciudadanos, introduce de facto una dimensión moral. No porque el conflicto cambie, porque sigue siendo geopolítico, sino porque pone sobre la mesa el precio de estas decisiones. La guerra tendrá razones estratégicas, sí, pero se padece en términos humanos.
Son los ciudadanos anónimos quienes son ofrecidos como carne de cañón en el frente y en las calles de las ciudades otros pierden su patrimonio y su vida es más precaria cada día que pasa. Mientras, las élites políticas y económicas operan en un plano distinto
Si el conflicto no puede evitarse —el mundo vive en un estado latente de confrontación entre potencias—, no es simplemente por estar a favor o en contra de la guerra, sino por discernir qué es el mal menor, o mejor dicho, lo menos malo… Pero, ¿qué es lo menos malo para qué o para quién? Para el bien común, parámetro en vías de extinción por los políticos.
En el caso iraní, esta lógica lleva a una conclusión controvertida, pero defendible: la derrota del régimen de los ayatolás podría considerarse un desenlace preferible dentro de un escenario negativo. No porque las alternativas sean ideales, sino porque el marco de una democracia —con todos sus defectos— ofrece mayores garantías que una teocracia cerrada y coercitiva.
Esto no implica una adhesión acrítica a sus decisiones, ni una justificación automática de sus estrategias. Significa, más bien, reconocer que el orden internacional no se mueve en categorías puras, sino en equilibrios imperfectos. Y que, en ocasiones, la elección no es entre el bien y el mal, sino entre distintos grados de daño. No obstante, el alto el fuego tiene mucha letra pequeña y tendremos que estar muy atentos a cómo se desarrolla todo.
Quizá la verdadera dificultad radique ahí. Que el hombre masa, prefiere consignas a los análisis, y emociones a diagnósticos. Pero el mundo —como demuestra el caso de Irán— sigue funcionando según lógicas de poder, intereses y recursos. Y entenderlo no equivale a justificarlo. Pero sí es el primer paso para no quedar reducidos a simples espectadores desorientados en medio de un conflicto con implicaciones directas sobre nuestro propio futuro.
En ocasiones, la elección no es entre el bien y el mal, sino entre distintos grados de daño. No obstante, el alto el fuego tiene mucha letra pequeña
El diablo está entre nosotros (La Esfera de los libros), de Lorenzo Ramírez. El orden mundial surgido tras la Segunda Guerra Mundial atraviesa una profunda revisión. Bajo esta crisis operan estructuras supranacionales con intereses que superan a los de los propios estados. Estos actores influyen en la economía y la geopolítica, construyendo relatos simplistas. Sin embargo, el sistema tiende más hacia una élite extractiva que hacia la defensa de libertades, en un contexto de tensiones globales que debilitan a Occidente.
El mar de China y su importancia geopolítica (Comares), de Luis Miguel Lalinde. Esta monografía examina cómo el control del mar que rodea a un país condiciona su desarrollo. Se centra en la pugna por el mar de China entre dos potencias, aún poco conocido en Occidente pese a su actualidad. Analiza el imperialismo japonés, las ambiciones chinas y compara sus estrategias —blandas y duras— para evaluar la relevancia geopolítica de estas aguas en la seguridad y proyección de poder.
El pacifismo en España desde 1808 hasta el «No a la Guerra»… (Akal), de VV.AA. ¿Cómo se ha ido configurando el pacifismo en nuestra época? Diversos intelectuales de distintas disciplinas analizan los pilares de esta obra —antibelicismo, antimilitarismo y pacifismo— con el propósito de seguir el hilo histórico del rechazo a la violencia. Desde los desertores de la Guerra de la Independencia hasta las protestas contra Irak, pasando por objetores, feminismo o el anti-OTAN, se reconstruye el origen de ese clamor colectivo.










