En la celebración del 30 aniversario de Hispanidad se pudo comprobar el cumplimiento indefectible de la teoría del "soplo y el rescoldo”. Y tengo que advertir que, en Historia, dicha teoría tiene la misma validez que en Física la ley de gravitación universal. Así es que, por lo mismo, que si usted suelta una manzana desde la ventana de un cuarto piso, la fruta no asciende hasta el octavo, sino que se despanzurra contra el suelo de la calle, la teoría del rescoldo y el soplo pone en evidencia al mismísimo Manuel Azaña (1880-1940), cuando dijo su conocida melonada de que “España había dejado de ser católica”.

Pues no, Manuel Azaña confundió su deseo con la realidad. España no dejó de ser católica durante la Segunda República, por más que entonces se desatase en nuestra patria la mayor persecución religiosa de todos los tiempos contra la Iglesia Católica, persecución que se prolongó durante la Guerra Civil. La prueba de lo que digo es verdad es que los católicos españoles, en esos pocos años, aportaron el mayor número de mártires que cualquiera de todas las persecuciones sufridas por la Iglesia católica; lo que juzgado como debe ser juzgado -es decir, no de tejas para abajo, sino de tejas hacia el Cielo- fue un gran triunfo religioso, porque como es sabido el éxito de la Iglesia se mide por la santidad de sus miembros. Y de momento, ya se han proclamado oficialmente, 2.254 beatos de la persecución que llevaron a cabo los socialistas, los comunistas y los anarquistas, alentados por los masones, durante la Segunda República y la Guerra Civil.

¿Y en qué consiste la teoría del rescoldo y el soplo? Pues en lo que todos pudimos ver en dicha celebración del trigésimo aniversario de Hispanidad, que tuvo lugar el pasado 25 de marzo. En esa ocasión estaban sentados en el escenario seis destacadas personalidades del mundo empresarial: Antonio Garamendi, Héctor Flórez, Javier Marín, Ismael Clemente, Sandra Segimón y Ángel Ron. Y me permitirán estos grandes agentes de la economía y ustedes también, queridos lectores, que a estas seis personas las identifique en este artículo como “el rescoldo”.

El éxito de la Iglesia se mide por la santidad de sus miembros. Y de momento, ya se han proclamado oficialmente, 2.254 beatos de la persecución que llevaron a cabo los socialistas, los comunistas y los anarquistas, alentados por los masones, durante la Segunda República y la Guerra Civil

Abrió el acto Rubén Manso, un hombre libre, muy libre, listo como los ratones colorados y un sabio de la Economía, que con su intervención dio el primer soplo sobre el rescoldo cuando afirmó lo siguiente: “el empresario tiene el talento de la creación de riqueza. Y, en consecuencia, desarrollar el talento de crear riqueza es cumplir el mandato divino de creced y multiplicaos”.

Escuchar esto y sentir un gran alivio por mi parte fue todo uno. Si Rubén Manso, presidente del Centro de estudios económicos Diego de Covarrubias, no se fijaba en las leyes de la oferta y la demanda, sino en el orden establecido por Dios al crear el mundo, empezaba muy bien aquel acto en honor de Hispanidad. Y además, en este punto coincidía yo plenamente con Rubén Manso, pues durante todos mis años en la Universidad de Alcalá, no me guardé ninguna carta en la manga, las enseñaba todas en la primera clase del curso y como profesor que era, cada curso “profesaba públicamente” de este modo: dependiendo de cómo se autocomprenda el hombre, la Historia se explica de una manera o de otra; podría haber 27 maneras de autocomprenderse el hombre, pero resulta que solo hay dos: o el hombre se considera un ser autónomo o una criatura de Dios. Y entre nosotros, yo me considero una criatura de Dios.

Y aireado el salón de actos de CaixaForum por el soplo de Rubén Manso, le tocaba el turno de palabra a Eulogio López, director de Hispanidad, que junto con su esposa, Juana Samanes, han sabido mantener con vida un periódico durante tres décadas, cuando en la historia del periodismo abundan las cabeceras que fenecieron antes de cumplir los tres años. La intervención de Eulogio López fue un soplo firme, decidido y valiente, al definir así la primera de las características de Hispanidad:

"Somos cristianos por dos razones: una mayor y otra menor. La mayor, porque cristiano no es el que cree en Cristo, es el que ama a Cristo y, por lo tanto, ese amor impregna todo lo que hace. No existe un periodista cristiano que trabaja, por un lado, y reza, cuando le sobra el tiempo. Lo intentamos en Hispanidad cuando ejercemos de cristianos; es decir, cuando rezamos y trabajamos a la vez. Y hay una segunda razón, una segunda razón menor, para adoptar lo de lo del ideario cristiano. Y es que resulta originalísimo. Si quieren ustedes ser originales hoy en día, compórtense y muéstrense como católicos. ¿Conocen algún partido político que se autocalifique así? ¿Conocen ustedes alguna empresa que se autocalifique cristiana? ¿No conocen ustedes alguna institución, algo... lo que sea, hasta un club deportivo? Incluso algunas instituciones de la Iglesia tratan de no aplicar este adjetivo".

Cuando acabó de hablar el director de Hispanidad, comenzó el turno de las seis personas a las que, más arriba, hemos identificado como el rescoldo. Y desde la intervención del primero hasta el último se cumplió la ley del soplo y el rescoldo, porque desde el rescoldo del discurso de los seis surgió la llama de sus vivencias cristianas, manifestadas de modos diferentes, pero todos ellos con principios cristianos. Y no exagero en nada, como pueden comprobar escuchando sus intervenciones que permanecen colgadas en el periódico Hispanidad.

No, no tenía razón Manuel Azaña, ni los azañistas actuales: España no ha dejado de ser católica, porque queda un rescoldo que cuando alguien sopla sobre él, surge la llama. Yo estoy convencido de que si Rubén Manso y Eulogio López se hubieran comportado con la cobardía propia de los católicos moderaditos, y en lugar de decir lo que dijeron hubieran resumido el capítulo de oferta y la demanda de la Introducción de la economía positiva de Richard G. Lipsey, los demás nos hubieran dado una manita de microeconomía y macroeconomía, que para que te cuento yo Remigia…

Y este es el problema, que quienes tienen la obligación de soplar aprietan los labios y no sale llama del rescoldo. Pero el día que los líderes económicos, culturales, políticos, deportivos, universitarios soplen, volverá a surgir la llama. Y si a todos los soplos de estos líderes citados, se uniera el soplo de los obispos, entonces se vería cumplido el deseo de Jesucristo que nos trasmite San Lucas: “Fuego he venido a traer a la tierra y ¿qué quiero sino que arda?”.

 

Javier Paredes

Catedrático emérito de Historia Contemporánea de la Universidad de Alcalá