Abengoa enfila una semana importante con la celebración de la Junta de Accionistas, con un envés y revés para Gonzalo Urquijo, su presidente. La acción cotiza en máximos anuales tras el subidón del pasado día 11, salvando el tipo -la constaste hasta ahora era que pedía lo que ganaba-, pero sin resolver el principal punto de fricción en estos momentos: el acuerdo con los acreedores para resarcir a los bonistas que impugnaron el plan de reestructuración.

Sobre lo primero, la cotización, este viernes cerró a un céntimo del máximo de enero, en 0,33 euros, y sigue en la fase de rebote que inicio desde hace días. Ojo, en cualquier caso, porque es un valor asociado a una gran volatilidad, circunstancia que aprovechan los más espabilados para sacar partido. Así están las acciones A, mientras las B siguen sin levantar cabeza en los 0,01 euros desde abril.

Gonzalo Urquijo tendrá que explicar cómo está el encallado acuerdo para salvar la impugnación

El casus belli con los bonistas estalló en septiembre del año pasado, cuando el juez de los Mercantil número 2 de Sevilla, Pedro Márquez, dio a la razón a los impugnantes en “la desproporción en el sacrificio” por la quita de deuda del 97%, al tiempo que validaba “la homologación del acuerdo de financiación”.

Era lógico pensar que se llegará a un acuerdo para afrontar esa sentencia, que pasa por el pago de esa deuda, que suma 142 millones, pero no ha sido así. Venció el primer plazo, el 31 de mayo, y el acuerdo posible, paralizado en una nueva prórroga.

Obviamente, a Urquijo se le va a preguntar en la junta por este problema, aunque no figura explícitamente en el orden del día (con poca chicha, por lo demás). Entre otras cosas, porque si no hay acuerdo empezarán las reclamaciones por vía judicial, mientras la ingeniería sigue presa del fantasma del concurso de acreedores del que logró escapar. Es un fantasma real, no como otros que también sobrevuela entre rumores sin fundamento sobre cambios en el gobierno corporativo.

Es sorprendente, por tanto, esa falta de acuerdo con los acreedores, por complejo que sea, frente a una realidad más inquietante: el futuro de la empresa, que debe asegurar con su plan de viabilidad. Necesita aumentar más la cartera para engordar los ingresos y que el Ebitda crezca por algo más que el recorte de gastos, como como sucedió en las cuentas del primer trimestre.

Curioso que Riberas (Gestamp) diga que cada banco fue por su lado en Abengoa; con Duro es inflexible

Ha dado pasos, también pasos significativos, como la venta a Algonquin de la antigua filial, Atlantica Yield, que achica la deuda. El cierre de esa operación también requería el visto bueno de los acreedores, que lo dieron sin problema, a diferencia del acuerdo para resarcir a los bonistas díscolos. Y dieron también el permiso para que Abengoa disponga de fondos para acabar la planta cogeneración mexicana, el Tercer Tren (o AT3), para venderla después. Es la segunda gran desinversión.

El veto de los acreedores al acuerdo con los bonistas resulta casi prosaico, pero sin él Abengoa no puede emitir los bonos para pagar a los díscolos. Necesita una dispensa (waiver) de los mismos que firmaron el acuerdo de reestructuración, pero no la dan porque no están dispuestos a que los díscolos tengan preferencia de cobro de la deuda.

De la Junta, por lo demás, poca chica, como decía. El único punto de color es que la ratificación de Josep Piqué como consejero; lo demás está dentro de lo habitual: aprobación de cuentas, las retribuciones y la delegación al Consejo para aumentar el capital con emisión de nuevas acciones.

Entre medio, esta semana ha salido a la palestra Francisco Riberas, dueño de Gestamp y que se mostró interesado por Abengoa en noviembre de 2015, cuando la banca, sobre todo el Santander, buscaba un socio industrial para la ingeniería. “Cada banco iba a lo suyo”, ha dicho en tono crítico, “como suele ocurrir en estos casos”, y tras analizar la situación, escapó.

Ahora, tres años después de aquello, “para nosotros ya no tiene ningún sentido entrar en Abengoa”, aunque le desea lo mejor para que sea una “empresa sólida”, a pesar del “lastre” que ha soltado y el trabajo de reestructuración que tiene pendiente.

Duro Felguera cierra la semana como la empezó: en fase de espera para evitar el concurso

La situación de Abengoa es, paradójicamente, la misma que atraviesa ahora la asturiana Duro Felguera. La banca, como entonces, quiere un socio industrial. La condición se repite, incluso en el mismo banco, el Santander, con el mayor riesgo en ese devenir. La única diferencia es que esté a menos días de un concurso de acreedores, tras el ultimátum de la banca.

Todo depende del socio para ampliar capital en 125,7 millones, tarea encomendada a Fidentiis, y en ese compás de espera sigue. La empresa ha empezado la cuenta atrás entre acuerdos de intenciones, como el anuncio mostrado por la catarí Arabian Constrution Engineering Company (Acec), anunciado por el presidente, Acacio Rodríguez.

También es un acuerdo de intenciones, otro más, el anuncio a la CNMV, este viernes, de la formalización del acuerdo de refinanciación de la deuda con la banca, objeto de la junta extraordinaria del lunes, 25.

Todo está supeditado, en fin, a la ampliación y al nuevo socio, de tal modo que si eso no es posible, se activaría una cláusula suspensiva de todo lo demás. No es la única. Hay otra que exige a la familia Álvarez Arrojo, principal accionista con el 24,3% a través de Inversiones Somió, que no haya “no haya ejercitado ni haya procedido a la enajenación de sus derechos de suscripción preferente derivados del aumento de capital”.