Palabra que no quiero armar más follones. Con mi artículo el hombre al servicio de las plantas, especialmente a través de catholic.net, se montó un carajal al que preferí no responder. Sin entrar en pormenores, digamos que la tesis general era: Eulogio, no te pases.

Pero la tentación no vive en el piso de arriba sino en la contraportada de la Vanguardia de miércoles 29, dedicada a entrevistas de lo más plurales, con personajes a los que sólo se exige una condición: que no sean cristianos. Bueno, o que sean cristianos raritos.

En este caso, el elegido para la gloria es Stefano Mancuso, al que se describe como seguidor de Eduardo Punset, el de los fluidos. Asegura Stefano que las plantas tienen neuronas, son seres inteligentes. Es decir, que Mancuso pertenece a la escuela del alma neuronal, último invento del materialismo biológico más cutre: el hombre no sólo no ha sido credo por Dios sino que no ha sido creado hombre: es pura materia.

Pero donde Mancuso ya me ha tocado el corazón (no el alma, que no existe) ha sido en su exposición de que las plantas tienen sentimientos. Eso es muy fuerte, oiga usted. Él mismo asegura sentirse emocionado al contemplar la inteligencia y sensibilidad de las macetas.

Es decir, que los frutícolas -el fruticulismo- crecen. Ya saben, los frutícolas son aquellos que sólo se alimentan de flores caídas, porque cortar una zanahoria es asesinar a la zanahoria.  

Chesterton aseguraba que la modernidad terminaría en el manicomio. Me pregunto por qué.  

Eulogio López

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