Me encantan las polémicas por las premisas, aunque rara vez se consiga conclusión alguna. Pero bastan esas premisas para conjurar uno de los principales enemigos de la libertad: el silencio, el aborregamiento de una sociedad que no discute porque no tiene nada que discutir.

Ese socialista libre -no, no es una contradicción in terminis ni aún con el Zapatismo- que es Rodríguez Ibarra quiere una sanidad pública sólo para españoles.

Empecemos por el final: no estoy de acuerdo. Conozco la picaresca que los inmigrantes han introducido en la sanidad pública. Nuestra sanidad se ha convertido en un modelo de solidaridad con los no pudientes que incluso explota buena prácticas de salud afuera. Como todo lo referido a la emigración, hay que jugar con un doble aserto: la emigración es en sí misma, mala, se produce porque en su país de origen el inmigrante no tiene donde caerse muerto. Lo mejor sería que esos países mejoraran, no que exportaran personas. Ahora bien, una vez que se ha producido el desastre no podemos esperar: hay que acoger a los que vienen. También sanitariamente. Es decir, si existe sanidad pública, hay que abrir la sanidad pública a quien lo necesita, como hay que abrir las fronteras a quien huye de la miseria, de la tiranía o de ambas cosas a la vez.

Ahora bien, al acogido, en la sociedad y en la sanidad española, hay que exigirle que respete a quien la acoge, a los españoles, a su historia, su religión y su cultura. Este es el problema de España, regida por un Gobierno que odia la historia y la cultura españolas: que no se hace respetar por el inmigrante porque no se respeta a sí mismo.

Ejemplo: les cuento otro caso real de un marroquí (esta vez no se llama Mohamed, como el Torrelodones, pero vamos a utilizar el mismo gentilicio). No ocurrió en Madrid, sino en otra comunidad autónoma española, también regida por el Partido Popular.

Nuestro Mohamed segundo, natural de Marruecos, tiene una grave enfermedad en una pierna, lo que le ha obligado amputarla. Ahora que le han dado de alta, médicos, enfermeros y auxiliares del centro sanitario público donde le han intervenido han brindado con cava. No es para menos, tras tres meses de soportar el honor herido de Mohamed.

Nuestro marroquí lleva tres años de jornalero en España por lo que habla perfectamente el español, pero se negaba a emplearlo y en su trato con los médicos exigía la presencia de un traductor. No por nada, sólo por fastidiar. Naturalmente, eso dificultaba la aplicación de la terapia hasta límites imposibles porque no siempre había un traductor a mano (afortunadamente se conformaba con traductor de francés, no de árabe).

A las enfermeras les trataba a patadas y exigía que las curas se las practicaran enfermeros varones, lo cual exigió cambiar los turnos para que siempre hubiera un varón a mano. Exigía que no se le trajera agua del bidón aséptico colocado a pocos metros de su cama, sino de mineral, porque lo otro era tratarle como a un perro. Estas palabras sí las expresaba en un correctísimo castellano. Puedo obviar que los comedores del hospital se desvivieron por ofrecer a Mohamed un menú mahometano, lo cual encarece el gasto de su manutención.

Asimismo, exigió la presencia de sus familias. Naturalmente, los servicios sociales de la Comunidad Autónoma se desvivieron: pagaron el viaje de una de sus esposas -Mohamed no era rico pero al parecer también los pobres pueden practicar la poligamia- y de su hijo, así como el hospedaje de ambos en la capital de la comunidad, además de los traductores requeridos por la cónyuge de Mohamed.

El problema llegó cuando la cónyuge de Mohamed llegó acompañada de su hijo para dejar claro, de inmediato, que el hostal elegido no reunía las condiciones requeridas de habitabilidad. De inmediato la Consejería correspondiente se preocupó de conseguirle un hotel dotado con mejor equipamiento y estilo, supongo que para homologar las condiciones de vida en Marruecos de la esposa de Mohamed

El tratamiento conllevaba la amputación de una pierna a la altura de la rodilla. Naturalmente, el hospital le dotó de toda la ortopedia necesaria así como de la rehabilitación que exigía el protocolo sanitario pero los problemas no terminaron ahí. Mohamed recordó a quien quiera oírle que la pierna de un musulmán no puede convivir con los repugnantes miembros de cristianos. Naturalmente, debía ser la sanidad pública española quien solucionara el problema. Los Servicios Sociales se pusieron en marcha. Todo sea por satisfacer al insatisfecho Mohamed. Al final, encontraron en Zaragoza un cementerio musulmán donde el miembro de Mohamed puede descansar en paz.

Insisto, hablo de un caso real, y no doy más datos porque me piden que no violente el secreto profesional (¡Cuántas injusticias se ocultan bajo el manto del derecho profesional!), pero el problema no está en prohibirles la entrada en la sanidad pública a los inmigrantes -sobre todo en caso de urgencia- sino en exigirles el respeto debido al país que les acoge. Hemos creado -con el zapatismo exagerado- un estado de ánimo en el que parece que si no se reverencia a los Mohamed eres un racista. Tamaña imbecilidad nos lleva a los abusos que sufrimos de los Mohamed sinvergüenzas que muerden la mano que les da de comer. Rodríguez Ibarra debería reflexionar sobre las causas que nos han llevado a los efectos que ahora denuncia, al síndrome Mohamed.

Si los médicos y enfermeras, así como los asistentes sociales que atendieron a Mohamed se hubieran sentido socialmente respaldados en su trabajo y en su dignidad, le habrían puesto firme a Mohamed tras la primera impertinencia. Pero saben que si lo hacen serán tildados de racistas y perseguidos profesional y socialmente. Y así nos luce el pelo: un país en guerra civil permanente está pidiendo a gritos que el extranjero se aproveche de sus divisiones internas. Es lógico.

Eulogio López

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