Los depósitos bancarios ya no pueden ser sagrados, asegura el periodista Salvador Arancibia, en Expansión, recogiendo lo que parece ser opinión prevalente en el sector.

Claro que el sector no quiere que sean sagrados: el ejecutivo bancario quiere impunidad y para el conjunto de la trama financiera mundial, mejor que no lo sean, no vaya a ser que vengan mal dadas y tengamos que echarle la culpa a los políticos.

Gravar los impuestos, de la cuantía que sean, pero, sobre todo los pequeños, es un robo, Insisto: no se puede equiparar depósitos con inversiones (acciones, preferentes, etc.). Los depósitos son, en efecto, sagrados. Y si los depósitos tienen rentabilidad pues entonces trátese la rentabilidad como inversión, pero no el depósito. Y aún así pondría pegas porque el banco necesita esos depósitos y negocia con ellos.

Para las clases medias y menos medias tener un depósito bancario es una obligación para poder hacer sus pagos. Le obliga a ello una sociedad obligatoriamente bancarizada. Y si no, que se obligue a las empresas a cobrar sus pagos por internet, no por intermediario financiero. Pero el depósito no se toca porque la propiedad privada no se toca. Un impuesto a los depósitos no es más que un robo, una confiscación de la propiedad privada. El que invierte en acciones o en deuda lo hace para ganar: arriesga y a veces gana y otras pierde. Pero el depositante y el cuenta correntista abren su vía en el banco para pagar sus deudas.

Y de ahí se deduce que toda quiebra bancaria no debe ser pagada por el conjunto de la ciudadanía -contribuyentes, depositantes e inversores- sino por los propios bancos. Asegúrese el pasivo no remunerado o mínimamente remunerado y póngase en venta los activos. Y que el Estado asegure los 100.000 euros actuales. Pero para ello hay que dejar que quiebren los bancos quebrados, no salvarlos.

Otro ataque a la propiedad privada: las cabezas de huevo de Bruselas, especialmente la de doña Angela Merkel, es decir, las cabezas de huevo de Berlín, pretenden introducir un nuevo impuesto contra los propietarios de pisos. Es decir, otro impuesto contra la propiedad privada. Todo gravamen sobre el patrimonio es injusto: grava lo que ya gravó en la renta con la que se obtuvo ese patrimonio. Si el propietario no le saca el rendimiento debido, allá él: el Estado no puede quitarle lo que es suyo. En cualquier caso, si Merkel quiere reducir el déficit que reduzca prestaciones públicas y no aumente los impuestos.

En plata: si nos cargamos la propiedad privada, sobre todo la PPP, la pequeña propiedad privada, nos cargamos las libertades públicas.

Eulogio López

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