Un día después de la Diada, con Artur Mas (en la imagen), exigiendo la independencia, comento la jugada con amigos catalanes, ninguno de ellos independentistas -les aseguro que no hay tanto- y todos me comentan lo mismo. Sí, aquí los hay que se pasan pero "Madrid debería hacer un gesto".

Les cuesta especificar si el gesto consiste en el Pacto Fiscal o en un reconocimiento del  hecho diferencial con Cataluña, un detalle. Ya he dicho que los catalanes, en contra de la imagen más primaria que tenemos en el resto de España, son unos sentimentales. Y este es círculo vicioso del sentimentalismo: quiero sentirme querido sin comprender que esa exigencia, continua y un poco pelma, suele provocar el efecto contrario: la animadversión. Muchos españoles, cuando oyen el discurso nacionalista, se miran a sí mismos y se preguntan: ¿pero es que huelo mal?

Es lo mismo que Cristiano Ronaldo: quiere que la grada del Santiago Bernabéu le mime, mientras que la grada lo que exige a Ronaldo son goles, no mimos.

En cualquier caso, supongamos que sí, que Madrid debe tener un gesto con Cataluña. Ahora bien, ¿dónde está el límite? ¿Qué gestos se precisarían para que los catalanes se sintieran cómodos en España? ¿Con qué gesto se conformarían?

El problema de los nacionalismos, insisto, es que es un debate de identidades, que no de ideas. No se habla del Estado de Derecho sino del tamaño del Estado. Es, pues, un problema insoluble.

Por lo demás, si vamos a la confrontación, insisto: en un referéndum independentista en Cataluña yo tengo tanto derecho a votar como el nacido en Barcelona. A mí nadie me quita mi Cataluña.

Eulogio López

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