Esta es la mujer que preside mi querida República Argentina. Estaba doña Cristina Fernández de Kirchner propinando a los argentinos un mitin en un arrabal de Buenos Aires cuando sonó una sirena. En Argentina, años atrás, las fábricas hacían sonar sus sirenas para que los trabajadores prepararan su cambio de turno y para que sus sustitutos acudieran puntuales al trabajo.

En ese momento, nuestra presidenta entra en éxtasis y lanza la proclama: "Oigo una sirena. Eso es que van a cambiar de turno. Seguramente será una de las empresas apoyadas por este gobierno".

En ese momento, aparecen en el horizonte varios camiones de bomberos que se disponían a atender una emergencia. 

De los argentinos podrán decirse aquello de ¡Qué buen vasallo si tuviera buen señor! Y Argentina no deja de ser uno de los principales actores del mundo hispano. Pero con estos gobernantes los argentinos sufren una delincuencia creciente y una corrupción que ahoga cualquier tipo de crecimiento, además de las libertades individuales. Una clase dirigente, la creada por el matrimonio Kirchner, que hace gala de su ignorancia y que no toma un micrófono si no es para hacer propaganda de su latrocinio sistemático. La víctima robada es el pueblo argentino.

Pueblo que, además, ha iniciado un rearme moral increíble tras el nombramiento como Papa de su compatriota Bergoglio.  Rearme necesario pero que no tendrá su traslación pública mientras los argentinos no se libren del grupo de ladrones e inmorales que detentan el poder.

Eulogio López
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