• Los científicos no me explican de dónde venimos, quién somos y a dónde vamos.
  • El Big Bang no me explica el origen. Si no sé mi origen desconozco mi fin.
  • Entonces, ¿de qué me sirve la ciencia?
  • Luego está la soberbia científica: pretenden que Dios le quepa en su cabeza y entonces la cabeza les estalla.
  • La ciencia sólo explica la materia, una pequeñísima parte de la existencia.
  • Descanse en paz señor Hawking, ahora que sabe que Dios sí existe y es padre.
Stephen Hawking (en la imagen) ha muerto. Ahora sabe que Dios sí que existe y que Dios es padre. El campeón del ateísmo, la enseña de los remisos a creer, conoce ahora cómo es conocido. Nada menos. Pero con todo su mérito, Hawking representa el fracaso de la ciencia actual, más bien del positivismo actual. Ejemplo: la teoría del Big Bang no me explica nada. Nada nos dice de la creación, sólo de la evolución. Y claro, como ser racional, lo que quiero es explicar el salto de la nada al ser, no la evolución desde una cosa muy pequeñita (con estallido o sin él) a una cosa muy grande. No quiero que me empiecen a contar la película por la mitad, porque si no sé mi origen no puedo conocer mi fin. La ciencia no me explica de dónde vengo, quién soy y a dónde voy. Entre otras cosas porque se ciñe a la materia, a lo que se puede medir y contar. Y hasta el ateo más recalcitrante sabe que la vida humana, racional y libre, es mucho más que eso. Y entonces, con todo respeto: ¿de qué me sirve el alabado conocimiento científico? Luego está la soberbia científica: pretenden que Dios le quepa en su cabeza y entonces la cabeza les estalla. No comprenden que se trata de descubrir a Dios, no de crear a Dios. Además, si se ciñen a lo material, tan limitado, ¿a qué viene tanto orgullo científico? La ciencia no explica la vida, sólo la materia. Y eso es muy poca cosa. Descanse en paz, señor Hawking, ahora que sabe que Dios sí existe y es padre. Eulogio López [email protected]