Asegura Esperanza Aguirre que "los antisistema deberían presentarse a las elecciones".

Pues no, señora Aguirre. Usted sabe que no pueden presentarse con alguna garantía de éxito para cambiar las cosas. Nadie puede, fuera del oligopolio de partidos que llevan viviendo del erario público -también del dinero de los impuestos de los antisistema- y de la historia. Y ambos privilegios son legales e ilegítimos. La primera porque los antisistema, o cualquier otro grupo reformador, no pueden financiar el enorme mecanismo -gasto- de los grandes partidos, especialmente del PSOE y del PP. Lo segundo, porque todo el sistema electoral está pensado para mantener el oligopolio y para que no entren nuevos invitados al banquete del poder. Los partidos surgieron de la Transición a la democracia pero, desde entonces, se han blindado y nadie puede romper el cerco a pesar del hartazgo de los ciudadanos hacia los partidos ya tradicionales -que no tradicionalistas-. Buena prueba de ello es el divorcio entre nuestra clase política y la ciudadanía votante. Los antisistema, al igual que los católicos -o cualquiera que tenga alguna convicción no negociable- no está contra el sistema democrático, sino contra el oligopolio de partidos dominantes creados en su momento. Su lema es democracia real ya, no otra democracia.

¿Quiere decir esto que me gustan los antisistema? No, percibo en ellos mucha postura un pelín majadera, como su obsesión anti-bancaria. Si quieren distinguir ustedes entre un verdadero luchador contra la especulación de los mercados, verdadero causante de la actual crisis, comprobarán que apunta contra los mercados, no contra los bancos. Los bancos tienen un papel que cumplir en el bien común, especialmente la banca al por menor. Son los gestores del dinero ajeno, de fondos de inversión y de pensiones, así como la banca de inversión y demás intermediarios bursátiles quienes más daño hacen a la economía real y, sobre todo, son los bancos centrales, los creadores de dinero artificial, así como los gobiernos emisores de deuda, los que han creado esta economía financista que nos oprime, donde los rentistas, es decir, los ricos, están destrozando a los pobres.

Por otra parte, su pacifismo internacionalista no me gusta. Es a lo que aspira el Nuevo Orden Mundial: un solo Gobierno planetario, una sola ideología, un poder que, en nombre de los derechos civiles, destroza la libertad individual. Por supuesto, el derecho a la vida y la defensa de la familia brillan por su ausencia cuando no por su aversión.

Pero una cosa es que no me gusten lo que piden los antisistema acampados en la Puerta del Sol madrileña y otra cosa que su enfrentamiento al actual sistema no resulte razonable. Me gusta su diagnóstico aunque no me agrada su terapia.  

Pero lo peor no es eso. Lo peor es que ese mundo endogámico en el que se ha convertido la política española ha generado una especie de pensamiento único y todo aquel que discrepe del mismo sencillamente no es demócrata.

Y también ha generado la impunidad de la corrupción. Está corrupta la clase política y está corrupta la justicia a la que ellos nominan. Por eso los españoles nos hemos quedado de piedra con la detención del director del FMI, Dominique Strauss-Kahn, categoría de jefe de Estado. Aquí no estamos acostumbrados a lo mejor de la democracia norteamericana: la igualdad de todos ante la ley, al trato similar entre el villano y el Señor.

Como también está corrupto todo el aparato de vertebración del país, no porque se lo lleve crudo sino porque obedece a las directrices del pensamiento único que mana del PSOE y del PP. Eso es lo que ocurre con el Banco de España, con los organismos reguladores y con el poder cultural, el más peligroso de todos, teledirigido por el pensamiento político correcto de los Señores de la Prensa. Piénselo: ¿conocen a algún gran grupo multimedia -en España son seis- que no esté afiliado a una fracción política -no ya a un partido- y a todo el poder económico, en su totalidad manifiesta?

Los desesperados y los cristianos son los que se quedan fuera del circuito, en lo extraparlamentario. Y no es lógico, señora Aguirre, porque hay mucho desesperado y hay  más de 7 millones de católicos que van a misa cada domingo. Ambos colectivos se enfrentan a la alternativa habitual: o votar tapándose la nariz o votar en blanco (o abstenerse pero eso sí que es antidemocrático). El 22-M, servidor, que es católico, no desesperado, introducirá los dos sobres -el municipal y el autonómico- sin ninguna papeleta dentro. Si todos los antisistema y todos los católicos hicieran lo mismo, ese voto comenzaría a preocupar al Establecimiento. Y, además, empezaríamos a votar por algo en lo que creemos no contra alguien del que apostrofamos.

Eulogio López

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