Sr. Director:
Con frecuencia, el mundo literario y artístico usa términos propios de la religión muy alejados de su sentido original.  Pero con excepciones.

Hay en marcha una campaña publicitaria de un perfume denominada Ange ou Démon, le secret en la que la modelo transforma su aspecto angelical en uno exuberante y sensual en rojo y negro, después de perfumarse. Siempre he desconfiado de esos anuncios de fragancias cuyo objetivo de penetración en el mercado está en proporción directa a la superficie de carne femenina al descubierto. Pero el spot de Givenchy es sincero: vende sibaritismo, sensualidad y clase, y un acto reflejo: la mujer que se perfuma es en aras de excitar la libídine masculina, tentación, por otra parte, típicamente demoníaca. Porque no todas las realidades del acervo judeo-cristiano se han vaciado de sentido: los ángeles siguen representando belleza, gracilidad, y solicitud, y los demonios, odio y una fealdad engendrada por su pecado, por cierto, no de lujuria, sino de rebeldía. Por algo algunos dicen, sin saber lo que dicen,  que los ángeles no tienen sexo.

Eva N. Ferraz

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