• Pero "sin amor, la verdad se vuelve fría, impersonal, opresiva para la vida concreta de la persona", dice el Papa.
  • El pontífice destaca el papel de la familia fundada en el matrimonio, esto es, en la unión estable de un hombre y una mujer: "Los niños aprenden a fiarse del amor de sus padres. Por eso, es importante que los padres cultiven prácticas comunes de fe en la familia, que acompañen el crecimiento en la fe de los hijos".
  • Y hace una mención especial a los jóvenes: "Todos hemos visto cómo, en las Jornadas Mundiales de la Juventud, los jóvenes manifiestan la alegría de la fe, el compromiso de vivir una fe cada vez más sólida y generosa".

Lumen Fidei, así se titula la primera encíclica del Papa Francisco (en la imagen), que comenzó Benedicto XVI con motivo de la celebración del Año de la Fe, que comenzó el 11 de octubre de 2012 -en el 50 aniversario de la inauguración del Concilio Vaticano II- y que concluirá el próximo 24 de noviembre de 2013, en la Solemnidad de Cristo Rey del Universo.

La encíclica está dividida en cuatro capítulos: "Hemos creído en el amor", "Si no creéis, no comprenderéis", "Transmito lo que he recibido" y "Dios prepara una ciudad para ellos".

En la introducción, el Papa afirma que "el espacio de la fe se crearía allí donde la luz de la razón no pudiera llegar, allí donde el hombre ya no pudiera tener certezas. La fe se ha visto así como un salto que damos en el vacío, por falta de luz, movidos por un sentimiento ciego; o como una luz subjetiva, capaz quizá de enardecer el corazón, de dar consuelo privado, pero que no se puede proponer a los demás como luz objetiva y común para alumbrar el camino. Poco a poco, sin embargo, se ha visto que la luz de la razón autónoma no logra iluminar suficientemente el futuro". Por eso, "cuando falta la luz, todo se vuelve confuso, es imposible distinguir el bien del mal, la senda que lleva a la meta de aquella otra que nos hace dar vueltas y vueltas, sin una dirección fija".

Ya en el segundo capítulo, el Papa Francisco señala que "recuperar la conexión de la fe con la verdad es hoy aun más necesario, precisamente por la crisis de verdad en que nos encontramos. En la cultura contemporánea se tiende a menudo a aceptar como verdad sólo la verdad tecnológica: es verdad aquello que el hombre consigue construir y medir con su ciencia".

"Por otra parte, estarían después las verdades del individuo, que consisten en la autenticidad con lo que cada uno siente dentro de sí, válidas sólo para uno mismo, y que no se pueden proponer a los demás con la pretensión de contribuir al bien común. La verdad grande, la verdad que explica la vida personal y social en su conjunto, es vista con sospecha".

"En esta situación, ¿puede la fe cristiana ofrecer un servicio al bien común indicando el modo justo de entender la verdad", se pregunta el pontífice que para responder acude a San Pablo: "Con el corazón se cree" (Rm 10,10). Y es que "la fe transforma toda la persona, precisamente porque la fe se abre al amor", señala Francisco.

Pero "el amor se concibe hoy como una experiencia que pertenece al mundo de los sentimientos volubles y no a la verdad". "Sólo en cuanto está fundado en la verdad, el amor puede perdurar en el tiempo, superar la fugacidad del instante y permanecer firme para dar consistencia a un camino en común. Si el amor no tiene que ver con la verdad, está sujeto al vaivén de los sentimientos y no supera la prueba del tiempo". Y al mismo tiempo, "sin amor, la verdad se vuelve fría, impersonal, opresiva para la vida concreta de la persona", dice el Papa.

El pontífice destaca el papel de la familia: El primer ámbito que la fe ilumina en la ciudad de los hombres es la familia. Pienso sobre todo en el matrimonio, como unión estable de un hombre y una mujer: nace de su amor, signo y presencia del amor de Dios, del reconocimiento y la aceptación de la bondad de la diferenciación sexual, que permite a los cónyuges unirse en una sola carne (cf. Gn 2,24) y ser capaces de engendrar una vida nueva, manifestación de la bondad del Creador, de su sabiduría y de su designio de amor".

"En la familia, la fe está presente en todas las etapas de la vida, comenzando por la infancia: los niños aprenden a fiarse del amor de sus padres. Por eso, es importante que los padres cultiven prácticas comunes de fe en la familia, que acompañen el crecimiento en la fe de los hijos", señala.

Y menciona a los jóvenes, "que atraviesan una edad tan compleja, rica e importante para la fe, deben sentir la cercanía y la atención de la familia y de la comunidad eclesial en su camino de crecimiento en la fe. Todos hemos visto cómo, en las Jornadas Mundiales de la Juventud, los jóvenes manifiestan la alegría de la fe, el compromiso de vivir una fe cada vez más sólida y generosa. Los jóvenes aspiran a una vida grande. El encuentro con Cristo, el dejarse aferrar y guiar por su amor, amplía el horizonte de la existencia, le da una esperanza sólida que no defrauda. La fe no es un refugio para gente pusilánime, sino que ensancha la vida".

Pablo Ferrer

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