Lo que hoy denominamos etiquetas proceden del mundo anglosajón y, con lo bueno o malo que supone eso de etiquetar, podemos decir que es una manera de aligerar el discurso y comprender con una sola palabra un concepto general. Por ejemplo, cuando decimos baby boomers, no necesitamos explicar que son los nacidos en la explosión demográfica de la tardía posguerra de España, entre los años 50-60 del siglo XX. Sucede lo mismo cuando nos referimos a la Generación X, educada todavía en un mundo analógico y el inicio del avance tecnológico. O los millennials, los hijos de los baby boomers, que se han criado en y desde la globalización e Internet; sigue la Generación Z, que socializa con el smartphone; y la Alpha, que está creciendo a los pechos de las pantallas y la inteligencia artificial.
Los avances sociales, especialmente los referidos a las tecnologías, siempre han sido uno de los principales factores que provocan cambios en la percepción y el desarrollo del mundo, que influye en las relaciones políticas y sociales de manera transversal. Precisamente por esto, quienes hoy rondan los 35 años, pertenecen mayoritariamente al universo millennial, asentándose en ellos un cambio profundo, casi antropológico, porque el paso de lo analógico a lo tecnológico, ha sido uno de los saltos hacia delante más grandes de todo el histórico de la humanidad. Quizá sea esto una de las consecuencias de cómo lo personal ha pasado a ocupar el centro y, el compromiso con terceros, ha quedado condicionado a que no interfiera en su proyecto individual.
En términos generales, podemos definir que esta generación vive, o sobrevive, en el individualismo positivista: ganar el máximo de dinero trabajando lo menos posible, viajar, disfrutar de la sexualidad y preservar su autonomía. No importa el ser. Lo que determinan sus objetivos es cómo se consume la vida, qué mostrar o dónde experimentar. No podemos obviar en este caso El hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl, para recuperar el valor de la trascendencia individual frente al vacío que muchas veces proporciona esta sociedad.
Pero vayamos un poco más allá, porque no podemos asegurar que los españoles hayan dejado simplemente de querer tener hijos, ya que, entre los mayores de 40 años, solo el 8% de los hombres y el 7% de las mujeres sin descendencia afirman no haber querido tener hijos. Lo que sí aparece es que todos buscan retrasar el momento de la paternidad y/o la maternidad. En 2025, los datos arrojaron cifras preocupantes para la regeneración de la sociedad. Veamos: los jóvenes españoles abandonaron el hogar familiar, de media, a los 30,2 años; mientras que la fecundidad había caído a 1,10 hijos por mujer en 2024 a 10,4% en 2025. Y como dato interesante, el mayor dato de los nacimientos correspondió a madres de 40 años o más.
¿Por qué esta actitud cerrada con lo que sucederá mañana con el mundo? Durante siglos, el compromiso significaba vincular la propia vida a algo que no podía renegociarse cada día, ya fuese un cónyuge, los hijos, una vocación, el mundo laboral... Hoy, el compromiso es tan frágil, que cualquier acuerdo humano se plasma sobre un papel en el que todos se protegen de la falta de cumplimiento por la parte contraria. En este sentido, Amor líquido, de Zygmunt Bauman, es un básico para entender la fragilidad de los vínculos de la sociedad débil e individualista que conforma el núcleo de nuestras sociedades occidentales.
Lógicamente, esta transformación también se refleja en la maternidad, donde muchas mujeres deciden “adquirir”, y lo digo con intención, un hijo sin la actuación activa de un varón. Los nacimientos sin datos del padre entre madres nacidas en España siguen siendo claramente minoritarios, pero pasaron del 1,2% en 2007 al 3,3% en 2024, especialmente visible en mujeres de edades avanzadas. Así, la procreación, la pareja o la familia, se conciben como realidades independientes porque el valor de la palabra compromiso está roto.
La paradoja de todo esto es cómo tantos individuos suplen sentimentalmente su soledad afectiva con mascotas, con los sobrinos o los vínculos de relación esporádicos. El problema no es tener a un animal de compañía, ni ser un buen tío de tus sobrinos, sino cuando se busca el afecto sin aceptar que amar a otra persona exige renuncia, paciencia, conflicto, perdón y permanencia.
Rudolf von Jhering lo vio desde otro ángulo en La lucha por el derecho. Defender el propio derecho, sostenía en su ensayo, forma parte de la conservación moral de la persona. Renunciar ala vida, sea cualesquiera que sean las razones, no solidaridad ni conciencia social, más bien es cobardía o egoísmo, y el derecho pretende legitimar el bien común, que normalmente se aporta primero para recibir después.
Las consecuencias del mañana pueden adivinarse: menos nacimientos, más soledad, mayor necesidad de apoyo institucional y una sociedad con muchos titulares de derechos y, sin embargo, cada vez menos personas dispuestas a cargar con sus obligaciones y responsabilidades.
Por supuesto, la solución no consiste en exigir que la gente se case y mucho menos volver artificialmente al pasado. Consiste en hacer una labor pedagógica desde la formación escolar, forjando jóvenes en la fortaleza del cumplimiento, reforzando el valor de la palabra dada, es decir, devolver prestigio al compromiso, educar en la frustración, distinguir los deseos con los derechos, enseñar que trabajar exige esfuerzo y recordar que la libertad no consiste en no estar atado con alguien, sino en poder elegir algo valioso y permanecer fiel cuando lo que sea empieza a ponerse difícil.
Los saltos tecnológicos, es verdad, nos hacen percibir el mundo de otra forma porque trabajamos distinto, pero el interior de la persona debe estar protegido y conocer nuestras referencias personales en relación a los demás desde la unidad y la participación de unos con otros. Quizá, una asignatura pendiente a día de hoy.