Sr. Director:
Un documento sobre la cultura, emanado de uno de los organismos del Vaticano, especifica de manera manifiesta que “no hay cultura si no es del hombre, por el hombre y para el hombre. Abarca toda la actividad del hombre, su inteligencia y su afectividad, su búsqueda de sentido, sus costumbres y sus recursos éticos. La cultura es tan connatural al hombre, que la naturaleza de éste no alcanza su expresión plena sino mediante la cultura”.
Pero, por encima de la cultura está la naturaleza del hombre que la trasciende. De ahí que la auténtica y verdadera cultura ha de testimoniar su universalidad y trascendencia. De lo contrario conduciría al hombre a su propia autodestrucción. Y esto se ha podido apreciar a lo largo de la historia y en determinadas civilizaciones.
En los tiempos presentes hay un excesivo dirigismo en la imposición de una determinada forma de cultura: es la denominada cultura de la muerte. Desde las instituciones públicas se está fomentando cada vez más el aborto, la eutanasia y, en cierto sentido, el suicidio. Se puede apreciar que no ven con buenos ojos la cultura de la vida: hijos, cuidados paliativos, esperanza de realizarse a los jóvenes con un futuro digno y con capacidad de producir abundantes frutos…
También en el ámbito social se pueden apreciar manifestaciones que muestran algunas de las tendencias de la cultura, que se reflejan en el “ser” y en el “tener” y consecuentemente se traducen en demostraciones de soberbia, de ambición y en el desmesurado afán de poder.
Pero la persona es libre y puede adquirir una formación recta correctamente enfocada hacia el bien común y aunque se vea envuelta en este ambiente puede reaccionar de forma positiva ante esta avalancha que podríamos definir como anti-cultura y crear a su alrededor un ambiente cultural positivo y rebosante de interés, una cultura desbordante de valores universales y trascendencia.
Fomentar la cultura, la auténtica y verdadera cultura en las personas es una forma de enriquecer también la sociedad.