Al comienzo de septiembre me vuelven los recuerdos de mi infancia, porque como dicen las campañas de publicidad estamos en “la vuelta al cole”. De mi época escolar al día de hoy han cambiado mucho las cosas. En mi escuela de Vallecas hacíamos las cuentas y las copias de escritura con lápiz, porque cuando se acababa el cuaderno borrábamos todas las hojas y vuelta a empezar; operación que podíamos repetir hasta tres veces, pero no más, porque a la cuarta ya no aguantaba el papel.

En un solo libro se encontraban todos los conocimientos que teníamos que adquirir; era la famosa Enciclopedia Álvarez, donde estudiábamos Historia, Geografía, Física, Matemáticas, Normas de educación… Aquello sí que era el de omne scientia. Teníamos también un libro de lectura, en el que leímos en voz alta y nos relevábamos cuando uno llegaba a un punto y aparte, para que siguiera el compañero de al lado, por lo que había que seguir la lectura atentamente cuando a uno todavía no le tocaba leer en voz alta, para saber cuándo había que coger el relevo; era El Libro de España, en el que se contaban los viajes de dos hermanos que recorrían nuestra patria y nos mostraban su unidad, su variedad y sus riquezas.

Y, por supuesto, la Enciclopedia Álvarez, comenzaba con el apartado de Religión; además en la escuela se estudiaba el Catecismo de segundo grado, porque este era el sistema educativo de una sociedad cristiana, con todos los defectos que se quiera, pero cristiana. Todo esto en las escuelas nacionales, porque en los colegios de religiosos y de monjas, las prácticas de piedad eran más numerosas. Así nos educaron a los niños de la década de los cincuenta del siglo pasado, de manera que con diez años hacíamos la prueba de ingreso para empezar el Bachillerato, sin cometer faltas de ortografía y con una comprensión lectora muy notable.

He sido profesor de la Universidad pública del Alcalá, durante cuarenta años, y por esta circunstancia estuve en seis ocasiones con uno de sus obispos, don Juan Antonio Reig Plá, del que guardo el recuerdo de su trato entrañable. Pero excepto estas seis entrevistas con el obispo de Alcalá, no recuerdo haber estado con ningún otro obispo en toda mi vida, salvo en dos ocasiones. La primera de ella fue hace unos veinte años y la segunda es algo más reciente.

Pues bien, hace dos décadas, acudí todo ilusionado al despacho de aquel obispo —cuyo nombre prefiero ocultar—, porque se decía de él que era un mirlo blanco y que iba a dar mucho juego. Pero lo cierto es que a mí, en aquella entrevista, se me cayeron todos los palos del sombrajo, precisamente por el comentario que hizo dicho monseñor acerca de la enseñanza:

“La enseñanza católica…, la enseñanza católica… De católica ya solo tiene el nombre”. —Se lamentaba el prelado.

Y me desilusionó el tal mirlo blanco, porque tras el lamento, no dijo nada más. El tal obispo se me cayó del pedestal, porque conociendo la enfermedad —la enseñanza católica… la enseñanza católica… De católica ya solo tiene el nombre— no manifestó el remedio que iba a aplicar para su curación. Dejar pasar y no hacer nada, cuando hay obligación de poner remedio ha tenido unas consecuencias terribles en los colegios católicos, privados o concertados, que tienen como reclamo lo de su ideario católico, ideario por el cual los colegios concertados suscriben un concierto con las administraciones públicas, que les proporciona un ingreso de dinero.

Pero vayamos a al magisterio de la Iglesia sobre la enseñanza. Así como la encíclica Rerum Novarum (5-V-1891) de León XIII es la carta magna de la doctrina social de la Iglesia para el mundo del trabajo, la encíclica Divini Illius Magistri (31-XII-1929) de Pío XI es la correspondiente carta magna de la educación de los colegios católicos.

El bajonazo de la enseñanza católica en España, que como certeramente diagnosticaba aquel obispo que “de católica ya solo tiene el nombre”, se debe fundamentalmente a que se nos ha ocultado la doctrina, y de este modo los colegios católicos han ido degenerando hasta llegar a la situación actual. En consecuencia, en este artículo voy a transcribir algunos párrafos de la encíclica Divini Illius Magistri, para recordar lo que debe ser la enseñanza católica, según el magisterio pontificio.

Comienza la encíclica de Pío XI aclarando cuál es el fin de educación, y ¡Oh sorpresa!, el papa no dice que el fin de la educación cristiana sea que los niños sean bilingües, ni que saquen una nota de corte alta en la selectividad para poder matricularse en una carrera que les permita forrarse en su profesión. El fin de la educación cristiana según la encíclica Divini Illius Magistri es el siguiente:

«La educación consiste esencialmente en la formación del hombre tal cual debe ser y debe portarse en esta vida terrena para conseguir el fin sublime para el cual ha sido creado, es evidente que así como no puede existir educación verdadera que no esté totalmente ordenada hacia este fin último, así también en el orden presente de la Providencia, es decir, después que Dios se nos ha revelado en su unigénito Hijo, único que es camino, verdad y vida (Jn 14, 6), no puede existir otra completa y perfecta educación que la educación cristiana».

Continua la encíclica explicando a quién pertenece la misión educadora:

«La educación no es una obra de los individuos, es una obra de la sociedad. Ahora bien, tres son las sociedades necesarias, distintas, pero armónicamente unidas por Dios, en el seno de las cuales nace el hombre: dos sociedades de orden natural, la familia y el Estado; la tercera, la Iglesia, de orden sobrenatural (…) La consecuencia de lo dicho es que la educación, por abarcar a todo el hombre, como individuo y como miembro de la sociedad, en el orden de la naturaleza y en el orden de la gracia, pertenece a estas tres sociedades necesarias en una medida proporcionada, que responde, según el orden presente de la providencia establecido por Dios, a la coordinación jerárquica de sus respectivos fines».

Ahora bien, Pio XI insiste en el derecho de la familia en la educación, con carácter inalienable y prioritario respecto al Estado:

«En primer lugar, la misión educativa de la familia concuerda admirablemente con la misión educativa de la Iglesia, ya que ambas proceden de Dios de un modo muy semejante. Porque Dios comunica inmediatamente a la familia, en el orden natural, la fecundidad, principio de vida y, por tanto, principio de educación para la vida, junto con la autoridad, principio del orden (…) La familia recibe, por tanto, inmediatamente del Creador la misión, y por esto mismo, el derecho de educar a la prole; derecho irrenunciable por estar inseparablemente unido a una estricta obligación; y derecho anterior a cualquier otro derecho del Estado y de la sociedad, y, por lo mismo, inviolable por parte de toda potestad terrena».

En cuanto al sujeto de la educación, la encíclica deja claro que se trata del hombre como criatura de Dios, que cayó, y fue redimido por Jesucristo. Pío XI vuelve a insistir en que la educación de tejas para abajo y sin una visión trascendente del hombre no tiene nada que ver con la educación católica:

« Porque nunca se debe perder de vista que el sujeto de la educación cristiana es el hombre todo entero, espíritu unido al cuerpo en unidad de naturaleza, con todas sus facultades naturales y sobrenaturales, cual nos lo hacen conocer la recta razón y la revelación; es decir, el hombre caído de su estado originario, pero redimido por Cristo y reintegrado a la condición sobrenatural de hijo adoptivo de Dios, aunque no a los privilegios preternaturales de la inmortalidad del cuerpo y de la integridad o equilibro de sus inclinaciones. Quedan, por tanto, en la naturaleza humana los efectos del pecado original, particularmente la debilidad de la voluntad y las tendencias desordenadas del alma».

La encíclica no se anda por las ramas y desciende al terreno concreto. Esto es lo que dice de la educación sexual, con toda claridad:

«Peligroso en sumo grado es, además, ese naturalismo que en nuestros días invade el campo educativo en una materia tan delicada como es la moral y la castidad. Está muy difundido actualmente el error de quienes, con una peligrosa pretensión e indecorosa terminología, fomentan la llamada educación sexual, pensando falsamente que podrán inmunizar a los jóvenes contra los peligros de la carne con medios puramente naturales y sin ayuda religiosa alguna; acudiendo para ello a una temeraria, indiscriminada e incluso pública iniciación e instrucción preventiva en materia sexual, y, lo que es peor todavía, exponiéndolos prematuramente a las ocasiones, para acostumbrarlos, como ellos dicen, y para curtir su espíritu contra los peligros de la pubertad».

Y la encíclica también habla de la coeducación, ante la que se han rendido los colegios católicos a cambio del dinero de los conciertos. Esto es lo que dice la Divini Illius Magistri:

«Igualmente erróneo y pernicioso para la educación cristiana es el método de la coeducación, cuyo fundamento consiste, según muchos de sus defensores, en un naturalismo negador del pecado original y, según la mayoría de ellos, en una deplorable confusión de ideas, que identifica la legítima convivencia humana con una promiscuidad e igualdad de sexos totalmente niveladora. El Creador ha establecido la convivencia perfecta de los dos sexos solamente dentro de la unidad del matrimonio legítimo, y sólo gradualmente y por separado en la familia y en la sociedad. Además, la naturaleza humana, que diversifica a los dos sexos en su organismo, inclinaciones y aptitudes respectivas, no presenta dato alguno que justifique la promiscuidad y mucho menos la identidad completa en la educación de los dos sexos».

Llegamos al final por hoy, tenía prevista también hoy citar la Constitución apostólica de San Juan Pablo II Ex corde Ecclesiae (15-VIII-1990), sobre la Universidades católicas; pero voy a dejarlo, aunque solo sea por evitar que le dé un soponcio al rector de una de estas Universidades de la Iglesia, que no hace mucho me manifestó que su máxima preocupación, como rector, era el número de matrículas de cada año, porque de que las Universidades católicas tengan como fin el hacer caja, no dice nada el magisterio de San Juan Pablo II.

Y una advertencia final, querido lector. Si usted ha aguantado leyendo hasta aquí, y tiene alguna protesta o reclamación que hacer, le confieso que lo entiendo perfectamente. Pero a mí no me diga nada, porque en todo lo anterior no hay ninguna ocurrencia mía. Y puesto que todo es magisterio pontificio, si en el colegio de sus niños se incumple algo de lo dicho aquí, a quien tiene usted que reclamar es a los titulares del colegio de sus niños. Pero como también pudiera ocurrir, que alguno que esto haya leído se crea más papista que el papa, a mí que no me escriba. En este caso, las reclamaciones contra Pío XI se pueden elevar a Roma, a través de la nunciatura o de su obispo correspondiente, que a lo peor también está de acuerdo con esa reclamación y la apoya contra el magisterio pontificio.