“Once obispos, dieciséis mil sacerdotes asesinados, y ni una sola apostasía”. Estas palabras pertenecen al poema de Paul Clodel, titulado A los mártires españoles, escrito el 10 de mayo de 1937, de ahí lo de los once obispos asesinados, y no doce, porque el beato Anselmo Polanco derramó su sangre por la fe el 7 de febrero de 1939. En cuanto los dieciséis mil sacerdotes asesinados, según se decía en 1937, hoy ya sabemos que entre sacerdotes seculares y religiosos la cifra es de más seis mil; menos de lo que decía Paul Claudel, pero más que suficientes para ser la mayor persecución de la Iglesia católica en sus dos mil años de existencia.
Lo de “ni una sola apostasía”, a la que alude Paul Claudel, ha llevado al equívoco de pensar que en el clero español no hubo ni un solo traidor, y de ahí a pensar que los mártires derramaron su sangre impulsados por una fuerza irresistible es todo uno; y eso no fue así. Nuestros mártires aceptaron voluntariamente la muerte y muchos pudiendo librarse de morir, no lo hicieron. Es más, tenemos testimonios de sacerdotes y religiosos que pedían en sus oraciones la gracia de ser mártires, incluso cuando vieron venir la tormenta, antes de que estallara la Guerra Civil.
Pero lo de “ni una sola apostasía” del clero español, según como se mire, es verdad y no lo es a un mismo tiempo. Es cierto que una vez que estalló la Guerra Civil a muchos sacerdotes y religiosos sus verdugos les ofrecieron perdonarles la vida si renegaban de su fe o blasfemaban. Y no hay noticia de que ni uno solo lo hiciera; si así hubiera sucedido la prensa del Frente Popular hubiera exhibido el trofeo en la primera página de sus periódicos. Y en este caso, es cierto lo de “ni una sola apostasía” de Paul Clodel.
Pero también es cierto que entre el clero español hubo apostasías; se produjeron antes de que estallara la Guerra Civil, y durante el conflicto colaboraron con el Frente Popular. Fueron unos cuantos los sacerdotes que así actuaron, a los que por cierto algunos tratan de rehabilitar calificándoles como representantes de una iglesia democrática que estaba al lado de los pobres, pasando por alto sus ataques a la doctrina y su desobediencia y enfrentamiento con las autoridades eclesiásticas. Para que se vea que la monserga de “la opción preferencial por los pobres” para justificar conductas clericales heterodoxas es más vieja que el hilo negro. Por otra parte, vuelvo a insistir, la existencia de estos sacerdotes que traicionaron su vocación pone en valor el martirio, aceptado voluntariamente, de los miles de mártires españoles, sacerdotes, religiosos y laicos.
De todos estos sacerdotes que se pasaron al Frente Popular, hoy me voy a limitar a exponer solo un par de casos, el del sacerdote Pablo Sarroca Tomás que se convirtió en el carnicero del Ateneo Libertario de Ventas y el de Leocadio Lobo, que jaleó al Frente Popular y aceptó incluso un cargo político durante la Guerra Civil.
El sacerdote Pablo Sarroca Tomás había aprobado una oposición al Cuerpo Eclesiástico del Ejército en 1917. Fue capellán castrense de distintas unidades en África y en la Península. Consiguió el grado de comandante y llegó a ser Vicario General de la Primera Región Militar; es decir, de Madrid y el centro de España. En 1932, publicó un folleto con este título “Al Gobierno Provisional de la República”, que exhibía en la portada el siguiente subtítulo: “En testimonio de profunda admiración y de adhesión sincera”. A partir de entonces estableció relaciones con los más altos dirigentes republicanos. Azaña le incorporó al Gabinete militar, conocido como el Gabinete Negro, presidido por el general Hernández Saravia.
El 13 de septiembre de 1936, el socialista Largo Caballero, que además de presidente de Gobierno era ministro de la Guerra, firmaba una circular en la que se podía leer: “Por las excepcionales circunstancias que concurren en el excapellán mayor del ejército, don Pablo Sarroca Tomás y su reconocida adhesión al régimen, he tenido a bien disponer pase agregado a la Sección de Información de este Ministerio”. A partir de este nombramiento, Pablo Sarroca se convertía en un policía, al servicio del régimen de terror implantado por el socialismo.
Inmediatamente, Pablo Sarroca se incorporó al Ateneo Libertario de Ventas, que estaba cerca de donde vivía. Y era público y notorio que allí tenía a su entera disposición a dos mujeres, Gregoria Rubio Acosta, apodada “La Huesos” y Julia Redondo que, además de entretenerle, era la encargada junto con “La Huesos” de llevarle los partes de las personas que asesinaban en el Ateneo. Pablo Sarroca también tuvo como amante a Julia Sanz, treinta años más joven que él, que fue condecorada por el Director General de Seguridad, Manuel Muñoz.
Pero oficialmente con la que hacía vida marital era con Flora García Martínez. Unos vecinos suyos declararon que Pablo Sarroca solía emborracharse con frecuencia y entonces las discusiones entre él y Flora eran muy frecuentes, profiriendo palabras soeces y blasfemias y que, en cierta ocasión, escucharon a Flora reprocharle a Sarroca que había violado a su madre, que también la había deshonrado a ella y que, además, pretendía abusar de una hija de Flora, que se llamaba Teresa.
Haciendo uso del poder con el que le respaldaba Largo Caballero, Pablo Sarroca saqueó y robó las casas de muchos de sus vecinos, presionándoles con darles el paseo si no le entregaban lo que les pedía, que solía ser dinero, joyas o el coche si lo tenían, productos con los que después traficaba para su enriquecimiento personal. Y las amenazas de Pablo Sarroca no se quedaron solo en palabras, porque fue acusado de varios asesinatos, hasta el punto de que tuvo que intervenir la Dirección General de Seguridad de la República y fue detenido.
Segundo caso. Leocadio Lobo recibió la ordenación sacerdotal el 20 de diciembre de 1913 en la diócesis de Madrid. Hasta 1918 formó parte de la plantilla de profesores del Seminario Conciliar de Madrid. Tras abandonar su tarea docente, se incorporó a la parroquia de San José de Madrid, donde permaneció cinco años. En 1923 fue nombrado coadjutor de la parroquia de San Pedro el Real, cargo que desempeñó durante seis años, compaginando su encargo sacerdotal con los estudios de Derecho Canónico. Durante estos años la convivencia con el párroco se hizo muy difícil, y tras serios enfrentamientos consiguió que le trasladaran a la parroquia de San Ginés en 1929, como coadjutor primero.
Sin duda, había conseguido un puesto relevante y además bien remunerado. La parroquia de San Ginés era una de las más importante de Madrid, tenía dieciséis sacerdotes de plantilla. Adelantemos un dato, de los dieciséis sacerdotes de San Ginés con los que Leocadio Lobo convivió seis fueron asesinados durante la Guerra Civil, según el Martirologio Matritense del siglo XX del arzobispado de Madrid, estos eran sus nombres: Tomás Alonso Barrio, Marcial Oliver Escorihuela, Sebastián de la Peña y Sáez, Vicente Torres Espejo, Andrés Pinedo Porrras y Cipriano Santamaría Maeso.
Poco después de proclamarse la Segunda República, Leocadio Lobo en sus sermones hizo profesión de su liberalismo y de ser partidario de la República. Su republicanismo fue en crecida, convirtiéndose en un admirador de Manuel Azaña al que calificaba como un “político extraordinario y el salvador de España”. Leocadio Lobo no solo se afilió a Izquierda Republicana, sino que hizo campaña entre sus compañeros sacerdotes para que también se afiliaran al partido de Azaña.
Tras estallar la Guerra Civil por escrito y por radio hizo propaganda del Frente Popular. El 20 de septiembre de 1936 habló desde la emisora del Partido Comunista de Madrid, presentándose con estas palabras: “Confieso y afirmo que antes que nada soysaaaaaaaaa hijo del pueblo”. Continuó diciendo que “la religión católica que profeso me manda amar al pueblo, porque la religión no es de castas ni de clases”; dando a entender que la religión de castas era la que practicaban los católicos del bando nacional, al que calificó de enemigo de los trabajadores. Y siendo graves todas estas acusaciones calumniosas, lo más lamentable es que no dijo ni una sola palabra de los asesinatos contra el clero que se estaban produciendo ante sus ojos, ni siquiera se removió por la muerte de sus compañeros sacerdotes mártires de San Ginés, y en cambio tuvo palabras de comprensión para los comunistas, a los que estaba dispuesto a convertir, pues como dijo “vuestra obligación y la mía es amarles más, buscarles por los senderos y caminos de la vida, decirles que todas sus legítimas y justas aspiraciones son cristianas”. En agosto de 1937, Leocadio Lobo fue nombrado Jefe de la Sección de Confesiones y Congregaciones religiosas, a cuyos integrantes por entonces ya habían asesinado el Frente Popular por millares.
El obispo del que canónicamente dependía, Leopoldo Eijo Garay, que se encontraba refugiado en Vigo, suspendió a divinis a Leocadio Lobo por su conducta escandalosa, como decía la nota episcopal, “pues tanto en artículos de prensa como en alocuciones por radio no solo critica acerba e indisciplinadamente a la jerarquía católica y a su propio ordinario excitando contra aquella y contra este el odio de la plebe por medio de calumnias e injurias, las cuales vierte también sobre los heroicos salvadores de España difamándolos, mientras el presta cuanta ayuda y defensa puede a los enemigos de la Iglesia y de la Patria, fomentando con ello la guerra intestina y la perturbación sacrílega y criminal del orden”.
Al concluir la Guerra Civil, Leocadio Lobo se exilió y acabó refugiándose en los Estados Unidos. Pasado un tiempo y desde Nueva York, en 1947, solicitó que se le levantara la suspensión a divinis, para lo que utilizó como interlocutor ante el obispo Leopoldo Eijo Garay, a quien entonces era su obispo auxiliar desde 1943, Casimiro Morcillo, y del que había sido compañero de sacerdocio en el Madrid de los años treinta.
El obispado de Madrid le puso tres condiciones a Leocadio Lobo para levantarle la suspensión a divinis: retractarse de las acusaciones que había hecho durante la Guerra Civil, devolver el dinero que había cogido de la parroquia de San Ginés y entregar los documentos que se había llevado del obispado”. Le costó lo suyo a Casimiro Morcillo que Leocadio Lobo pidiera perdón por lo que había dicho y hecho; el resultado final es que a Leocadio Lobo se le levantó la suspensión a divinis y pudo ejercer como sacerdote en Nueva York hasta 1959, año en que se produjo su muerte.