Los chiquillos que viven en situaciones de abuso físico exhiben la misma actividad cerebral que los soldados en plena batalla.

En una investigación divulgada por la revista Current Biology, los doctos utilizaron experimentos cerebrales para juzgar la huella de el ultraje físico o la intimidación doméstica en el adelanto emocional de los críos y encontraron que estaban atañidos a una mayor diligencia en dos zonas del cerebro.

Los análisis previos que reconocieron los cerebros de soldados arriesgados a escenarios crueles de combate expusieron el mismo patrón de dinamismo en estas dos zonas -la ínsula anterior y la amígdala-, que los eruditos señalan que están asociadas con la localización de potenciales ataques.

El erudito agregó que estas respuestas estarían revelando un elemento de inseguridad que aumenta el barrunto de la criatura a padecimientos mentales ulteriores, como el síndrome de la depresión. La neurosis es una de las destacadas razones de muerte, invalidez y carga monetaria para el universo. 

La Organización Mundial de la Salud (OMS) tiene previsto que, para 2020, la depresión será la segunda carga, de dolientes mentales, de todas las edades. Ya se conoce que el abuso infantil es uno de los elementos de peligro más poderosos en relación con las complicaciones de robustez mental, así como las perturbaciones de zozobra y la neurosis.

Eamon McCrory, del University College de Londres, director de la investigación, manifestó que se sabe muy poco sobre cómo este paradigma de revés temprano "se interioriza y aumenta la vulnerabilidad futura de los niños, incluso en la madurez".

El estudio se llevó a cabo con 43 críos que se sometieron a controles cerebrales a través de retratos por resonancia magnética funcional (IRMf). De 20 chavales se conocía que habían mostrado violencia física provocada por su parentela.

Cuando los críos se encontraban en el tratamiento de la resonancia magnética, se les exhibieron fotografías de semblantes de seres humanos con mirada afligida, sosegada o de cólera. Los indagadores encontraron que aquellos chicos, que habían sufrido ultrajes, mostraban más dinamismo cerebral, como respuesta, a los rostros encolerizados.

"Ahora estamos comenzando a comprender cómo el abuso infantil influye en el funcionamiento de los sistemas emocionales del cerebro", señaló McCrory. "Esta investigación brinda nuestros primeros indicios sobre cómo regiones en el cerebro del niño se adaptarían a las experiencias tempranas de violencia infantil", finalizó. 

"Las desventuras de la niñez repercuten sobre toda su vida y dejan una fuente inagotable de melancolía en su corazón" afirma P. Brulat. "El que escandalizare a un niño, más le valdría que le colgasen una piedra de molino al cuello y lo arrojasen al fondo del mar", afirma San Mateo.

Clemente Ferrer
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