Lo que más asombra del sacerdote Manuel Guerra Gómez, sin duda el mejor experto en masonería existente en España, es su ecuanimidad, rara virtud. En el libro Masonería, religión y política, que acaba de publicar Sekotia, imprescindible para entender la pesadita y peligrosa cosa masona, Guerra Gómez no se mesa los cabellos al recoger los Ritos y ritos -la filosofía y la liturgia, por definirlos rápido- de esa deriva del gnosticismo pedante que son los del mandil. Y por hacer una definición periodística, asimismo rápida, toda la obra de Guerra viene marcada por estas palabras, que aluden al dogma principal de los masones: dios, entendido como el gran relojero deísta, es "el gran arquitecto del universo, una conceptualización de lo divino, pero no es un Dios Padre ni paternal, sino lejano, geométricamente frío".

En esto, masonería e Islam se parecen mucho. Ambos son demasiado inteligentes como para no creer en un universo creado pero sin creador, un absurdo que sólo cabe en la tontuna de la modernidad progresista de Occidente. Ahora bien, ese dios masónico o islámico es Creador, pero no Redentor, ni, mucho menos, Padre. De ahí que la masonería, al igual que el Islam, haya degenerado tantas veces a lo largo de la historia, en aburrido panteísmo.

Y como don Manuel se lo sabe todo, la vía para llegar a esa conclusión resulta inapelable, es la historia misma de la masonería que hoy, además, adquiere nuevas formas, siempre con el elitismo y el secretismo por bandera. Y ya saben: sólo oculta algo quien algo tiene que ocultar.

En cualquier caso, una obra magnífica, de plenitud.

Eulogio López

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