Un seminarista-diácono camina por las cercanías de la estación de Atocha vestido como ordena el obispo de Madrid, embutido en alzacuellos (dando ejemplo, de paso a muchos sacerdotes consagrados que prefieren esconder su condición en la calle). Es entonces cuando un grupo de cuatro progresistas cogorzos –bebidos sí, pero progresistas, que es lo relevante- arremeten contra él sin mediar palabra, le golpean derriban y patean en el suelo.

Bueno, sin mediar palabra no, dado que los valientes agresores se lanzaron a la lucha en igualdad de condiciones, al grito de "Pederasta", porque sin duda eran unos expertos en pedofilia clerical que, como saben, es el terrorismo más importante y destructivo del siglo XXI.

La valentía de los defensores de la libertad estriba, no sólo en el hecho de haberse enfrentado sólo cuatro contra uno sino en que sabían, como saben todos los comecuras, que el cristiano tiene obligación de poner la otra mejilla y que su felonía iba a quedar impune. De hecho, nuestro diácono se ha encargo de quitarle importancia al hecho ante sus superiores: nadie ha interpuesto una denuncia. El agredido –culpable de provocación manifiesta- se tomó un analgésico, se limpió las heridas y continúa preparándose para ser un buen cura pedófilo, que es lo que se le enseña en el seminario San Dámaso de Madrid… como todo el mundo sabe.

De hecho, la víctima no ha querido hablar conmigo y ha rogado a un superior que me pida no haga ruido con ello. Lo siento: no le voy a hacer caso. Asumo que un cura, o incluso un laico católico, perdone las ofensas y no las lleve a los tribunales, pero yo soy mal laico e intento ser buen periodista y lo acontecido en las cercanías de Atocha me parece denunciable. A fin de cuentas, los periodistas nos encargamos de eso: de contar hechos, especialmente aquéllos que ilustran tendencias. Y es el caso. Además, qué quieren que les diga: echo de menos curas a lo don Camilo, de ésos que se liaban a mamporros para luego sufrir destierro por parte del obispo.

Este suceso libertario sucedía días antes de que la delegada del Gobierno en Madrid, la muy ponderada Dolores Carrión, autorizase una manifestación anti-papa con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud. Fue la misma delegada, toda una feminista, que aseguraba que la solicitada procesión blasfema del Jueves Santo era un acto 'festivo' y que por tanto, debía ser autorizada. Al final, decidió no autorizarla, más que nada para evitar que comandos armados católicos atentaran contra la integridad de los manifestantes que ejercían su libertad de expresión por medios pacíficos. Pero esta vez, la pobre Lola no ha tenido más remedio que autorizarla, más que nada para pararle los pies a los clericales, siempre violentos.

Rubalcaba (si les das la espalda, te la clava) y el jefe de doña Lola, su sucesor en el Ministerio del Interior, Antonio Camacho, también han puesto su granito de arena por la libertad de expresión: han levantado el nuevo campamento de los indignantes indignados, del 15-M, pero ha hecho saber, a través de sus medios adictos, particularmente RTVE, que ha tenido que ceder ante el enorme poder de la jerarquía católica que había exigido, a través de maniobras inconfesables, el cierre del 15-M, precisamente por eso: para imponer la visita del representante de una potencia extranjera, especialmente dañina: el Vaticano. ¡Pobre Rubalcaba!

Por lo demás, todo está en orden. La JMJ será un éxito por la cantidad de jóvenes empeñados en defender la tiranía más poderosa del planeta: la Ciudad-Estado incrustada en Roma.

Eulogio López

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