No me extraña que algunos despistados consideren que la lucha por la vida es cosa de los católicos y que el aborto es una cuestión religiosa. No me extraña el equívoco si reparampos en que, durante los últimos cincuenta años, la peor era abortera que haya transitado la humanidad en toda su historia, hubo momentos en que la Iglesia de Roma se convirtió en el único opositor a los mercaderes de la muerte.

No sólo eso: el Vaticano se adelantó a la ciencia, que cada día avanzaba más hacia el origen del hombre... para confluir con lo que la Iglesia lleva diciendo desde siempre: que el ser humano es sagrado, que existe desde el momento mismo de la concepción.

El día Internacional por la Vida no ha sido promulgado por la ONU, aunque debiera.La sociedad ha sido recogido y 'civilizado', es decir, hecho fiesta civil, extramuros del templo, la festividad religiosa de la Anunciación y del Ángel y la concepción virginal de Santa María, nueve meses antes de la navidad. Y por la manera cómo se está extendiendo la efemérides por el mundo la cosa parece imparable.

En cada lugar del orbe se celebra a su modo. Por ejemplo, es Asís, tierra de aquel enamorado de la vida que fue Francisco, se ha hecho carne una vigilia de oración por la vida con motivo del 25 de marzo. No me parece mala idea, oiga usted. La defensa de la vida más indefensa pasa hoy por orar, hablar –o gritar-, enseñar y ayudar. Orar, porque la vida pertenece a Dios. Hablar, porque los aborteros juegan con un arma poderosa: el silencio y la cobardía de muchos. Enseñar, porque el Imperio de la muerte no es más que un cúmulo de mentiras: antropológicas, médicas, sociológicas, políticas, económicas y científicas. Y ayudar, que es la parte menos visible pero no menos importante del movimiento provida, la ayuda a las madres presionadas para librarse del paquete.

No lo duden, la era abortera está a un paso de su conclusión. Lograremos enterrarla

Eulogio López

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