El que ha centrado el interés mediático es el de la invasión de Ceuta por parte de setenta y tantos mil marroquíes, que, en efecto, puede catalogarse de “guerra híbrida” o, como la definió Monseñor Argüello con acierto, “biopolítica”. Sobre sus causas y consecuencias se han escrito cientos de artículos, y se han producido muchos debates televisivos, donde las cuestiones históricas, políticas, geopolíticas, económicas y sociales se han llevado la palma de las informaciones y análisis, en los que, como siempre, ha habido de todo: desde la propaganda infame y falaz de los medios progubernamentales, hasta excelentes y clarividentes explicaciones de periodistas y expertos en las diversas áreas de algunos medios independientes.
Decía el gran Charles Peguy que cuando quería enterarse de la actualidad leía el Apocalipsis
Si nos atenemos a lo que hemos oído y leído, y unimos esta nueva catástrofe a los graves problemas que padecemos desde hace años, y a los que se avizoran en un futuro próximo, la conclusión lógica es que España pasa por un momento crucial de su historia, en el que puede perder su unidad e identidad y en la que presumiblemente reinará el caos social.
Sin embargo, salvo en algunos de los artículos de este mismo medio, ningún análisis ha situado los acontecimientos en el contexto más amplio de la batalla cultural, moral y espiritual que se está dando en el mundo entero y en la que España es parte importantísima por ser Tierra de María, haber sido defensora de la fe católica contra el protestantismo y evangelizadora de América y otras tierras lejanas, y mantener aún en su pueblo, aunque debilitado, ese legado fundamental.
Lo que está en juego actualmente en todo el mundo trasciende con mucho las cuestiones de soberanía de los pueblos, de la bipolaridad o la multipolaridad del poder mundial, de las regulaciones económicas o de las guerras territoriales.
Decía el gran Charles Peguy que cuando quería enterarse de la actualidad leía el Apocalipsis. Y esa frase actualmente es más cierta que nunca. O tenemos en cuenta que la historia de la humanidad es, al decir de Dostoievski, “la historia de la lucha entre el bien y el mal, que se da en el corazón de cada hombre”, -y de cada sociedad, de cada pueblo y nación, añado yo- o los análisis sobre la situación actual del mundo y, en nuestro caso, de España, por muy sesudos que parezcan, no darán con las claves esenciales de los acontecimientos que estamos viviendo.
En este sentido, por ejemplo, es ilustrativo que, salvo Hispanidad, nadie haya hablado de “invasión musulmana” o que, también salvo este medio, ningún otro se haya hecho eco de la infausta decisión del Estado de Massachusetts, siguiendo los deseos de la OMS, de prolongar el “derecho al aborto” hasta un minuto antes del nacimiento, lo cual ampliará aún más ese “genocidio silencioso y silenciado”, el aborto, que es la guerra más cruel y con más víctimas inocentes de todos los tiempos.
Pero en esta batalla cultural, moral y espiritual no ha habido esta semana sólo malas noticias. También las ha habido muy buenas. Aunque, lógicamente, hayan pasado desapercibidas para la mayoría de los medios.
Así, por ejemplo, no sé si se habrá enterado que el nuevo Presidente de Colombia, Alberto de la Espriella, quien ha tomado posesión de su cargo el viernes 7, ha querido iniciar su mandato con un retiro espiritual en el que él y sus ministros han pedido luces al Espíritu Santo para poner a Cristo en el centro de sus actuaciones y decisiones, bajo el amparo de la Reina y Patrona del país, Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá.
La Virgen había prometido que el edificio que se construyera en su honor, la Basílica del Pilar, duraría hasta el fin del mundo
Sí habrá sabido, supongo, que del 1 al 6 de este mes, o sea, hace unos días, y pocos días después de la profanación sufrida, de la que ya no quedaban huellas, se ha celebrado en Medjugorje el 37º Festival de Oración de Jóvenes en las que han participado decenas de miles de ellos, provenientes de 73 países de los cinco continentes, acompañados de cerca de 700 sacerdotes y varios Obispos, y a los que el Papa León dirigió un precioso mensaje, en plena sintonía con los propios de la Virgen.
Aunque me gustaría mucho hacerlo, no tengo tiempo ni espacio para recoger ni los diferentes mensajes de la Virgen y del Papa, ni las magníficas homilías en las Misas, ni las colas en los confesionarios (san Juan Pablo II definió Medjugorje como el confesionario de Europa), ni el impresionante silencio orante de los miles de personas en las Adoraciones Eucarísticas, ni los alegres sacrificios de todo tipo, ni los milagros de conversiones y descubrimientos de la vocación que se producen… Pero, como Usted lo puede ver en la web oficial (medjugorje.org) me quedo tranquilo.
Además, como la verdadera y buena información no se queda nunca en los hechos, sino en su significado pleno, volveré al Apocalipsis en el que, como Usted sabe, se dice que será la Virgen María quien aplaste la cabeza del dragón infernal. Y lo está haciendo ya, en este caso en Medjugorje de un modo especial, animando, preparando, enseñando y bendiciendo a miles de hijos para que conozcan y amen a Su Hijo Jesucristo, viviendo sus mandamientos y siendo sembradores de paz y alegría en sus familias y lugares de trabajo, amén de luchadores por la verdad, la vida, la familia, la justicia y la libertad en todos los países del mundo.
Entre ellos en España, donde, por cierto, los habitantes de Ceuta, en unos momentos enormemente delicados, no dejaron de venerar a su Patrona, Nuestra Señora de Africa, y le pidieron su protección, la cual se ha producido siempre, desde 1421 en que Enrique el Navegante donó la preciosa imagen y comenzó su patronazgo de la ciudad. Y varias veces con milagros patentes.
España, donde esta semana este medio ha recordado el nonagésimo aniversario del milagro de la no explosión de las tres bombas que los republicanos lanzaron sobre la Basílica del Pilar. Pues, entre otras cosas, -esto lo añado yo- no sabían que la Virgen había prometido que el edificio que se construyera en su honor duraría hasta el fin del mundo.
Y es que todas las cosas de este mundo pasarán, pero la Palabra de Dios -y la de Su Madre Santísima y Madre nuestra- durará eternamente.













