Es tan de Dios la Iglesia, que, después de más de dos mil años, sigue en pie, a pesar de los intentos que ha habido para derribarla, que no han sido pocos. Plutarco Elías Calles, presidente de Méjico entre los años de 1924 a 1928, ha sido uno de los personajes históricos que lo intentó.

En los próximos días de agosto se cumplirán cien años de los primeros levantamientos armados en Méjico, que se convirtieron en una guerra de los católicos mejicanos contra el tiránico Gobierno de Plutarco Elías Calles. Este conflicto armado, desde 1926 a 1929, es conocido como la Guerra de los Cristeros.

Fueron muchos los católicos mejicanos que cayeron en combate, pero fueron muchísimos más los mejicanos asesinados en la retaguardia. Habrá tiempo para escribir acerca de la Guerra de los Cristeros. Hoy nos vamos a detener a comentar cómo se fraguó el conflicto, por las similitudes que guarda lo sucedido en Méjico con otros intentos de eliminar a la Iglesia Católica durante el Edad Contemporánea, concretamente con lo que había ocurrido en la Revolución Francesa a finales del siglo XVIII, con el comportamiento del Gobierno masónico de la Tercera República Francesa en 1905  y con lo que ocurrirá posteriormente en la Segunda República y la Guerra Civil españolas.

El conflicto entre la Iglesia católica y el Estado de Méjico arranca en el mandato del presidente Venustiano Carranza que permaneció en el cargo desde 1914 a 1920. En este período, Méjico aprobó una nueva Constitución en 1917, que sustituyó a la de 1857. Las autoridades eclesiásticas rechazaron los artículos que hacían referencia a la Iglesia. Pero tanto Carranza, como su sucesor en la presidencia de Méjico desde 1920 a 1924, Álvaro Obregón, buscaron una vía de entendimiento y dejaron sin reglamentar dichos artículos, que fue tanto como no aplicarlos.

Como no podía ser de otra forma, la tensión existente durante toda esta etapa despertó el mecanismo de defensa de los católicos, que empezaron a movilizarse. Renació el sindicalismo católico y surgieron movimientos como el de Acción Católica de la Juventud Mejicana (ACJM).

En este ambiente llegó a la presidencia de Méjico el general Plutarco Elías Calles en 1924, un hombre con una concepción totalitaria del poder, al que le obsesionaba la influencia de la Iglesia católica en la sociedad mejicana. En su carrera hacia la presidencia, desde 1923, Plutarco Elías Calles encontró su más firme apoyo en el partido comunista de Méjico, que había sido fundado en 1919.

El nuevo presidente mejicano se inspiró en su forma de gobernar en la revolución comunista de Rusia. De hecho, durante su mandato, Plutarco Elías Calles mantuvo muy buenas relaciones con la Unión Soviética. En su presentación en Méjico, el primer embajador de la Rusia comunista en Méjico, Stanisław Pestkowski, manifestó que “ningún país muestra más similitudes con la Unión Soviética que Méjico”. Así se entiende la reacción del Gobierno de los Estados Unidos, que consideró a Méjico como el segundo país bolchevique de la Tierra. Por su parte, el embajador estadounidense en Méjico, James Rockwell Sheffield, se refería al país, como el “Soviet de Méjico”.

Plutarco Elías Calles era un hombre con una concepción totalitaria del poder, al que le obsesionaba la influencia de la Iglesia católica en la sociedad mejicana y que encontró su más firme apoyo en el partido comunista de Méjico

Sin duda, Plutarco Elías Calles se fijó en lo que hacían los comunistas para llevar a cabo su persecución religiosa. Pero en su intento en eliminar a la Iglesia católica de Méjico siguió la pauta al pie de la letra de lo que habían hecho los revolucionarios franceses a finales del siglo XVIII, en su intento de supeditar la Iglesia al Estado. Mediante la Constitución Civil del Clero de 1790 llegaron a crear una iglesia cismática, separada de Roma, así como le ley francesa de separación de la Iglesia del Estado de 1905, impulsada por el presidente del Gobierno francés, el masón Émile Combes. Y tal cual, como veremos, fue lo que hizo Plutarco Elías Calles.

En efecto, en 1925 se funda en Méjico una Iglesia cismática, con el apoyo de Luis Morones Negrete, Secretario de Industria, Trabajo y Comercio, durante el mandato de Plutarco Elías Calles. Luis Morones controlaba la Confederación Regional Obrera Mejicana (CROM), que era la central sindical oficialista. El CROM fue un importante foco de corrupción, de modo que Luis Morones y los líderes del CROM amasaron grandes fortunas. El corrupto Morones adquirió grandes propiedades, era dueño de un hotel de lujo en la ciudad de Méjico y gustaba hacer ostentación de su riqueza con coches muy caros y anillos con diamantes.

Pues bien, Luis Morones, con el fin de debilitar a los sindicatos católicos, impulsó la creación de esa Iglesia cismática, para lo que se valió del sacerdote José Joaquín Pérez Budar. Este hombre, que se había casado con 22 años, tras enviudar a los tres meses de celebrarse la boda decidió entrar en el seminario en 1881. Como clérigo fue un personaje muy conflictivo. Joaquín Pérez Budar ingresó en la masonería y mantuvo buenas relaciones con el obispo apóstata de Tamaulipas, Eduardo Sánchez Camacho, que calificó la devoción de la Virgen de Guadalupe como “secta nefanda” y abandonó su ministerio episcopal.

José Joaquín Pérez Budar, congregó a un grupo de fieles y dirigentes del CROM en la iglesia de la Soledad de la ciudad de Méjico el 21 de febrero de 1925, para fundar su Iglesia Ortodoxa Católica Apostólica Mexicana, de la que Pérez Budar se proclamó patriarca primado. La nueva iglesia mejicana, naturalmente, funcionaría independiente de la Santa Sede, sus fieles, como los protestantes, podían interpretar libremente las Escrituras y quedaba abolido el celibato para sus sacerdotes. En alguna fotografía Pérez Budar apareció con vestiduras papales y fue reconocido popularmente como el “Papa Mejicano”.

En 1925 se funda en Méjico una Iglesia cismática, con el apoyo de Luis Morones Negrete, Secretario de Industria, Trabajo y Comercio, durante el mandato de Plutarco Elías Calles

La verdad es que la iglesia de Pérez Budar no tuvo gran aceptación entre la sociedad mejicana, aunque eso sí, contaba con el apoyo incondicional del Gobierno, en la medida que contribuía a atacar a la Iglesia católica. Ante las protestas de los católicos contra Pérez Budar por la ocupación de la iglesia de la Soledad, el presidente Plutarco Elías Calles le entregó la iglesia del Corpus Christi, que estaba cerrada entonces al culto católico. El escaso éxito de la Iglesia de Pérez Budar fue menguando con el tiempo, hasta extinguirse por completo al concluir la Guerra Cristera en 1929.

Si bien la iglesia cismática de Méjico fracasó, tuvo la capacidad de provocar, como reacción defensiva, la fundación de la Liga Nacional de Defensa de la Libertades Religiosas (LNDLR), que aglutinó a los católicos mejicanos y convocó a la lucha armada en 1926, dando comienzo a la Guerra Cristera.

La chispa que hizo saltar la Guerra Cristera fue el decreto firmado el 14 de junio de 1926 por el presidente mejicano, conocido como la Ley Calles, que impulsaba la puesta en vigor de los artículos antirreligiosos de la Constitución de 1917. Por esta disposición, entre otras cosas, todas la iglesias, conventos y bienes eclesiásticos pasaban a ser propiedad del Estado, por cuanto la Iglesia católica en Méjico dejaba de tener personalidad jurídica. Como hemos dicho, se repetía en Méjico al pie de la letra lo que había hecho el Gobierno francés con su Ley de separación de la Iglesia del Estado de 1905. Veamos lo que sucedió en el original en Francia, para comprender mejor como quedó la copia de Méjico. 

La Ley de separación de 1905 no reconocía en Francia a la Iglesia personalidad jurídica, por lo que dejaba de ser sujeto de derechos. En consecuencia, todos los bienes de la Iglesia en Francia quedaron sin propietario, por lo que había que crear un nuevo dueño para esos bienes y se quiso buscar en unas futuras sociedades a constituir que se denominaron "asociaciones cultuales". Las asociaciones cultuales, compuestas por laicos, recibirían su capacidad de la ley civil; a la vez, el texto legal prohibía la intervención de la jerarquía eclesiástica en las mismas. De este modo, se arrebataba a los católicos un derecho natural inalienable, pues tal disposición legal suponía que el derecho a la práctica de la religión emanaba del Estado, además de arrojar a los católicos franceses a la anarquía religiosa y al cisma, porque esas asociaciones cultuales y solo ellas serían las que podrían disponer de los lugares de culto, al margen o en contra de lo que pudiera decir el párroco o el obispo. Por último, la ley daba un plazo de un año para constituir las asociaciones cultuales, porque de no hacerlo así el Estado se apropiaría de todos los bienes de la Iglesia.

Si bien la iglesia cismática de Méjico fracasó, tuvo la capacidad de provocar, como reacción defensiva, la fundación de la Liga Nacional de Defensa de la Libertades Religiosas (LNDLR), que aglutinó a los católicos mejicanos

Nadie dudaba de que la amenaza iba en serio. Ante la posibilidad de perderlo todo, el gobierno francés estaba convencido de que el papa mandaría de inmediato a los fieles franceses que constituyeran las asociaciones cultuales. Esos eran sus cálculos porque, a pesar de la claridad de San Pío X en su encíclica inaugural E supremi apostolatus (4-X-1903), las autoridades francesas no podían comprender cuales eran de verdad los "planes" de San Pío X: «Sé cuántos andan preocupados —dijo el Romano Pontífice en estas fechas— por los bienes de la Iglesia. A mí solo me inquieta el “Bien”. Perdamos las iglesias, pero salvemos la Iglesia. Miran demasiado a los “bienes” y poco al “Bien”».

San Pío X mediante la encíclica Vehementer (11-II-1906) condenó la Ley de separación; meses después otra encíclica, Gravissimo (10-VIII-1906), rechazaba tajantemente las asociaciones cultuales. Por su parte, los obispos franceses celebraron tres asambleas plenarias para tratar de buscar alguna salida y ante la imposibilidad de encontrarla, acabaron por cerrar filas al lado del papa. El conflicto era gravísimo, pero se volvía ahora contra el Gobierno, que veía pasar los días sin que se cumplieran sus objetivos de construir una Iglesia nacional y laica, dependiente del Estado. Y a la vista de que se agotaba el plazo fijado, decidió prorrogarlo. Fue inútil, San Pío X en una nueva encíclica, Une fois encore (6-I-1907), manifestaba de nuevo su firme postura y calificaba la disposición legal como "ley de expoliación"; en esta encíclica se resumía con estas palabras la finalidad de este ataque contra la Iglesia: «Se ha declarado la guerra a todo lo sobrenatural, porque detrás de lo sobrenatural se encuentra Dios, y lo que quieren borrar del corazón y la mente del hombre es a Dios». El 13 de abril de 1908 comenzó la incautación de todos los bienes, por lo que la Iglesia en Francia perdía todo su patrimonio en bienes muebles e inmuebles y por supuesto se retiró la subvención que el clero venía recibiendo desde 1801, según lo acordado en el Concordato. Al igual que sucedió durante la Revolución francesa, la Iglesia era despojada de todas sus pertenencias.

Por su parte, la ley Calles entró en vigor el 31 de julio de 1926 y ese día a las doce de la noche el Santísimo Sacramento fue retirado de todos los sagrarios de Méjico. Los obispos mejicanos, como respuesta a la Ley Calles, suspendieron el culto en todo Méjico. Al día siguiente, el Gobierno envió notarios, escoltados por policías, para que hicieran inventario de lo que contenían los templos y sellaran sus puertas. Hubo motines y enfrentamientos en muchos lugares y corrió la primera sangre. Días después se produjeron los primeros levantamientos, que fueron el comienzo de la Guerra Cristera hasta el año de 1929.