Sr. Director:

Tal y como nos narran nuestros evangelios, el Señor Jesús fue tentado por Satanás constantemente. Pero Jesús, con la fuerza del Espíritu Santo, resistió a los deseos del diablo y se sometió en todo a la voluntad de su Padre Celestial. Tuvo que decirle al padre de la mentira: ¡Vete, Satanás!

A lo largo de su ministerio público, el Señor liberó a muchas personas no sólo de enfermedades y dolores, sino también de los pecados que cada uno había cometido y de los malos espíritus, que son los secuaces del diablo y pretenden apartarnos de la voluntad de Dios presentándonos el mal bajo capa de bien.

San Pedro nos exhorta en una de sus cartas: "Sed sobrios, no pequéis, que vuestro enemigo, el diablo, como león rugiente, ronda buscando a quién devorar. Resistidle firmes en la fe"

Una de las tentaciones en las que podemos caer los discípulos de Cristo es querer evangelizar nuestro mundo agradando al mundo, cuando en realidad nuestra misión es evangelizar el mundo a semejanza de como lo hicieron el Señor Jesús, los Apóstoles, los mártires y las santas y santos de todos los tiempos.

El 8 de septiembre de 1907, el Papa San Pío X publicó la carta encíclica "Pascendi", sobre las doctrinas de los modernistas. Ya entonces este santo Papa reconocía que en aquellos tiempos (principios del siglo XX) había crecido el número de los enemigos de la Cruz de Cristo, los cuales, con artes enteramente nuevas y llenas de perfidia, se esforzaban por aniquilar las energías vitales de la Iglesia y hasta por destruir totalmente, si les fuera posible, el Reino de Jesucristo. El Papa afirmaba, además, que en aquel entonces ya no era menester ir a buscar a los fabricantes de errores entre los enemigos declarados, porque se ocultaban en el seno y gremio mismo de la Iglesia, siendo enemigos tanto más perjudiciales cuanto lo son menos declarados.

San Pío X se refería a seglares católicos y sacerdotes, los cuales, so pretexto de amor a la Iglesia e impregnados con venenosos errores bebidos en los escritos de los adversarios del catolicismo, se presentan como "restauradores de la Iglesia" y asaltan con audacia todo cuanto hay de más sagrado en la obra de Jesucristo (Ver Pascendi, núm. 1). Los llamados modernistas de ayer y de hoy tramaban y traman la ruina de la Iglesia no desde fuera, sino desde dentro.

El llamado modernismo afecta a la fe católica, a la teología, al dogma, al culto sagrado, a los libros sagrados, a la Iglesia, a que ésta se sujete al Estado, a la Autoridad eclesiástica, al Magisterio, a la Tradición, al evolucionismo erróneamente concebido, etc. Para combatir los errores modernistas, San Pío X propuso que los católicos fueran afianzados en la filosofía y teología tomistas.También el Concilio Vaticano II propuso tomar como ejemplo y modelo para hacer teología a Santo Tomás de Aquino.

Hoy, en pleno siglo XXI, muchos miembros de la Iglesia se han apuntado al modernismo y creen que éste puede convivir perfectamente con la sana y santa fe católica y apostólica en todo o en casi todo. No es así.

Lo propio de los miembros de la Iglesia es seguir a Jesucristo por el mismo camino que Él recorrió, es decir, el de la obediencia amorosa a Dios Padre, el dejarse llevar por los impulsos del Espíritu Santo, buscar la salvación integral de cada persona, de todas las personas, del mundo entero. Y para llevar a cabo la misión que el Señor nos encomendó hacen falta cristianos llenos de amor a Dios y a las almas que sean fieles al Papa y al Magisterio de la Iglesia.

Con la intercesión de la Santa Madre de Dios, destructora de todas las herejías.