Han pasado unos días desde que León XIV regresó al Vaticano tras su viaje a España. Como siempre sucede después de una visita pontificia, llegan las crónicas, las anécdotas, las cifras de asistencia y los análisis sobre los discursos. Sin embargo, la reflexión que me resulta más importante es la que me lleva a la experiencia interior de quienes se consideran católicos y participan de la vida de la Iglesia.
Lo digo porque me preocupa qué sucederá cuando toda la parafernalia y el despliegue espectacular desaparezcan —y no lo digo con ironía—. Me pregunto entonces qué transformación real habrá quedado en el alma de quienes asistieron, porque ese debería ser, en última instancia, el verdadero fruto de la venida del Papa.
Sin lugar a dudas, lo primero que llama la atención es la espiritualidad que se respira en estos encuentros. Espiritualidad es la palabra clave. Porque espiritualidad, no es sinónimo de religiosidad. Son conceptos relacionados, pero no sinónimos. La religiosidad puede manifestarse en la participación de ritos, tradiciones o prácticas externas por costumbres familiares, sociales o culturales. La espiritualidad, en cambio, hace referencia a la relación personal con Dios, a la forma de comprenderle y de responder libremente a su llamada.
De hecho, podemos asistir a todos los actos religiosos imaginables y, sin embargo, mantener vacío el jarrón chino de nuestra relación con Dios. Podemos cumplir con las formas y carecer de contenido. Y es que, sin la continuidad de una buena formación que explique el porqué de los actos externos, la espiritualidad fracasará, porque es precisamente lo que llena ese vacío cuando lo emocional se desaparece.
En febrero de este mismo año, los obispos españoles publicaron una nota doctrinal titulada Cor ad cor loquitur —“el corazón habla al corazón”—, dedicada al papel de las emociones en el acto de fe. El documento provocó algunas reacciones críticas por parte de determinados movimientos e instituciones eclesiales que interpretaron como una censura a sus formas de evangelización, especialmente centradas en la experiencia emocional.
Y en este sentido, lo primero que hay que decir es que la emoción tiene un papel legítimo en la vida cristiana. Nadie se encuentra con Dios como quien resuelve una ecuación matemática. El ser humano no es sólo inteligencia; también es afectividad, sensibilidad y deseo. Sin embargo, el peligro aparece cuando la emoción se convierte en el fundamento exclusivo de la fe.
Una sociedad sensiblera, emocional y lejos del esfuerzo interior, siente pánico a la fe seca, por así decirlo, “no voy a misa porque no siento nada”, por ejemplo. Pero tenemos la necesidad de advertir que la emotividad sin formación es un globo lleno de aire, que puede elevarse rápidamente, llamar la atención e incluso parecer espectacular, pero tarde o temprano termina desinflándose. O dicho de otra forma, es como el aroma de un buen guiso mientas todavía está caliente.
La fe cristiana nunca ha sido una mera experiencia sentimental. Desde sus orígenes ha apelado simultáneamente al corazón y a la razón. «La fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad», recordaba san Juan Pablo II con la fuerza que le caracterizaba. La emoción puede abrir una puerta, claro que sí, pero quien sostiene la vida cristiana es la verdad conocida y razonada.
Por eso el amor cristiano tampoco puede reducirse a un sentimiento. Santo Tomás de Aquino enseñaba que amar es «querer el bien del otro». El amor es en esencia un acto de la voluntad iluminado por la inteligencia. El enamoramiento, como experiencia emocional, puede ser intenso; pero el amor auténtico comienza precisamente cuando la emoción deja de ser suficiente y aparece la decisión consciente del sí en permanecer, sacrificarse y entregarse.
Lo mismo sucede con la fe. Creer no consiste únicamente en sentir a Dios. Sobre todo es conocerle, buscarle y seguirle, especialmente cuando las emociones desaparecen.
Por eso me ha llamado la atención cierta contradicción de la Iglesia española, porque mientras advierte acertadamente de los riesgos del emotivismo religioso y de la reducción de la fe a experiencias sentimentales, los premios “Bravo” de este año recaen en determinadas propuestas culturales cuya fuerza reside precisamente en ese mismo entendimiento emocional, mientras los galardonados en otros ámbitos de la vida, ni su estilo ni sus declaraciones se corresponden con la fe ni en su relación con la Iglesia.
Algunos de estos reconocimientos, son figuras como Rosalía por Lux, al escritor Javier Cercas por El loco de Dios en el fin del mundo o a la directora Alauda Ruiz de Azúa por Los domingos. Ojo, no pretendo juzgar sus trayectorias personales ni negar el valor artístico de sus obras. Más bien mi advertencia es hacia los obispos, que resulta difícil entender que mientras avisan de los peligros de una fe construida sobre emociones, al mismo tiempo celebren propuestas culturales que en muchos casos se apoyan precisamente en esas condiciones emocionales, subjetivas o existenciales desvinculadas de una visión cristiana coherente.
¿Existe cierta ansiedad por querer aparecer como una Iglesia abierta, moderna y dialogante que nos hace tropezar con nosotros mismos? Eso parece al menos. Dialogar con la cultura contemporánea es legítimo, y necesario, pero sin olvidar que el primer objetivo que nos mueve a ello es evangelizar sin contemporizar, es decir, diluyendo el contenido doctrinal.
Durante décadas, desde los ambones en general y en la práctica eclesial, sufrimos la sustitución progresiva de la teología por la antropología. El centro ya no parece ser tanto quién es Dios, si no quién somos nosotros. No es importante qué me pide Dios sino cómo me siento yo respecto a Dios. Y ahí reside buena parte del problema, porque una fe basada en las emociones fluctúa con los estados de ánimo, mientras que una fe fundada en la verdad permanece en medio de la duda, del sufrimiento o del silencio de Dios.
Quizá ésta sea una de las grandes lecciones que deja el viaje apostólico del Papa a España. La Iglesia necesita volver a recordar que la espiritualidad auténtica exige profundidad y esfuerzo personal. Por supuesto, sí al corazón, pero informado desde la razón. Porque la emoción puede iniciar el camino, pero nunca sustituir a la verdad.
Hablar a los jóvenes de Dios (Sekotia), de Eduardo Camino. «Un retrato esclarecedor de la juventud de nuestro tiempo. Comprender a los jóvenes es el primer paso para acercarlos a Cristo», afirma el obispo don Ignacio Munilla de este libro. Inspirado en la intuición de San Juan Bosco —«amad lo que aman los jóvenes y ellos aprenderán a amar lo que vosotros amáis»—, este libro explora cómo conectar con una generación llamada a ser protagonista del futuro y de la transmisión del Evangelio. A través de cuatro claves fundamentales —fragilidad, amistad, autenticidad y alegría— muestra caminos concretos para despertar en los jóvenes la apertura a Dios y a la trascendencia.
La mística de la compasión (Cántico), de Antonio J. Mialdea. En una sociedad globalizada marcada por la incertidumbre y la indiferencia, la compasión emerge como una necesidad esencial. Antonio José Mialdea recurre a la figura de San Juan de la Cruz para mostrar cómo la experiencia de la soledad, el sufrimiento y la búsqueda interior puede transformarse en esperanza y amor. A través de su vida y pensamiento, este ensayo propone una espiritualidad comprometida, capaz de convertir el dolor en encuentro, la escritura en transfiguración y la alteridad en camino hacia la paz, la dignidad humana y una profunda renovación ética.
Retiros de Emaús (Almuzara), de Eduardo Brunet y Rafael Olmedo. En una época marcada por la soledad, la incertidumbre y la búsqueda de sentido, los retiros de Emaús se han convertido en un camino de encuentro con Cristo para miles de personas. Nacido en una modesta parroquia de Miami en los años setenta, este movimiento ha llevado esperanza, reconciliación y renovación espiritual a innumerables corazones. Este libro narra la historia de esa llama encendida por el Espíritu Santo y propone una invitación sencilla: abrirse a Dios, dejarse acompañar y descubrir una fe capaz de transformar la vida desde dentro. Porque quien vive Emaús aprende que el mejor regalo es conducir a otros hacia ese mismo encuentro.














