España va a dirección contraria a la de Europa. Mientras aquí Sánchez reparte papeles para todos -sólo papeles, que integrar al refugiado resulta mucho más costoso- el Parlamento europeo acaba de aprobar un reglamento mucho más duro contra la inmigración ilegal: deportaciones en pocos días, centros de detención en países terceros y una mayor revisión para evitar las peticiones falsas de refugio o asilo.

Y es que en Europa cada día son más los que están cansados de que no se reconozca la verdad; que la inmigración masiva e ilegal, especialmente la musulmana, ha disparado la delincuencia, sobre todo contra las mujeres al tiempo que se muestra cómo la integración no viene por sí sola, hay que trabajársela. Es más, sobre todo cuando no hay una lengua común ni una religión común, nos topamos, como en Francia, con que la segunda generación de musulmanes, aquella que pensábamos que iba a integrarse por sí sola, odia al país que le ha acogido, sus costumbres, su credo y hasta su historia.  

Ahora bien, las medidas aprobadas por el Europarlamento son toda ellas represivas. No se habla de la gran asignatura pendiente de Occidente, que no consiste en abrir fronteras, más bien habría que cerrarlas salvo en casos de especial necesidad, sino ayudar los países pobres para que sus ciudadanos no tengan que emigrar a Europa.