
Son tantos los acontecimientos dignos de comentario del viaje del papa León XIV a España, que por fuerza hay que limitarse a hablar solo de alguno de ellos. Este domingo voy a referirme solo a tres, cada uno de ellos con protagonistas diferentes: el propio papa León XIV, el más de un millón de personas que asistió en Madrid a la misa del domingo y el cardenal José Cobo.
Reconozco que yo tenía mis recelos antes de la intervención del papa en el Congreso de los Diputados. Al fin y al cabo, en esa sede parlamentaria se han aprobado toda una serie de leyes anticristianas, gracias al sectarismo antirreligioso de unos y a la incoherencia de los diputados católicos que por allí han pasado desde 1978, porque salvo unas pocas excepciones que se pueden contar con los dedos de una mano, y me sobran dedos, los demás han sido… ¡Muy poquita cosa!
El problema de nuestro sistema político es que ha puesto el carro delante de los bueyes, ha aplastado el concepto del hombre como criatura de Dios mediante las ideologías en beneficio de un sistema partitocrático, que ha sido desacreditado por la corrupción hasta límites inimaginables. Y ahora que hemos sacado la pasta de dientes del tubo, a ver cómo la metemos.
Por eso, proclamar la dignidad y los derechos del hombre como ser creado en el Congreso de los diputados no fue cosa menor. Y el papá León XIV lo hizo con estas palabras:
“Desde las páginas universales del Quijote, donde Cervantes proclamó que «la libertad […] es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos» (Don Quijote de la Mancha, II, 58), hasta la hondura espiritual de santa Teresa de Ávila, y desde la gran tradición jurídica española hasta la inquietud metafísica de Unamuno, que recordaba que el hombre «no se resigna a morir del todo» (Del sentimiento trágico de la vida, I), España ha sabido mirar al ser humano como algo más que una pieza del orden social, económico o político: lo ha reconocido como criatura abierta a la verdad, dotada de libertad y movida por una sed de eternidad que ninguna realidad temporal logra extinguir; en una palabra, como alguien cuya dignidad precede a toda utilidad y a cuyo servicio está sujeta la acción legislativa.
España ha sabido mirar al ser humano como algo más que una pieza del orden social, económico o político: lo ha reconocido como criatura abierta a la verdad, dotada de libertad y movida por una sed de eternidad que ninguna realidad temporal logra extinguir
La defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una meta de civilización. Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia. Cuando esta certeza se oscurece, los más vulnerables son las primeras víctimas y la ley pierde su significado más profundo: servir y proteger a cada persona. Por eso, la grandeza moral de una nación se manifiesta, sobre todo, en su capacidad de acompañar, proteger y amar aquellas vidas que atraviesan mayor fragilidad”.
Proclamar la dignidad y los derechos del hombre como ser creado en el Congreso de los diputados no fue cosa menor
Segundo protagonista: el más de un millón de asistentes a la misa del domingo en Madrid o el rescoldo católico, que todavía queda en España.
En una de las crónicas que el director de este periódico ha hecho del viaje del papa, se refería a lo que yo he escrito como la teoría del rescoldo y el soplo.
En efecto, a pesar de los ataques externos e internos contra la Iglesia, que también los ha habido... No lo digo yo. Recuérdese que fue el papa San Pablo VI quien dijo que el humo del infierno había entrado dentro de la Iglesia. Pues a pesar de ese humo luciferino y de que siguen sin ventilarse las estancias de la Iglesia, hay rescoldo católico, al menos en Madrid hay un rescoldo de más de un millón de personas.
Y se preguntaba un buen amigo ¿Cómo es posible, entonces, que con esa presencia masiva en los actos del papa, tengamos una sociedad regida por leyes tan poco cristianas? Y mi respuesta fue esta: Porque de ese rescoldo no sale llama. Y no sale llama porque no soplan los que deberían hacerlo: los líderes culturales, económicos, políticos y, sobre todo, las autoridades eclesiásticas.
Tercer protagonista: el cardenal José Cobo, que ha cundido en demasía, ha sido el perejil de todas las salsas y se ha empeñado en meternos en la mollera lo de la dichosa sinodalidad, que él mismo encarna desde el pontificado anterior.
En resumen, la sinodalidad es un intento de rebajar la autoridad de los obispos, dando entrada en las tomas de decisión diocesanas a todo quisque. Intento que no es nuevo en la Iglesia, y que hace poco más de doscientos años estuvo a punto de hacer desaparecer a la Iglesia en Francia. Se lo cuento.
En 1766, antes de que tuvieran lugar las elecciones en Francia para los Estados Generales que iniciaron la Revolución Francesa, se constituyó en el Delfinado un sindicato de curas para reclamar un aumento de su participación en los beneficios eclesiásticos. Desde allí, la revuelta de los curas se extendió por las provincias occidentales de Bretaña, Anjou, Maine y Aquitania, con el fin de acabar con “la tiranía episcopal”, como decían en uno de sus libelos dirigido a los curas de Languedoc, en el que se podía leer los siguiente.
“¿Continuaréis temblando prosternado ante los obispos?... Sois la irrisión de Europa y el objeto de la compasión de Francia entera… ¡Despertad y liberaos bajo la defensa de la ley!”
Los curas rebeldes se llamaban a sí mismos “richeristas”, porque estaban de acuerdo con las teorías de Edmond Richer (1560-1631), síndico de la Facultad de Teología de París”, que sostenía que los curas tenían la misma autoridad que los obispos, pues si bien estos procedían de los apóstoles, los curas tenían su origen en los 72 discípulos que Jesucristo mandó a predicar de dos en dos.
Tercer protagonista: el cardenal José Cobo, que ha cundido en demasía, ha sido el perejil de todas las salsas y se ha empeñado en meternos en la mollera lo de la dichosa sinodalidad. Intento que no es nuevo en la Iglesia, y que hace poco más de doscientos años estuvo a punto de hacer desaparecer a la Iglesia en Francia
Al final, el richerismo, junto con el jansenismo y el galicanismo armaron la Constitución Civil del Clero, aprobada el 12 de julio de 1790. Según esta ley, “cada departamento formará una solo diócesis y cada diócesis tendrá la misma extensión y los mismos límites que el departamento”. Como resultado de la nueva circunscripción desparecieron en Francia 53 diócesis y 4.000 (cuatro mil) parroquias.
El proceso ha sido descrito magistralmente por Jean de Viguerie en su libro Cristianismo y Revolución. Los obispos son elegidos por los curas y los laicos en votación popular, con el mismo censo electoral con el que se elegían los diputados. Eso quiere decir que tenían el mismo peso en la elección los católicos, que los protestantes o los descreídos. Y una vez hecha la votación, sin conectar con Roma, el elegido era consagrado por otro obispo. El papa, por tanto, dejaba de tener jurisdicción en el nombramiento de obispos.
Así las cosa, los clérigos franceses quedaban convertidos en funcionarios del Estado y colocados al servicio del poder político. Olvidando el carácter sagrado del sacerdocio, acabaron siendo un adorno en las ceremonias políticas, en las que se les invitaba para bendecir calles, edificios y árboles plantados por los Ayuntamientos.
No todos los sacerdotes aceptaron la Constitución Civil del Clero, era el clero refractario frente a los juramentados, que juraron la ley. Los refractarios fueron perseguidos, tuvieron que exiliarse y no pocos lo pagaron con su vida. Buena parte de la sociedad reaccionó en contra de la Revolución por motivos religiosos. E incluso se levantaron en armas en la región de La Vendée.
El punto culminante de los revolucionarios en lo que llamaron la “desfanatización del clero” fue la ruptura del celibato de los sacerdotes y la desaparición de la práctica sacramental. El diputado Bézard dijo lo siguiente el 13 de noviembre en la cámara de representantes: “Cuando los curas tengan mujeres, los confesonarios solo van a servir para hacer garitas”.
Durante la Revolución Francesa contrajeron matrimonio unos diez mil sacerdotes, una cifra elevadísima, que ponía de manifiesto las consecuencias del proceso de descristianización de Francia, que comenzó democratizando las decisiones episcopales, eso que ahora se llama sinodalidad.









