
Cuando me enteré de que se habían producido los primeros terribles incendios, tras pedirle al Señor lo que se debe pedir en estos casos, me vino a la cabeza un dicho en latín que nos hizo mucha gracia a los adolescentes que estábamos estudiando el bachillerato de los años 60 del siglo pasado: Pauci eramus et peperit abúncula. Frase que pasó al acervo popular español: “Éramos pocos y parió la abuelita”.
Pues, si no era poco con tener que soportar la catástrofe de la corrupción sistémica de un Poder político que, como dije en un artículo anterior, se ha convertido en una caquistocracia cleptocrática y con ínfulas totalitarias que, al dictado de la “ideolatría” climática que sostienen los lobbies mafiosos de Bruselas, intentan destruir nuestra agricultura y ganadería para llenar nuestro país de placas solares, resulta que ahora, encima, el fuego devorador les ayuda en sus falaces trampantojos mentales (todo es culpa del cambio climático) y en sus espurios fines económicos y políticos.
Esto pensé. Sin embargo, con el transcurrir de los días, además de rezar y compadecerme de todas las personas damnificadas y demás estragos producidos por el fuego, he considerado que, a pesar de todos los males que han traído consigo estos terribles incendios, gracias a las imágenes y evidencias reales, a los testimonios de los afectados y a las informaciones y artículos explicativos de los medios independientes, muchos españoles ignorantes de la verdadera situación de España, bien porque están abducidos por la propaganda gubernamental, bien porque están inmersos en el “divertirse hasta morir” del hedonismo ambiental, se han podido dar cuenta de lo que hemos resumido en el párrafo anterior.
Otra cosa es que lo acepten, pues, como todos sabemos “no hay más ciego que el que no quiere ver ni más sordo que el que no quiere oir”, y que, por tanto, muchos nieguen la evidencia, un mal cada vez más extendido y que pone una vez más de manifiesto aquello de Chesterton de que tendríamos que blandir la espada para demostrar que la hierba es verde.
No voy a enumerar todas las verdades palmarias que se han demostrado esta semana, pero sí conviene recordar algunas de ellas:
- La primera es que es inevitable que se produzcan incendios. Pero el tamaño de sus dimensiones y de su propagación depende, en primer lugar, de los medios que se pongan para su previsión. En nuestro caso, no sólo no se han puesto estos medios (limpieza de campos y de bosques en invierno) sino que las directivas europeas, aceptadas y puestas en práctica con singular entusiasmo por las autoridades españolas a través de leyes aberrantes, además de coartar injustamente la libre determinación de los agricultores y ganaderos, a los que se les ha impedido incluso limpiar sus propios terrenos, han propiciado la enorme magnitud de los incendios.
- La segunda es que hay que tener medios suficientes para la extinción rápida y eficaz de los incendios. Y jamás se había visto una carencia tan enorme de estos medios, debido a que el poder cleptocrático que nos gobierna ha derivado los gastos prometidos y presupuestados para la extinción de incendios a otras partidas favorecedoras de sus intereses personales y políticos. No es casualidad, por ejemplo, que el mismo día que el Gobierno destinó 73 millones a ampliar y modernizar la flota de los Falcon y helicópteros al servicio del presidente y sus familiares y ministros, se decidiera la revocación de la compra de los diez modernos aviones antiincendios que el propio Sánchez había anunciado pomposamente con anterioridad.
- La tercera es que la gestión de la extinción debe ser profesional y técnicamente adecuada. Y ésta ha sido y sigue siendo verdaderamente casi más catastrófica que los propios incendios.
Es decir, que la verdadera catástrofe que nos asola y que quiere seguir arrasando con España y los españoles en todos los ámbitos (promoviendo el aborto y la eutanasia, la invasión norteafricana y mayoritariamente musulmana de nuestro territorio y la nacionalización masiva de todo aquel que diga que desciende de españoles y prometa el voto al PSOE, entre otros ejemplos) procede de algunos políticos españoles, protegidos por otros que gobiernan la Unión Europa y por los dirigentes del NOM, sin que tengan una verdadera oposición frontal y sin que haya una certeza de que los jueces independientes puedan derribarlo.
Ante este panorama, cabe la indignación e incluso los ramalazos de ira de todos aquellos que amamos la verdad, la vida, la justicia y la libertad. Pues ay de aquel que no se indigne ante el mal ni se alegre ante el bien. Ese día habrá dejado de ser menos digno y humano. Pero lo que no cabe es el desánimo y la tristeza que he observado que están experimentando muchas personas de bien.
Yo mismo he sufrido esta misma semana esa sensación de impotencia y pena. Salí de ese agujero gracias a San Agustín: “Tristis? Oret”. Y me vinieron a la cabeza varios salmos en los que Yahweh promete destruir a los hacedores de iniquidad y proteger a sus hijos fieles; varias consideraciones de San Pablo: “Todo concurre al bien de los que aman a Dios”, “Esperanzados contra toda esperanza”… Y también la historia que narra Tolkien en el El Señor de los Anillos, transida de su concepto de “eucatástrofe”.
La “eucatástrofe” es según el genial autor inglés un giro feliz y repentino al final de una historia que salva a los protagonistas de un desastre total
La “eucatástrofe” es según el genial autor inglés un giro feliz y repentino al final de una historia que salva a los protagonistas de un desastre total. Y esta eucatástrofe se da varias veces en la aventura de la vida de los que buscan el bien y se enfrentan al mal, hasta la gran Eucatástrofe final donde triunfa definitivamente el bien y se produce la felicidad de los aventureros.
Todo aquel que haya leído esa magnífica novela, a mi juicio la mejor del siglo XX, o, al menos, haya visto la trilogía de Peter R. Jackson, recordará varios momentos en que todo parecía perdido para los simpáticos héroes y, de pronto, ocurría algo que los salvaba in extremis. Y así hasta el gran y feliz final donde, por fin, se destruye el reino de Mordor y ellos pueden vivir felices en su Comarca.
No vendría mal que, para animarnos en estas circunstancias penosas, releyéramos El Señor de los Anillos y que, además de valorar las virtudes de esos simpáticos protagonistas (lealtad, fidelidad, amistad, compañerismo, valentía, perseverancia…), volvamos a considerar que la Historia de la Humanidad es la historia de la lucha entre el bien y el mal en la que interviene el juego de la libertad humana y la Providencia divina. Y que Dios es Señor de la Historia que, a su debido tiempo, puede con todo y con todos.









