El obispo Osoro entregó uno de los mejores templos de Madrid (San Antón) al padre Ángel, el chico de Mensajeros de la Paz. Si la memoria no me falla, fue poco después de que monseñor advirtiera al filántropo de Mieres -lo de filántropo va con mala leche, sí, pero lo de Mieres no- que a lo mejor se estaba pasando un poquito. De inmediato, era entonces alcaldesa de Madrid la comunista Manuela Carmena, el padre Ángel, en tono chulesco, le respondió a su arzobispo que la próxima vez lo haría con Carmena en lugar de pedir el permiso al obispo. Osoro, rectificó de inmediato y le puso como el clérigo modelo de Madrid. ¿Ven? Por eso a mí no me han nombrado obispo, porque yo me hubiese visto acometido por poderosas tentaciones de propinarle un puntapié en el trasero al insigne y encorbatado padre Ángel.

Pues bien, resulta que los vecinos de Chueca andan un poco mosqueados con el padrecito Ángel. Hablan de narco-iglesia y se quejan de que aquello parece un mercadillo de droga, orines y peleas.

Esto no lo debe ver el padre Ángel porque se mete entre pecho y corbata unos periplos de mucho cuidado: siempre está allá donde haya una cámara de TV.

Y todo esto me parece una cuestión menor. La mayor es que el estilo de cura obrero con corbata, el padre Ángel, precisa de una advertencia, una sola pero con carácter doble: toda la doctrina cristiana se resume así: Amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo... pero por ese orden.

Oiga y lo dijo el católico Chesterton: ¡Dios nos libre de los filántropos!, que no enseñan a pescar... ni a vivir.