Hay unos cuantos mitos que encumbran a los socialistas y a los comunistas como defensores, en exclusiva, de la libertad, de la promoción de la mujer o de la enseñanza... Todo bajo el paraguas de que ellos son las fuerzas del progreso y que los que no piensan como ellos caminamos como los cangrejos y somos un atajo de fascistas. Y en este caso, no es lo grave que los socialistas y los comunistas se crean que son Napoleón, porque eso se solucionaría en una consulta de siquiatría. Lo verdaderamente grave de esta chaladura es que los demás también nos lo creyésemos y les rindiéramos los honores propios del emperador de Francia.

Así es que hay que ir desmontando todas estas mentiras sobre las que se aúpan los socialistas y los comunistas, para mirarnos a los demás por encima del hombro. Concretamente, hoy vamos a empezar por la enseñanza, sacando a la luz el trato que la izquierda ha dado a la escuela y, en contraste, veremos una de las muchas iniciativas educativas católicas que se pusieron en marcha en el siglo XIX, y que desgraciadamente desconoce mucha gente; me refiero a las escuelas del Ave María del catedrático de Derecho de la Universidad de Granada, el sacerdote Andrés Manjón.

Tiene la izquierda tan alto interés y tan grande preocupación por la enseñanza de los niños y los jóvenes que, cuando se topan con un colegio que ellos no puedan controlar, le hacen la vida imposible mediante trabas administrativas, con la decidida intención de cerrarlo. Pero como en la Historia siempre se encuentran recursos para el consuelo, hay que reconocer que los socialistas y los comunistas han afinado en su sectarismo, porque no hace muchos años, en lugar de poner trabas administrativas a los colegios católicos, los quemaban.

Y no se piense que lo de quemar iglesias y colegios católicos es cosa concluida y del pasado. Cuando hace unos años, Rita Maestre entró en la capilla de la Universidad Complutense como La Libertad guiando al pueblo de Delacroix, pero con sostén, gritó: “arderéis como en el 36”. El mensaje amenazador que subyacía en esa algarada era que la quema de hacía noventa años había quedado incompleta y que, por lo tanto, había que proseguir con la acción purificadora del fuego progresista. Sin embargo, por su desconocimiento de la Historia, la chica del grito no acertó con la fecha, porque lo de la quema no empezó en 1936, sino cinco años antes, poco después de proclamarse la Segunda República.

Que recuerde, solo en Madrid y en menos de veinticuatro horas, los días 10 y 11 de mayo de 1931 las hordas rojas quemaron, además de unas cuantas iglesias, el centro de enseñanza de Artes y Oficios de la calle de Areneros, dedicado a enseñar oficios a jóvenes humildes, también incendiaron el colegio de los Padres de la Doctrina Cristiana de Cuatro Caminos que era una escuela para niños de obreros, y lo mismo hicieron con las escuelas de formación profesional de los Salesianos. Socialistas y comunistas calcinaron el Instituto Católico de Artes e Industrias (ICAI) de la calle de Alberto Aguilera, el colegio de las Maravillas con su material científico y museo de minerales, el colegio de las salesianas y el colegio de monjas del Sagrado Corazón de Chamartín de la Rosa.

Y advierto. Que cuando yo escribo que la masonería alentó las acciones de la izquierda durante la Segunda República y la Guerra Civil, no es que me haya entrado una manía conspiranoica. No, yo la sinfonía de la Historia no la toco de oídas, sino con las partituras que encuentro en las bibliotecas y en los archivos. Vemos lo que pasó en la Segunda República.

Socialistas y comunistas calcinaron el Instituto Católico de Artes e Industrias (ICAI) de la calle de Alberto Aguilera, el colegio de las Maravillas con su material científico y museo de minerales, el colegio de las salesianas y el colegio de monjas del Sagrado Corazón de Chamartín de la Rosa

A continuación de la quema de las iglesias y los colegios en 1931, se desató todo un ataque contra la enseñanza católica, mediante leyes injustas. Y en este acoso, la masonería tuvo un protagonismo destacado. El asalto de la masonería al Ministerio de Instrucción Pública queda patente en la correspondencia mantenida entre el Gran Consejo Federal Simbólico y el ministro Marcelino Domingo. El 5 de agosto de 1931 los dirigentes de la masonería le escribieron una carta -una plancha en el argot masónico-, en la que le manifestaban que el órgano de gobierno de la masonería había acordado dirigirle la “súplica de que en el más breve plazo lleve a vías de hecho el proyecto de la Escuela Única”. La respuesta de Marcelino Domingo, con fecha 17 de agosto, decía: “Es mi deseo y propósito establecer la Escuela Única y a este fin he de trabajar con toda intensidad”.

Y todos estos deseos y súplicas de la masonería se elevaron al máximo rango de ley en la Constitución de diciembre de 1931. Su artículo 26 arremetía contra las Órdenes religiosas, especialmente contra los jesuitas, a los que les negaba el derecho a existir; la Compañía de Jesús, aunque sin nombrarla, quedaba expulsaba de España constitucionalmente: “Quedan disueltas aquellas Órdenes religiosas que estatutariamente impongan, además de los tres votos canónicos, otro especial de obediencia a autoridad distinta de la legítima del Estado. Sus bienes serán nacionalizados y afectados a fines benéficos y docentes”.

El mismo artículo 26 estableció para las Órdenes religiosas “la prohibición de ejercer la industria, el comercio o la enseñanza”, sin importarles a los legisladores que semejante medida dejara a un gran número de niños sin escolarizar, ya que el Estado fue incapaz de asumir esa docencia, lo que aumentó el número de analfabetos, deficiencia que costaría años erradicar durante la etapa del franquismo.

Y tres años después, antes de que estallara la Guerra Civil, cuando los socialistas dieron el golpe de Estado de 1934, corrió la sangre de religiosos dedicados a la enseñanza en Turón (Asturias). Los Hermanos de las Escuelas Cristianas atendían doce escuelas en la cuenca minera asturiana, donde daban clase, gratuitamente, a los hijos de los mineros. Una de estas localidades era Turón, donde los socialistas, los comunistas y los masones de la logia de la zona se habían enfrentado a ellos por la formación religiosa que daban en sus colegios, y hasta habían manifestado su intención de cerrar el colegio.

Los socialistas encerraron en la sede del PSOE, la Casa del Pueblo de Turón, a los ocho Hermanos y al padre pasionista Inocencio, donde permanecieron presos durante cuatro días. Y en la noche del 8 al 9 de octubre los asesinaron en el cementerio del pueblo. Los nueve fueron canonizados por San Juan Pablo II el 21 de noviembre de 1999

El día 4 de octubre el padre Inocencio Canoura, perteneciente a la comunidad de los pasionistas de Mieres, se traslada a Turón y hace noche en la residencia de los Hermanos. Como los Hermanos no son sacerdotes, este religioso pasionista atiende sacramentalmente a los profesores y a los alumnos del colegio de Turón. En consecuencia, el padre Inocencio se levantó muy temprano para confesar a los Hermanos y a los escolares, pues ese día 5 de octubre era primer viernes de mes. Tras las confesiones celebró la santa misa, que es interrumpida por los gritos de los asaltantes armados con escopetas. Y ante el inminente peligro de una profanación el padre Inocencio y los Hermanos consumieron todas las hostias que había en el sagrario. 

Los socialistas encerraron en la sede del PSOE, la Casa del Pueblo de Turón, a los ocho Hermanos y al padre pasionista Inocencio, donde permanecieron presos durante cuatro días. Y en la noche del 8 al 9 de octubre los asesinaron en el cementerio del pueblo. Los nueve fueron canonizados por San Juan Pablo II el 21 de noviembre de 1999.

En contraste, vemos los comienzos de las escuelas del Ave María del padre Manjón. Este burgalés había nacido en 1846 y compaginó su vocación sacerdotal con una brillante carrera universitaria. Ganó por oposición la cátedra de Derecho Canónico de la Universidad de Granada y al paso por el Sacramonte camino de la Universidad, cuando iba montado en su borriquilla se apiadó de aquellos niños sin escolarizar.

Pasado el tiempo, en 1901, publicó un folleto titulado El Ave-María. Colonia escolar permanente establecida en los cármenes del camino del Sacromonte de Granada. Al sentir el sol a las espaldas de su vida, el padre Andrés Manjón se dirigió en ese escrito a la multitud de niños a los que había educado y formado en sus escuelas del Ave María. Habían pasado muchos años de dedicación y esfuerzo sin pedir nada a cambio; sin embargo, ahora que notaba que se le escapaba la vida y solo por los mucho que los quería y confiaba en ellos, ahora sí que se atrevió a pedir su recompensa en estos términos:

“Yo solo les pido [a los niños] que no me olviden en sus oraciones y buenas acciones; que si en vida les hice algún bien, en muerte quiero cobrárselo, y como ellos me ayuden a escalar el Cielo, yo les pagaré, a fuer de agradecido. mejor dicho se lo pagará el Señor de vivos y muertos que se goza y complace en oír, atender y despachar favorablemente las peticiones de los pequeñitos, a quienes con frase de sumo cariño llama las pupilas de sus ojos”.

El comienzo de la gran labor educativo del padre Manjón fue muy sencilla. Le cedo la palabra para que lo cuente él:

“El principio de estas Escuelas del AVE-MARÍA fue así. Llevaba en mi mente hacía años la idea de poner escuelas en el campo, y cuando paseaba por los alrededores de Granada (que era siempre que podía) se me recrecían los deseos, y más cuando en 1886 subí de canónigo al Sacro-Monte, y vi despacio aquellos caminos, cármenes y cuevas; y no pudiendo contener en el silencio el pensamiento que me aguijoneaba, le comuniqué a algunos amigos de más confianza, los cuales se rieron y burlaron diciendo: «Ya tenemos aquí un nuevo fundador; sin duda le sobra el dinero».

Mas he aquí que un día que bajaba sobre mi burra blanca, para la Universidad (y montado, como siempre, en el borriquito de mi fijo pensamiento) oí sorprendido canturrear la Doctrina cristiana en una cueva que caía sobre el camino, y me dio un salto el corazón. Descendí de la burra, trepé por las veredas y hallé en una cueva a una mujer pequeña y vulgar, rodeada de diez chiquillas, alguna de las cuales era gitana. Entonces me avergoncé de no haber hecho yo siquiera lo que aquella pobre mujer salida del Hospicio estaba haciendo. Porque es de advertir que la Maestra Migas (así la llamaban los ilustrados vecinos) era una exhospiciana, con tres hijos, dos varones y una hembra, y sin medios conocidos de vivir.

Me puse al habla con esta mujer, la invité a que subiera las niñas a Misa los días de fiesta al Sacro Monte, le obtuve de esta Abadía la comida de las sobras del Colegio, y me corrí a pagarle la cueva, que tenía algo de casa y costaba al mes cuatro pesetas y cincuenta céntimos.

Noté en aquella maestra improvisada algo raro y anormal; encargué a las Señoras de la Conferencia de San Vicente de Paul que, como mujeres, la estudiaran, y estas me dijeron que, a su juicio, estaba loca. Y así era. En aquel verano, sin saber cómo, hizo un viaje por mar a Barcelona, a ver una hija que allí tenía, y ya no la volví a ver. Pero aquella loca me enseñó mucho más que los amigos sabios y cuerdos, porque dije yo: si con una tal Maestra y un tal local y tan escasos medios se ha podido organizar una escuela de niñas en el Camino del Monte, ¿quién duda que, mejorándolo todo, se llegará a tener un colegio con todo cuanto se quiera?

Animado por este ejemplo, compré un carmen debajo de dicha cueva, busqué una Maestra con título, instalé en octubre de 1889 (mes del Rosario) mi escuela primera de niñas; más tarde otra de párvulos, que encargué al marido de la Maestra, y los niños y Dios han ido haciendo lo demás, contando hoy con dieciséis escuelas y ocho casas con jardín y huerta, destinadas a la educación de la juventud en el campo”.

Y lo que empezó en una cueva del Sacromonte en 1889, en muy pocos años se convirtió en una red de más de trescientos centros educativos.

Javier Paredes

Catedrático emérito de Historia Contemporánea de la Universidad de Alcalá