
Nuestro cardenal no esconde su alegría por la elección del Papa León XIV, que desde el principio de su pontificado ha puesto a Jesucristo en el centro de todo
Sr. Director:
2050 es el título del último libro publicado por el Cardenal Robert Sarah, prefecto emérito de la Congregación para el culto divino, libro construido como un diálogo entre el cardenal y el escritor Nicolás Diat sobre el porvenir de la Iglesia y de la civilización occidental.
Nuestro cardenal no esconde su alegría por la elección del Papa León XIV, que desde el principio de su pontificado ha puesto a Jesucristo en el centro de todo. Un pontificado se mide precisamente por su capacidad de poner a Dios en el centro.
El Papa habla de adoración antes que de organización, de conversión antes que de estrategias. Y ésto es decisivo: llevar a Dios a los hombres y llevar a los hombres a Dios. Es necesario explicitar la doctrina sin ambigüedades innecesarias. Es necesario formular la doctrina de manera que todos los fieles puedan comprenderla sin dificultad.
Para Sarah, la crisis actual de la Iglesia es espiritual y doctrinal y tiene una raíz identificable: la tentación de medir a la Iglesia con criterios mundanos. ¡Cuántas veces nos alertó el Papa Francisco sobre el peligro de mundanizarnos y pensar y obrar como lo hace el mundo!
La Iglesia es mal comprendida cuando la juzgamos con categorías profanas: eficacia, representatividad, inclusión, gobernanza, etc. Porque la Iglesia está en el mundo pero no es del mundo. Es de Dios y ha sido enviada al mundo para salvarlo. No necesitamos una institución mundana más. La Iglesia es y será siempre signo de contradicción, como Cristo. Pensamos que nombrar la esencia es salvaguardar la sustancia. No conviene vivir permanentemente en la confusión, sino en el esplendor de la Verdad.
Hemos de saber distinguir entre respeto y relativismo. La Iglesia reconoce las semillas de verdad presentes en otras tradiciones, pero proclama que la Plenitud de la Revelación está en Jesucristo, Dios verdadero y hombre verdadero.
Dialogar no significa relativizar.
Callar a Cristo es una infidelidad.
Cuando alguien exalta la diferencia en detrimento de la comunión, la catolicidad se fragmenta.
Somos diferentes, ciertamente, pero hemos de llevar cuidado en no romper nunca la unidad y la comunión eclesiales.
Acerca de las leyes de aborto y de eutanasia ya legalizadas en algunos países, Sarah ve en estas iniciativas la expresión de un orgullo que pretende arrogarse la decisión sobre el valor de la vida de las personas. Los enfermos necesitan compasión, no que les matemos. Las mujeres tentadas a abortar han de encontrar en la Iglesia refugio y apoyo.
Para los creyentes, la muerte no es un punto final sino un umbral. Si Cristo ha resucitado, la muerte es un paso y nos toca ayudar a los demás a cruzarlo santamente.
Hoy se da un acoso y derribo contra el matrimonio y la familia, y los cristianos debemos defender ambas instituciones, porque responden a la voluntad del Creador sobre la humanidad. Los católicos debemos testimoniar con dulzura, pero sin ambigüedad, la verdad y la belleza tanto de la familia como del matrimonio. La verdad dicha con amor es auténtica caridad.
Por lo que se refiere a la crisis de natalidad en Europa, Sarah observa en este fenómeno el síntoma de una crisis profunda: la pérdida de la esperanza. Los corazones confiados en la Divina Providencia y liberados de la dictadura del materialismo desean transmitir la vida. Una civilización que renuncia a Dios renuncia a vivir, porque ya no sabe por qué debe durar, permanecer.
El presente y el futuro de la Iglesia no depende de reformas institucionales ni de estrategias pastorales, sino de la santidad de sus miembros.
Las reformas han de estar al servicio de la evangelización y de la misión que Cristo confió a su Iglesia.









