Cinco años desde la liquidación de Lehman Brothers, donde se fecha la crisis bancaria internacional, es decir, la crisis económica actual. Los financistas se han conjurado para repetirnos que dejar caer al banco de inversión norteamericano fue un desastre. Hacen las cuentas del Gran Capitán para justificar que, a partir de Lehman, -lo único que se hizo bien-, se optó por salvar a todos los bancos con dinero público, y que eso es lo que había que hacer.

Pues mire, no. Es verdad que Lehman no era un entidad de depósitos pero, como todo banco, también los de banca al por menor, era una entidad con pasivos. Ponerla en manos del juez, y no del Gobierno, supuso que muchos inversores perdieron su dinero pero el negocio continuó en otras entidades.

 

 Lehman poseía casi el 25% del crédito corporativo norteamericano. Se vendieron esos créditos a otras entidades y el prestatario no sufrió. El que sufrió fue el inversor en Lehman: accionistas, subordinados, etc. Apostaron mal y perdieron. Si consideran que eso se debió al mal hacer de los gestores pues a los tribunales los tales gestores.

La alternativa es muy sencilla: si pones un banco en crisis en manos de un Gobierno pagamos su salvamento entre todos los ciudadanos. En todo Occidente, también en España con Zapatero y con Rajoy, ese ha ido el más lamentable error de los cometidos en política económica.

Mírenlo así: todos somos ahorradores porque todos necesitamos del banco para pagar nuestras deudas. Pero no todos somos inversores. Sólo aquellos a los que, una vez resueltas sus necesidades primarias, aún les queda dinero para rentabilizarlos. El depositante no quiere arriesgar ni quiere más fondos; el inversor sí. Y cuando arriesgas para obtener más dinero puedes triunfar  o fracasar. Si triunfas, enhorabuena, si fracasas, no tienes derecho a exigir que el resto de los contribuyentes cubran tus pérdidas.

Eulogio López

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