• El sindicato Stavla de azafatas toma el relevo de los pilotos y consigue anular 140 vuelos. 
  • Lo que ahora está en juego no es la cuenta de resultados de Iberia sino su propia viabilidad. 
  • Más huelga en Iberia: minorías que llevan al caos a la empresa y a los pasajeros.

A ver muchacho, las cuentas. Iberia tiene 22.000 trabajadores. De ellos, 1.500 son pilotos, 3.500 azafatas -y azafatos-, y el resto, 17.000, personal de tierra. Ocurre que el personal de tierra ha firmado un acuerdo con la empresa en el que ésta se compromete a no reducir plantilla e, incluso, a crear nuevos puestos de trabajo con la aerolínea de casi bajo coste, Iberia Express. La mayoría de los tripulantes de cabina de pasajeros (TCP) también están de acuerdo en sacar adelante la empresa, pero el 30% -el sindicato Stavla, conocido entre la plantilla de Iberia como "las seplillas"- decide convocar huelga para los viernes (cuando más daño hace) los días 4 y 11, y para el 14 de mayo, en el puente de San Isidro.

Los bienpagados pilotos han situado a Iberia al borde de la quiebra, con más de 30 jornadas de huelga programada a razón de más de 3 millones de euros perdidos por jornada. La ministra de Fomento, Ana Pastor -en lo que probablemente constituya un gran error, luego explicaré el porqué- nombra al catedrático Jaime Montalvo árbitro que tendrá que emitir un laudo de obligado cumplimiento. Al menos se evitan más jornadas de huelga.

Y entonces, cuando se ha logrado una entente, resulta que son las azafatas quienes se ponen en huelga y paralizan -viernes 4- nada menos que 140 vuelos, otra sangría de pérdidas.

¿Y cómo es posible que si tres de los cuatro sindicatos de TCP quiere trabajar, sólo uno, el Stavla, que sólo representa al 30% de los auxiliares de vuelto, es decir, a 1.000 empleadas -y empleados- ponga en jaque a un colectivo de 22.000 trabajadores, además de a decenas de miles de pasajeros? Pues muy sencillo, por la normativa: por cada 50 pasajeros debe haber una azafata. Basta con que una azafata siga las consignas del Stavla para que haya que cancelar el vuelo.

Y no, la dirección no puede sustituirla por un no-huelguista porque se le acusaría de estar vulnerando el derecho de huelga. Y probablemente los SEPLA y "las seplillas" ganarían la partida.

En resumen, "las seplillas" toman el relevo de los SEPLA -en Stevla abundan las parejas de pilotos- y ponen en jaque a la compañía. Y lo que ahora está en juego no es la cuenta de resultados de la empresa sino la propia viabilidad de Iberia y, de postre, el transporte aéreo en España. Con ello, pueden hundir a toda la plantilla.

Y todo ello cuando Lufthansa anuncia el despido de 3.500 empleados, mientras Iberia, con la creación de Iberia Express, ha firmado un acuerdo con el personal de tierra comprometiéndose a que no haya bajas.

"Las seplillas" asumen su riesgo, dado que la compañía les ha incluido en su demanda ante los tribunales por presunta huelga ilegal. Y ojo, porque la empresa ha solicitado al juez que, si ha cometido delito, seplas y seplillas indemnicen con su patrimonio personal las pérdidas provocadas.

Y a todo esto, ¿por qué digo que se ha equivocado la ministra Ana Pastor al decretar laudo obligatorio? Pues hombre, porque todos presumimos que el laudo va a ser más blando con los pilotos y las azafatas rebeldes que la propia reforma de Fátima Báñez.

Mientras tanto, una compañía española estratégica para el sector turismo, la clave de la macilenta economía española, se encuentra al borde del abismo por una minoría de azafatas que constituyen una minoría de la plantilla, en huelga de solidaridad. Un concepto que, por cierto, no contempla la legislación laboral.

Miriam Prat

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