Ya se acerca la Navidad, el Niño Dios nacerá en la gruta de Belén. Desnudo, sin atención médica, en un establo.

 

Rodeado de bestias y acompañado por los pastores que vienen a adorar a su Señor. También los Reyes Magos que, desplazándose de Oriente, vienen a Belén para ofrecer sus presentes: oro, incienso y mirra.

En piadosa y empírica tradición, numerosas generaciones arriban a estos días a orearse bajo las iluminaciones navideñas y alegrarse de ese soplo impoluto de esperanza que surge de las lamparillas de colores.

El corazón de la Villa de Madrid se ha aprovisionado para proclamar un tinte de modernidad luminosa que no todos comprendemos. De igual forma aquí ha arribado la posmodernidad que invadió la Casa de la Villa de la mano de Alberto Ruiz-Gallardón a la vez que se iban por la ventana, los villancicos, los belenes de arcilla y las luminarias con alegorías religiosas.

Con iluminaciones de diseño y arbolitos minimalistas manifiestan que la Navidad es más que una tradición y que es bueno que los belenes y campanillas que comunicaban la buena nueva del nacimiento de Jesús, cedan paso a unas parrillas de diseño, descristianizadas. Todas estas manifestaciones desempeñan su función de evocar que nos hallamos ante un gran acontecimiento, aunque sea imposible aprehender si escoltan al carnaval o resplandecerán el camino de los Reyes Magos.

Es un magnífico trazado escénico, posiblemente más indicado para una vivienda ultramoderna o un estudio de alta ornamentación, pero no para los ojos de los críos, colmados de ingenuidad que reclaman en vano, sus campanillas y angelitos en el firmamento de Madrid.

Las fiestas de la Navidad y Reyes Magos son las más importantes del año litúrgico ya que representan la venida del Niño Dios para salvar a toda la humanidad, a todos los hombres de buena voluntad.

Es una maldad aprovechar e instrumentalizar estas fiestas navideñas, de gran tradición cristiana, para lograr un pequeño montoncito de votos que sirven para bien poco.

Sr. Ruiz Gallardón sea coherente con su fe, muestre a los ciudadanos de la Villa de Madrid sus firmes creencias en la fe de Cristo. No critico su actitud, simplemente me da mucha pena.

Clemente Ferrer

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