Lo explicaré de otra forma: el único error que no puede cometer un papa, un obispo, un presidente de la CEE o un archidiácono, es lo que Clive Lewis resumiera en su obra Cartas del Diablo a su sobrino, cuando el demonio superior animaba al demonio inferior a hacer correr a los humanos "con mangueras a las inundaciones y con barcazas a los incendios".

El Papa Francisco (en la imagen) o el obispo Blázquez no van a enseñar nada que atente contra el Magisterio, eso es seguro. Pero lo que sí pueden es poner el acento en la verdad omitible y obviar la verdad urgente, la que se está llevando más almas por el desaguadero. Hablo como periodista y sólo hablo de comunicación. Lo que hay que decir lo saben el Papa Francisco y el obispo Blázquez más y mejor que yo, y sólo me queda escucharles con atención. Hablo de cuándo y cómo decirlo. Es decir, hablo de periodismo, de información, de comunicación.

Y sobre este aspecto veo poco escrito, muy poco, tanto en los juicios sobre el primer año de pontificado de Francisco como sobre Ricardo Blázquez, nuevo presidente de la Conferencia Episcopal Española (CEE).

En tiempos de teología protegida y desinformación institucionalizada no conviene alertar contra la fe del carbonero, y en tiempos de apostasía y blasfemia, no conviene advertir contra el racionalismo teológico. Ambos, la falta de formación y la apostasía y la blasfemia, son defectos graves a corregir, pero no se achica al agua con más agua ni la sequía apaga los incendios.

Si vivimos en tiempos de persecución de los cristianos, física e intelectual, quizás no sea el momento de darnos golpes de pecho asegurando que nuestros tatarabuelos se pasaron de intolerantes con algún que otro hereje. Y si la atmósfera dominante es la profanación de la eucaristía, en materia y en forma, exterior e interior, quizás haya que insistir más en el milagro de la transustanciación y menos en el amor fraterno que debe emanar del memorial eucarístico.

Y en tiempos donde la mayor matanza es la del aborto no parece lo más apropiado insistir sobre el respeto a la vida también del ya nacido. Un bien protegible, claro está, pero de menor actualidad.

Y en tiempo de increencia y de negación del milagro, lo primordial no puede ser prevenir contra los majaderos de las apariciones. Más bien convendría advertir contra la expulsión de lo sobrenatural por un naturalismo irracional. 

Porque una cosa es creer en el milagro de lo ordinario y otra cosa caer en la ordinariez de negar que el brazo de Dios ha perdido su poder desde que nos comunicamos por móvil. Nada hay más natural que lo sobrenatural, clamaba Sancho, y cuando lo natural no camina hacia lo sobrenatural acaba por ser antinatural.

Además, ambas son tragedias. El incendio y la inundación, pueden darse al mismo tiempo, en sincronía, según las personas y las latitudes.

En cualquier caso, cuando inundación, barcas de salvamento; cuando incendios, mangueras. No al revés. Y éste es el error en el que pueden caer incluso grandes santos, con toda su buena intención, por no entender el signo de los tiempos… o no poseer la virtud del discernimiento.

Y claro, el signo de los tiempos consiste en que vivimos próximos a la gran tribulación. No, no tengo ni idea del cuándo ni del cómo, pero sí que la copa de la corrupción rebosa. Y así, los consejos que hace 100 años podrían parecer largos, hoy podrían quedarse cortos, a pesar de ser muy buenos consejos. Este es el signo de nuestro tiempo. No peligra el Magisterio, pero cualquiera que no tenga presente el signo del siglo XXI podría estar caminando... muy santamente por el camino erróneo.

Eulogio López

[email protected]