
Sólo la insoportable frivolidad de la sociedad del siglo XXI, puede hacer, no que sintamos la ruptura de la pareja como un logro, como un derecho, sino que encima pensemos que 'ese derecho’ provoca alegría.
Digo que sólo la frivolidad imperante puede convencernos de esta estupidez porque la banalidad es aburrida y la superficialidad acaba por hacerse insoportable.
Pero primero vayamos con la culpa que luego iremos con la pena. Ambas perfectamente retratadas en estas palabras del gran Chesterton: "Siempre hay alguien que se divorcia y alguien que soporta el divorcio. Siempre hay alguien que gana y alguien que sufre… Siempre hay un miembro desleal y un miembro fiel".
El desleal, simplemente, aquel que no ha sabido comprometerse, que no ha sabido mantener su voto. Sí, pero la vida o es un voto... o se convierte en una tediosa fruslería. La persona nace para comprometerse y en el ejercicio del compromiso, a veces constante, surge la donación, es decir, el amor.
Y ahora vamos con la pena: "Según la nueva moral, siempre será el fiel y solo el fiel, quien sufre. La nueva moral garantiza que el desleal siempre será feliz y él o ella no tienen más que ser desleales para encontrar la felicidad"... ¿a qué no? O la persona cumple sus votos o deja de ser persona, porque es el voto donde la persona ejerce como ser humano... y donde se realiza, donde encuentra la felicidad.
Por eso, también Chesterton habla de la "superstición del divorcio". En efecto, es una superstición porque es cuando el varón, o la mujer, dejan de ser hombres. No por la infidelidad en sí, todos podemos ser infieles, sino por la consagración de la infidelidad como un derecho o incluso como una virtud.
La infidelidad, con los hechos o con el corazón es humana, su consagración no. Es lo que diferencia la lujuria de la blasfemia contra el Espíritu Santo: la primera se puede perdonar, la segunda no tiene perdón ni en este siglo ni en el venidero. Y no puede tener perdón porque convierte el bien en mal y el mal en bien. ¡Pues eso!









