Sor Lucía, la vidente de Fátima, una religiosa, por tanto, no casada, envía una carta-respuesta al cardenal Carlo Caffarra, fallecido en 2017. Una carta sobre los tiempos actuales y sobre los últimos tiempos donde dice algo singular: "La batalla final entre el Señor y el reino de Satanás será acerca del matrimonio y de la familia. No teman, porque cualquiera que actúe a favor de la santidad del matrimonio y de la familia siempre será combatido y enfrentado en todas las formas, porque esta es la cuestión fundamental... Sin embargo, nuestra señora ya ha aplastado su cabeza".

Sí que era profeta Sor Lucía. Ya estamos en esa guerra. En efecto, el matrimonio y la familia son escenarios de la batalla cultural actual directamente ligada a la otra gran batalla de nuestro tiempo, la de la Eucaristía. El futuro de la sociedad no depende de gobiernos ni de ejércitos, depende del matrimonio y de la familia.

Empecemos: un periodista, casado desde hace más de 25 años y sin ninguna intención de divorciarse, me dice que el amor no es más que egoísmo. Buscamos lo que nos puede dar la persona amada en este caso la mujer, en compañía, algo así como lo de Antonio Machado: lo que ellas puedan tener de hospitalario. Lo del poeta Pedro Salinas era aún peor: el amor es destrucción.

Pues no: el amor, en víspera de San Valentín, no es más que entrega, donación de uno mismo. Otra cosa es que la donación de uno mismo proporcione la felicidad que el hombre no tendrá de ninguna otra manera. Pero no por egoísmo sino porque la alegría es un árbol que tiene sus raíces en forma de cruz.

La frase de Spielberg, esa de que "la culpa es una emoción inútil", es propia de un aspirante a la depresión y lo de "yo no me arrepiento de nada" es el lema del infierno

Vamos con la familia. Decir que la familia es la célula de la sociedad me parece una obviedad, y no me gustan las tautologías. Prefiero la definición de Chesterton: la familia es una célula de resistencia a la opresión. Y no era una paradoja brillante, sino una terrible realidad: es en la familia en el único sitio donde a la gente no se le pide que aporte tanto como recibe: se le quiere tal cual es. No se guía por la contraprestación sino por la preocupación por el otro. Por eso, como es lo mejor, cuando se estropea se convierte en lo peor. El infierno no es más que el cielo podrido: 'corruptio optimum est pessimus'. Y esto por la misma razón por la que no hay mejora sin arrepentimiento, y no hay amor si la esposa no pide perdón al esposo y viceversa. La frase de Spielberg, esa de que "la culpa es una emoción inútil", es propia de un aspirante a la depresión y lo de "yo no me arrepiento de nada" es el lema del infierno. 

San Juan Pablo II decía que la pareja, en el matrimonio, se guía por el principio de sumisión recíproca. La mujer está sometida al hombre y el hombre está sometido a la mujer y ambos han elegido libérrimamente esa sumisión.

Con todo este rollo quiero decir lo siguiente: a pesar de las apariencias, de ese sentimiento de que el aborto es inapelable, de que incluso los políticos que se declaran providas proponen medidas mínimas contra el crimen de hoy (lo de Vox en Castilla resultaba absolutamente menor). Los Provida van a ganar la batalla, los pro-familia, pro-familia natural, un hombre y una mujer que dan su vida por sus hijos, esa familia natural de las que se ríe la modernísima derechista Begoña Villacís, es la que triunfará al final. ¿Triunfo sobre Satanás? Sí, sobre su reino, que es el mundo, aunque de forma temporal, y sobre todas sus obras.

Por cierto, la familia se funda en el amor pero, ojo, el amor es eso que acaba en la cama, no empieza en la cama. ¡Y que viva San Valentín!