Sr. Director:

«Estar en el lado correcto de la Historia» se ha convertido en una de las expresiones favoritas de políticos, periodistas, activistas, sociólogos y toda clase de expertos contemporáneos. Se utiliza constantemente para legitimar ideas, políticas y decisiones, y para desacreditar a quienes discrepan de ellas.

Sin embargo, la expresión encierra un problema fundamental.

La Historia no tiene lados.

La Historia no es una persona.

No posee conciencia.

No dicta sentencias.

No reparte certificados de virtud.

La Historia simplemente registra hechos, acontecimientos, decisiones humanas, causas y consecuencias. Quienes emiten juicios morales son los hombres, no la Historia. Por eso resulta tan llamativo que tantas personas afirmen conocer de antemano cuál será el juicio definitivo de generaciones que aún no han nacido.

La realidad histórica demuestra precisamente lo contrario. Las mayores tragedias de la humanidad fueron protagonizadas por individuos y movimientos absolutamente convencidos de encontrarse en el lado correcto.

Los jacobinos durante la Revolución Francesa.

Los bolcheviques.

Los fascistas.

Los nazis.

Los maoístas.

Los jemeres rojos de Pol Pot.

Los defensores de la eugenesia.

Los partidarios del apartheid.

Los perseguidores religiosos.

Todos estaban convencidos de actuar en nombre del progreso, la razón, la justicia o la ciencia.

Todos creían representar el futuro.

Todos estaban convencidos de tener razón.

Y sin embargo, la Historia terminó juzgándolos de manera muy distinta.

La convicción no demuestra la verdad.

La certeza moral no garantiza la justicia.

Y la seguridad absoluta suele ser una pésima consejera.

El análisis histórico se vuelve todavía más interesante cuando examinamos cuestiones como el colonialismo, la esclavitud o la expansión de los imperios.

Las grandes potencias europeas que hoy suelen presentarse como referentes morales participaron durante siglos en conquistas, colonizaciones, segregaciones raciales y sistemas de dominación política.

Gran Bretaña mantuvo durante siglos a millones de católicos en situación de inferioridad jurídica.

El Imperio británico participó en procesos coloniales que dieron lugar a situaciones de segregación racial en distintos territorios.

Estados Unidos mantuvo la esclavitud y posteriormente, la segregación racial hasta fechas relativamente recientes.

Australia desarrolló políticas de asimilación forzosa contra los aborígenes.

Sudáfrica institucionalizó el apartheid.

Diversos países escandinavos impulsaron programas de esterilización forzosa bajo inspiración eugenésica.

Mientras tanto, la persecución de los judíos atravesó siglos, continentes, religiones e ideologías diferentes, demostrando que la intolerancia no pertenece a una sola cultura ni a una sola época.

También la esclavitud suele presentarse de forma profundamente distorsionada.

La esclavitud no fue una peculiaridad europea.

Fue una institución universal presente en prácticamente todas las civilizaciones conocidas.

Existió en África, Asia, Europa, América y el mundo islámico.

Millones de esclavos fueron capturados y vendidos por otros africanos.

El tráfico esclavista musulmán comenzó siglos antes que el atlántico y perduró durante mucho más tiempo.

Brasil fue el último país occidental en abolir oficialmente la esclavitud en 1888.

Y todavía hoy persisten formas de esclavitud y servidumbre en distintas regiones del mundo.

Comprender estos hechos no implica justificar nada. Implica comparar.

Y sin comparación no existe Historia. Sólo propaganda. En este contexto resulta especialmente relevante el caso de España. Durante décadas se ha difundido una visión de la historia española basada en la llamada Leyenda Negra, una construcción propagandística elaborada originalmente por rivales de la Monarquía Hispánica. Esa visión ha terminado siendo asumida por muchos españoles hasta el punto de contemplar su propia historia casi exclusivamente a través de sus errores.

Sin embargo, la realidad histórica es mucho más compleja.

España no fue un paraíso.

Cometió abusos, errores e injusticias.

Como cualquier otra potencia histórica.

Pero también desarrolló instituciones y principios extraordinariamente avanzados para su tiempo.

Mientras otros imperios tendían hacia la segregación o la expulsión, la Monarquía Hispánica promovió el mestizaje y reconoció jurídicamente a los indígenas como vasallos de la Corona.

La Escuela de Salamanca debatió cuestiones relacionadas con la dignidad humana y los derechos naturales siglos antes de que existieran las modernas declaraciones de derechos.

Se fundaron universidades, hospitales, imprentas, audiencias y cabildos en América.

Y se organizó la Expedición Balmis, considerada la primera campaña internacional de vacunación de la historia.

Todo ello no convierte a España en una excepción perfecta.

Pero tampoco permite describirla como una anomalía criminal de la historia universal.

La conclusión es sencilla.

Cuando alguien afirma que está en el lado correcto de la Historia, conviene desconfiar. Porque la Historia no concede carnés de buena conducta. Y porque quienes más seguros han estado de representar el futuro suelen haber sido precisamente quienes menos comprendían la complejidad del pasado.

Tal vez la actitud más razonable no consista en pretender conocer el veredicto definitivo de la Historia. Tal vez consista simplemente en estudiar los hechos, comparar experiencias, analizar consecuencias y reconocer que ninguna nación, ninguna ideología y ninguna generación posee el monopolio de la virtud.

La Historia no tiene lados. Tiene seres humanos. Y los seres humanos, como demuestra toda la experiencia histórica, son capaces simultáneamente de lo mejor y de lo peor.