Mientras España se desangra en los escándalos políticos del presidente Pedro Sánchez a lo largo de su entorno más cercano, político y familiar; y mientras el mundo —incluida España— se polariza y se fractura cada día más, bajo nuestros pies se abre una de las crisis más graves de nuestro tiempo con consecuencias desastrosas para el futuro. Sí, una crisis silenciosa que muy pocos debaten y que, sin embargo, es decisiva para el futuro de Occidente.
La crisis de la natalidad en Occidente está poniendo fin a una civilización con siglos de construcción social, moral, política, científica y tecnología. Una civilización que ha hecho avanzar al mundo como ninguna lo ha hecho en la historia. No es la primera vez que sucede y como ya pasó con Roma, sus ciudadanos agonizan sin saberlo. Primero dejó de creer en sí misma, después dejó de transmitir por generaciones los valores que la hicieron ser un imperio de ocho siglos y finalmente se dejó invadir por otras culturas contrarias a sus principios civilizatorios y terminó adoptándolos como propios. Hoy, como ayer, Occidente, con Europa a la cabeza, se contempla fascinado en el espejo de su bienestar, mientras la población que lo ha sostenido culturalmente durante generaciones envejece, disminuye y desaparece.
No estamos ante un simple problema estadístico ni económico. Estamos ante una cuestión civilizatoria. El demógrafo Alejandro Macarrón, uno de los mayores especialistas españoles en esta materia y coautor de Los últimos españoles, lleva años advirtiendo de que España se encuentra inmersa en un proceso de suicidio demográfico sin precedentes. Cada nueva generación es más pequeña que la anterior y si la tendencia continúa, el país que heredarán nuestros nietos será radicalmente distinto del que conocieron nuestros padres.
Si pensamos que el problema se reduce a un simple asunto de números, de niños nacidos que reemplacen a los mayores, sería un error de cálculo. La caída de la natalidad es la manifestación visible de una crisis más profunda, es un problema estructural cultural, porque los pueblos tienen hijos cuando creen en el futuro, cuando los progenitores tienen algo que merece la pena transmitir: una herencia cultural, espiritual y moral.
Por el contrario, cuando una sociedad deja de confiar en sí misma, deja también de engendrar. No, no es casualidad que el desplome demográfico haya coincidido con la erosión sistemática de las instituciones que durante siglos dieron estabilidad a Occidente: la familia, la escuela, la religión y el principio de autoridad. Tampoco es casualidad la caída moral e intelectual de nuestros dirigentes políticos y las organizaciones supranacionales que impulsan medidas neomaltusianas, y de género que desgastan la identidad del ser humano y la conciencia de regeneración.
Durante décadas se nos ha repetido que la autoridad educativa, familiar y social es sospechosa, o que las tradiciones son algo del pasado y que toda jerarquía es opresiva y constituye una forma de dominación. El resultado está a la vista. Hemos construido una sociedad donde el padre duda de ejercer como padre, donde el profesor carece de autoridad frente al alumno, donde la ley es cuestionada según la conveniencia ideológica y donde la propia noción de verdad evidente se ha disuelto en un océano de opiniones subjetivas.
Tratan de confundir la autoridad con autoritarismo. Sin embargo, la autoridad bien comprendida es la capacidad de transmitir experiencia, conocimiento y sentido. Es el puente entre generaciones y si este puente se destruye se pierde una parte de la memoria acumulada durante siglos. Una civilización no sobrevive únicamente porque tenga fronteras o instituciones; sobrevive porque existe una cadena de transmisión cultural que conecta a los vivos con quienes les precedieron y con quienes vendrán después. No es algo estrictamente religioso como muchos pueden pensar, lo que sucede es que las personas con formación y sentimiento religioso tiene un sentido de la trascendencia -y los hijos son el mayor exponente de la trascendencia-, y se ven más.
¿Y cómo se explica la relación entre natalidad y autoridad? Cuando una sociedad que no respeta a sus mayores difícilmente querrá convertirse en padre o madre. Cuando la cultura se obsesiona con el presente, termina perdiendo interés por el futuro, y los hijos son el mayor representante del futuro encarnado.
Occidente ha sustituido progresivamente la idea de sacrificio por la de comodidad. Ha reemplazado el deber y la responsabilidad por la reivindicación de derechos que no lo son. El resultado es una sociedad extraordinariamente rica en bienes materiales pero cada vez más pobre en confianza y esperanza. Nunca hemos disfrutado de tantas comodidades y, sin embargo, pocas generaciones han mostrado tanto desprecio por el sentido de la vida. En contraste, otros pueblos continúan creciendo demográficamente porque conservan algo que Europa pierde a diario, la conciencia de identidad, de pertenencia y de continuidad histórica, sin que tener o no riquezas influya en sus resultados demográficos.
Quizá la verdadera pregunta no sea cuántos españoles habrá dentro de cincuenta años. La cuestión decisiva es si seguiremos siendo la misma civilización. Las civilizaciones rara vez mueren asesinadas desde fuera. Lo habitual es que se extingan desde dentro, cuando dejan de transmitir la vida y cuando rompen el vínculo de autoridad que une a unas generaciones con otras. La crisis demográfica y la destrucción del principio de autoridad son, en realidad, las dos caras de un mismo fenómeno de cuando una civilización ya no cree ni en sí misma. Y cuando una sociedad pierde la confianza en su propio futuro, el suicidio demográfico no es una amenaza, es su destino.
Los últimos españoles (Sekotia) Alejandro Macarrón y Miguel Platón. España atraviesa una profunda crisis demográfica que compromete su futuro. La baja natalidad y el envejecimiento de la población no pueden compensarse únicamente mediante la inmigración. Este ensayo analiza las causas culturales, sociales y políticas de este declive, así como sus consecuencias para la identidad y la cohesión nacional. Con un enfoque riguroso y propositivo, plantea soluciones para recuperar la vitalidad demográfica y afrontar uno de los mayores desafíos del siglo XXI.
¿Cómo se crea la cultura? (Almuzara) AA.VV. Federico Buyolo ed. La cultura es mucho más que entretenimiento: es el fundamento que da sentido, identidad y cohesión a una sociedad. Esta obra colectiva reúne a destacados profesionales del ámbito cultural, académico y empresarial para analizar los desafíos y oportunidades de la cultura en el siglo XXI. El libro muestra la forma de componer, o descomponer, un arraigo cultural que de alguna forma explica el fenómeno de la desnatalidad de Occidente.
El mito del humanismo (Erasmus) Adrián Ruiz Fernández. El autor propone una enorme duda: ¿Es el humanismo la gran conquista intelectual de Occidente o una idea cuya historia real dista mucho del relato habitual? En este ensayo, Adrián Ruiz examina críticamente el origen, evolución y contradicciones de la tradición humanista, desde el Renacimiento hasta nuestros días. A través de la historia de las ideas, analiza conceptos como razón, libertad, naturaleza y Dios, cuestionando lugares comunes y mostrando cómo esta herencia intelectual ha influido decisivamente en corrientes contemporáneas como el posthumanismo y el transhumanismo.










