Profanador es aquel que destruye lo sagrado. En política, sagrado es la vida, la familia natural y las raíces, que en el caso de España y de toda Europa, no son otra cosa que raíces cristianas. Muy bueno lo de Ursula von der Leyen cuando habla de que ha llegado "la hora de la independencia de Europa". Señora, de Europa se ha separado -independizado- usted al abjurar de su identidad, de este cristianismo que ha creado, no sólo España, sino el conjunto de Europa y, desde ella, el mundo entero.

Pues bien, el doctor Sánchez -genial expresión de Juan Manuel de Prada- no ha hecho sino terminar una historia de la transición que comenzará cuando terminó la transición propiamente dicha: el 28 de octubre de 1982.

Ninguno de los tres presidentes socialistas de la democracia, González, Zapatero y Sánchez, han sido creyentes. González se califica como no creyente, pero no siente ningún placer en destruir a la Iglesia. Simplemente la ignora, porque le recuerda sus deberes. 

Zapatero es un cristianófobo pero no un cristófobo. Ideológicamente es más peligroso que Sánchez, porque don Pedro no tiene ideología sino pura egolatría. 

Ahora bien, Sánchez compite con Dios. Por esa egolatría, no logra, no es capaz, de aceptar a Cristo: es directamente cristófobo, no cristianófobo. 

La civilización, toda civilización, se bada en una idea. La civilización cristiana, tiene una única ideología: el hombre es hijo Dios. Por tanto, el individuo es sagrado y no puede ser utilizado como medio ni tan siquiera para otro importante concepto cristiano: el de bien común. 

Entiéndase: no puede ser utilizado, políticamente, como medio ni tan siquiera para ese otro concepto cristiano, el bien común, porque la política, de suyo, es coercitiva. Consiste en cumplir, a la fuerza, lo que dice el BOE. Ahora bien, Jesucristo nunca coarta, no impone obligaciones sino que solicita. Es el tan patente como insondable misterio de la libertad de los hijos de Dios, adhesión voluntaria. Por eso, todo colecitivismo es anticristiano, y todo individualismo egoísta -ojo, libérrimamente egoísta- también resulta anticristiano. 

Esto es: desde 1982, hemos pasado del increyente González al cristianófobo Zapatero y al cristófobo Sánchez. Como siempre, el aborto representa el ejemplo más claro, más nítido. Veamos: en 1985 González despenaliza el aborto. No dice que el aborto sea algo bueno, por supuesto, sólo asegura -mintiendo como sólo él sabe hacerlo- que él no está dispuesto a llevar a la cárcel a una pobre chica que se ha visto obligada a abortar porque la han dejado sola: "Yo la mando a su casa", fueron sus palabras. 

2005: Zapatero pasa de la despenalización a la legalización: aborto libre... pero para el legislador, el aborto se sigue presentando como un hecho inevitable aunque lamentable.

Pedro Sánchez no ha hecho una ley de aborto propiamente dicha. Hace algo peor: habla ya, sin tapujos, del derecho al aborto, es decir, exhibe la Blasfemia contra el Espíritu Santo. El aborto ya no es despenalizable, tampoco censurable aunque necesario... no, ahora es algo maravilloso, que toda mujer debería ejecutar una y otra vez y todo varón está obligado a aplaudir.

Esta es la historia reciente de España: hemos pasado del relativismo agnóstico de González, a la cristianofobia de Zapatero y de ésta a la cristofobia del profanador Sánchez.

Intelectualmente, González, sin ser ninguna lumbrera, pica más alto que el prejuicioso ZP y este mantiene un nivel superior al del ególatra Sánchez. Naturalmente en dialéctica el nivel ha bajado pero en retórica ha subido: Sánchez, el gran profanador, es a su vez, el mejor retórico de los tres. Son tiempos de demagogia.

Ahora bien, en el entretanto, ¿qué hace el PP? Pues ha contado con dos presidentes: el acomplejado Aznar y el cínico de Rajoy. ¿Aznar se planteaba principios? Sí, pero en cuanto veía que podía perder su hueco en el templo de la fama y de la historia, retrocedía. 

Sí, y eso es aplaudible, fue el único presidente que abandonó el cargo cuando estaba en lo más alto. Pero es cobarde: en cuanto contempla a un 'modelno' que puede rebajar su pedigrí, Aznar se acoquina. Probablemente es, desde 1982, el más culto de todos los presidente que hayan pasado por la cúpula del gobierno pero sus complejos le pierden.

¿Y Mariano Rajoy? Don Mariano es un cínico muy simpático. No es que no crea en nada, es que está convencido de que lo mejor es no creer en nada. Y lo más preocupante es que parece haber dejado en herencia sus vicios a su sucesor, Núñez Feijóo. En ambos casos, puede decirse de ellos aquello de que son dos hombres con pocas ideas pero confusas y muy arraigadas.