
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, se ha apuntado por primera vez a una misa católica. Será en la Sagrada Familia de Barcelona, después de haber acabado con los funerales católicos en España. Me explico, en tragedias como Adamuz, la DANA de Valencia o el COVID, lo habitual es que se hubiera hecho un funeral de Estado al que el presidente del Gobierno tendría que haber acudido. Por contra, y en muestra progresista, en Moncloa se inventaron los funerales civiles, contando, todo hay que decirlo, con el beneplácito y la aprobación de su Majestad el Rey. Ya saben, en Zarzuela manda Leti y ella es muy atea.
El caso es que en momentos tan señalados y dolorosos se hicieron misas sí, pero el acto central, oficial y principal fueron los funerales civiles con aires masones. En Huelva les salió rana el asunto, pero en el resto de España la fórmula les ha funcionado.
Por tanto llama la atención que don Pedro se haya apuntado a la misa del Papa. No es por pensar mal, igual es la nueva espiritualidad, que diría Argüello, que recorre España. Ya saben que en el Gobierno son muy fans de Rosalía e igual les ha picado la curiosidad, o igual es un hecho histórico digno de la Ejecutiva más progresista de la historia, pero permítanme que lo dude.
El caso es que Sánchez acudirá a la Sagrada Familia a la misa del Papa, y el Pontífice acudirá al Congreso, y a múltiples centros de inmigrantes y en todos esos actos hablará, encorsetado. Porque diga lo que diga ha perdido el debate, ya que, una vez más, Sánchez ha sido quien lo ha centrado. Para entendernos, el Papa no va a tener libertad en el Congreso para decir lo que tendría que decir, y cualquir cosa que diga sobre la migración será usada por la maquinaria de propaganda sanchista para decir aquello de '¿Lo ven? Hasta el Santo Padre está de acuerdo con nuestro modelo migratorio?'. Y si no, son capaces de montarle un escándalo.
Pero dejando a un lado el 'milagro' de la presencia de Sánchez en una misa, esto ha sucedido con la complaciencia y la colaboración de los obispos españoles, empeñados en hacer de la visita de León XIV una ruta onegera.












