Se cumple en estos días el noventa aniversario de la masacre de los 15 hermanos de San Juan de Dios del Sanatorio Marítimo de San Juan de Dios en Calafell (Tarragona). El 30 de julio de 1936 fueron martirizados estos 15 hermanos de San Juan de Dios; fue una de las muchas matanzas colectivas de sacerdotes y religiosos en Cataluña, que pone de manifiesto la voluntad de los socialistas, los comunistas y los anarquistas de exterminar por completo a la Iglesia católica, y además de hacerlo a toda prisa, lo que explica que haya tantos asesinatos colectivos.

De la radicalidad con que se llevó a cabo esta persecución religiosa en Cataluña dan cuenta por escrito los propios verdugos. Justo a los tres meses de estallar la Guerra Civil, un artículo titulado “¡A sangre y fuego!”, publicado en el periódico Solidaridad Obrera daba cuenta el 18 de octubre de 1936 de lo que ya habían hecho en esos noventa días y de lo que les quedaba por hacer y estaban dispuestos a hacer:

«No resta en pie una sola iglesia en Barcelona, y es de suponer que no se restaurarán, que la piqueta demolerá lo que el fuego empezó a purificar. Pero, ¿y en los pueblos…? Muchos hay en que todavía resta en pie su casa de prostitución del entendimiento. Sabido es que en el campo el sentido religioso es mucho más profundo que en la ciudad, debido, precisamente, a la incultura peculiar en él, lo que prueba, una vez más, que las religiones todas se filtran allí donde la ignorancia merodea a sus anchas y el raciocinio brilla por su ausencia».

De la radicalidad con que se llevó a cabo esta persecución religiosa en Cataluña dan cuenta por escrito los propios verdugos

Y en ese mismo artículo, plagado de sectarismo y mentiras, no escondían que para llevar a cabo esa persecución se habían manchado las manos de sangre; es más, lo justificaban y por eso confesaban que estaban dispuestos a seguir asesinando sacerdotes:

«No solo no hay que dejar en pie a ningún escarabajo ensotanado, sino que debemos arrancar de cuajo todo germen incubado por ellos. ¡Hay que destruir! El mundo de ellos y el nuestro es incompatible; no caben en uno, se ahogan. ¡Que mueran ellos, pues, ya que representan la barbarie, la incivilización y, lo que es peor, un peligro constante para nuestra existencia!».

No, no eran palabras huecas, que no respondieran a lo que habían hecho. Habían realizado asesinatos colectivos. Vemos algunos casos. El 20 de agosto aparecieron en la ronda de San Pedro de Barcelona los cadáveres de 7 monjes de Monserrat. Después de asesinar a 15 maristas hasta el mes de septiembre, los primeros días de octubre de 1936 apresaron a más de 100 religiosos de esta institución, de los que 46 acabaron en la checa de San Elías, desde donde fueron trasladados al cementerio de Moncada de Barcelona; allí, en las tapias del cementerio fueron asesinados los 46 con ráfagas de ametralladora el 8 de octubre. También fueron apresados en la checa de San Elías 44 gabrielistas, una orden procedente de Francia fundada por San Luis María Grignion de Montfort; cinco de ellos fueron liberados por tener nacionalidad francesa, pero los 39 restantes fueron asesinados el 12 de noviembre.

Y si salimos de Barcelona, volvemos a encontrar lo mismo en las otras provincias catalanas. Veamos, por ejemplo, lo sucedido en Lérida. Los claretianos con sus 259 mártires, como publiqué en ¡Hasta el Cielo! Mártires de la Segunda República y la Guerra Civil, son los religiosos que, por su número, encabezan la persecución religiosa; pues el 26 de julio fueron asesinados 15 claretianos en el cementerio de Lérida. Dos días después, el 28 de julio, fue martirizada la comunidad al completo de los carmelitas calzados de Tárrega, compuesta por 12 religiosos. La matanza más numerosa de Lérida se produjo en la noche del 20 al 21 de agosto, en la que fueron asesinados 74 víctimas, entre sacerdotes y religiosos.

Habían realizado asesinatos colectivos. Vemos algunos casos. El 20 de agosto aparecieron en la ronda de San Pedro de Barcelona los cadáveres de 7 monjes de Monserrat. Después de asesinar a 15 maristas hasta el mes de septiembre, los primeros días de octubre de 1936 apresaron a más cien religiosos de esta institución, de los que 46 acabaron en la checa de San Elías

Habíamos comenzado este artículo señalando el aniversario de la masacre de los hermanos de San Juan de Dios de Calafell; nos vamos a detener a contarlo. Ya hace casi un año que comentamos la restauración de la Orden de los Hermanos de San Juan de Dios en España durante el siglo XIX, gracias al padre San Benito Menni (1841-1914). Sorprendentemente y a pesar de ser una fundación española, en 1876 solo tenían abierta una casa en España, precisamente en Barcelona. Desde allí bajaron a Madrid en 1877, emprendieron la construcción del gran hospital de Ciempozuelos y la Orden de san Juan de Dios experimentó un crecimiento impresionante en los años siguientes.

A principio del siglo XX, los hermanos de San Juan de Dios se lanzaron a las calles de Barcelona, pidiendo limosna para construir un sanatorio marítimo para niños pobres. Lo que en principio fue juzgado por algunos como una locura, se acabó convirtiendo en una realidad, gracias a la generosidad de los barceloneses, y muy especialmente de una mujer, Josefa Sampere Rodés, que aportó una importante suma, con la que se pudo construir el Sanatorio Marítimo de San Juan de Dios en Calafell. El edificio fue inaugurado el 23 de mayo de 1929, con la asistencia de los reyes Alfonso XIII y Victoria Eugenia.

Dicho sanatorio marítimo está situado a 2 kilómetros de Calafell y 60 de Barcelona. Un folleto, publicado en Palencia en 1937, titulado Mártires del Sanatorio Marítimo de San Juan de Dios de Calafell, describe la instalación con estas palabras:

“Su construcción modernísima, sobre grandes pilastrones de cemento armado, le permiten recibir las caricias de las olas que, juguetonas, van a deshacerse a sus mismos pies. Amplias salas y galerías llenas de luz; espaciosa terraza mirando al mar, por donde discurren las blancas camas de los niños enfermos; horizonte amplísimo, que confunde el azul inmenso del firmamento con el del sosegado y tranquilo mar del Levante; montañas llenas de verdor; aislado de todo núcleo de población…, tal es el marco que encuadra a nuestro Sanatorio y lo convierte en el ideal donde los niños recuperan aquellas energías y vida ausentes de sus enfermizos cuerpos”.

Terraza

Terraza del Sanatorio Marítimo de San Juan de Dios en Calafell, donde se instalaban las camas de los niños enfermos

El miércoles 22 de julio de 1936, durante la cena de los niños, todos observaron una gran humareda en Calafell, procedente de la iglesia del pueblo, frente a la cual habían quemado los bancos, los confesonarios y las imágenes del templo. Ante esta situación, al día siguiente después del desayuno, se trasladó el Santísimo de la iglesia a la capilla del noviciado, en un lugar más apartado, y el superior comentó que en caso de invasión de los milicianos se consumieran las sagradas formas.

En efecto, el viernes 24 de julio, a las dos y media, se produjo la invasión. Registraron a todos, les detuvieron y les bajaron a la portería. Se dirigieron a ellos en los siguientes términos: “Parásitos, acostumbrados a vivir sin trabajar a costa del pueblo; ya todo esto se acabó; os haremos coger un pico y trabajaréis nuestra tierra las veinticuatro horas del día”. El sanatorio quedó vigilado. Y esa noche, cuando se quedaron a solas el padre Maestro se dirigió a la comunidad en los siguientes términos:

Estamos en manos de gente que nos odia; no sabemos qué harán de nosotros; el mayor mal que podrán hacernos es quitarnos la vida del cuerpo; pero para que nuestras almas estén purificadas de toda culpa, conviene que empleemos la noche en prepararnos para morir; yo acabo de hacerlo ya, pues, como todos, he ofendido a Dios con mis pecados; sus caridades hagan también lo mismo, que si el Señor quiere nuestra vida, como un desagravio de las muchas ofensas que se le hacen en esta pobre España, dichosos de nosotros”.

A continuación, todos se confesaron. Todavía permanecieron en el sanatorio el domingo 26 de julio. Ese día por la mañana, los encargados de despertar a los niños comenzaron a rezar con ellos las oraciones acostumbradas. Pero, al verlos, los milicianos enfurecidos comenzaron a gritar. “Ya no hay Dios. ¡Viva el comunismo!”. Y les prohibieron seguir rezando.

Los días siguientes, comenzaron a llegar hombre y mujeres, que iban a reemplazar a los hermanos de San Juan de Dios para cuidar a los niños. Un grupo de mujeres, nada más llegar, se dirigió a los hermanos de San Juan de Dios en estos términos: “Estos frailes son nuestros criados; ya era tiempo que esto cambiara”. En consecuencia, obligan a los novicios a que les sirvan la comida.

Los encargados de despertar a los niños comenzaron a rezar con ellos las oraciones acostumbradas. Pero, al verlos, los milicianos enfurecidos comenzaron a gritar. “Ya no hay Dios. ¡Viva el comunismo!”. Y les prohibieron seguir rezando

El jueves 30 de julio, tomadas todas las precauciones, celebraron la santa Misa los tres sacerdotes de la comunidad, a la que se le repartió la comunión. Antes de impartirla, el padre Maestro, les dirigió las siguientes palabras:

«Amadísimos hermanos: vais a recibir de mis manos pecadoras el Cuerpo adorable de Nuestro Señor Jesucristo, oculto en esta pequeña hostia. Yo no lo sé, pero tal vez sea la última vez que lo recibamos oculto, bajo estos velos de pan, en este miserable destierro de lágrimas. Avivemos, por lo tanto, nuestra fe; digámosle con los apóstoles: “Señor, aumenta en nosotros la fe”. Pronto, muy pronto vamos a tener la inefable dicha de verle sin velos, tal cual Él es, y poseerle sin temor de perderle. ¡Oh amadísimos hermanos! ¡Qué dicha la nuestra, si el Señor nos concediera tanta felicidad! Y ¿quién la rehusará, cuando estos momentos parece como que nos conducen en triunfo a este final glorioso? ¡Ánimo y adelante, hasta el martirio, si es preciso! Dejémonos conducir suavemente por la paternal Providencia de nuestro Buen Jesús, a quien vais a recibir en vuestros pechos. Él os comunicará luz, vida y fortaleza, como a los mártires, para confesarle aquí en este mundo y glorificarle eternamente en el Cielo».

No se equivocaba el padre Maestro. Estaba en lo cierto. Horas después, los milicianos separaron de la comunidad a unos cuantos hermanos, para que se quedasen en el sanatorio marítimo, con el fin de atender los casos que precisaban mayores conocimientos de enfermería. A las cinco de la tarde del día 30 de julio, en las afueras de Calafell quedaron tendidos los 15 cadáveres de los hermanos de San Juan de Dios del Sanatorio Marítimo de San Juan de Dios de Calafell.

Si hasta aquí todo ha sido una narración de un sufrimiento, glorificado con el premio del Cielo -estos 15 mártires fueron beatificados por San Juan Pablo II el 25 de octubre de 1992-, treinta y tres años después iba a concluir la historia del Sanatorio Marítimo de Calafell, pero envuelta en tristeza. En 1969 los Hermanos de San Juan de Dios cerraron el sanatorio marítimo. El edificio pasó por varias manos hasta que lo adquirió una potente firma norteamericana que lo reformó y lo transformó en un hotel de lujo de cinco estrellas, que se anuncia en la actualidad como un lugar de sosiego, bañado por el mar Mediterráneo…