Este 22 de agosto se ha cumplido el noventa aniversario del martirio del obispo de Ciudad Real Narciso de Estenaga y Echevarría, que fue beatificado el 28 de octubre de 2007. Tengo por este obispo especial devoción y gran admiración porque, además de su vida santa, su biografía es un continuo desmentido de los tópicos al uso, tan repetidos hasta un aburrimiento insufrible.
Su origen familiar y su infancia desmienten el tópico que identifica a las autoridades eclesiásticas con los poderosos; argumento que utilizaron los socialistas, los comunistas y los anarquistas, alentados por los masones, para justificar su persecución religiosa durante la Guerra Civil: como los obispos y los curas forman parte de las oligarquías opresoras del proletariado, la liberación de los parias de la tierra exige la eliminación física de sus enemigos... Y a continuación, en España, se produjo la mayor persecución religiosa de la Iglesia católica, por el número de mártires, en sus dos mil años de su existencia.
Pues no, en este caso desde luego no, el obispo de Ciudad Real no pertenecía a ninguna oligarquía opresora. Narciso de Estenaga y Echevarría nació en 1882 en Logroño, en el seno de una familia muy humilde. Su padre era un jornalero y su madre ejerció el oficio de lavandera. Siendo niño se quedó huérfano de padre y madre, por lo que tuvo que ser acogido por unas personas caritativas, que le llevaron a Vitoria. Más tarde le trasladaron a Toledo e ingresó en un colegio de huérfanos, fundado por el canónigo Joaquín de la Madrid, que también murió mártir en 1936 y fue beatificado junto con el obispo Estenaga, en un grupo de 498 mártires.
El protector de Narciso de Estenaga y Echevarría tampoco era un oligarca, ni mucho menos. Joaquín de la Madrid, mente preclara donde las haya, tenía un corazón de oro y durante toda su vida promovió obras de caridad de importancia. Entre sus múltiples iniciativas, hay que destacar el internado para niños huérfanos de padre y madre, que comenzó en un cigarral de Toledo, y se vio coronado por la ordenación sacerdotal de 54 de sus alumnos, entre los que merece una especial mención Narciso Estenaga Echevarría, martirizado —como hemos dicho— por los rojos en la capital de su diócesis de Ciudad Real.
El internado para niños huérfanos de padre y madre, que comenzó en un cigarral de Toledo, se vio coronado por la ordenación sacerdotal de 54 de sus alumnos, entre los que merece una especial mención Narciso Estenaga Echevarría, martirizado, al igual que su fundador, el canónigo Joaquín de la Madrid
Del orfanato de Joaquín de la Madrid salieron también personajes importantes no solo de la carrera eclesiástica, sino también civil, como los tres hermanos García de la Parra Téllez, de los cuales uno, Faustino, fue magistral de la catedral de Guadix y murió mártir en ese municipio granadino; otro, Benito, fue director del Conservatorio de Música de Madrid y miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernado; y el tercero, Mónico, ganó por oposición la titularidad de la dirección de la orquesta Filarmónica. Los tres hermanos eran de Bargas, provincia de Toledo, pero en la institución de huérfanos de Joaquín de la Madrid ingresaron huérfanos procedentes de toda España, como fue el caso de Narciso Estenaga.
El obispo mártir tuvo un santo ejemplo en quien fijarse. Dicen los biógrafos de Joaquín de la Madrid que era un gran predicador, y tienen toda la razón porque en él se cumple plenamente el dicho de que “el mejor predicador es fray ejemplo”. Todos los días recorría el mercado de Toledo con una cesta, pidiendo comida para sus huérfanos, a los que quería hasta morir como ha escrito el mejor historiador de los mártires de Toledo, Jorge López Teulón:
«A don Joaquín puede usted pisotearle, escarnecerle…. pero si toca a uno de sus huérfanos, se pondrá como un león”. Y era verdad, nadie podía ultrajarlos, pues a pesar de su tranquilidad proverbial, se ponía como una fiera. Solía decir: “¿Solo porque no tengan padres que les defiendan? Pues me tienen a mí que soy su padre”.
Su amor era más que maternal, con todos los detalles del amor de una madre. En pleno invierno se levantaba de su lecho (a pesar de su enfermedad) y recorría el dormitorio de los niños y si alguno daba muestras de tener frío, él mismo le arropaba, y si era preciso, se quedaba él sin mantas en su lecho para arropar al que lo necesitaba.
Aún en los más pequeños detalles, era exquisito: nos compraba juguetes en las ferias de Toledo y en las Navidades nos obsequiaba con dulces, pensando que lo mismo habrían hecho nuestras madres si viviesen. Su vida era pobre en tal extremo, que no quería tener más que una sotana y si era preciso remendarla, lo hacía con el fin de emplear el dinero que pudiese costar otra en beneficio de los niños. Para que nos hiciésemos la idea de que no estábamos solos en el mundo, nos reunía al finalizar el día, antes de acostarnos, para despedirnos como las madres hacen con sus pequeñuelos».

El beato Joaquín de la Madrid y sus huérfanos. Este sacerdote fundó en Toledo un colegio solo para niños huérfanos de padre y madre. El colegio es conocido popularmente como “colegio de don Joaquín”
Otro de los tópicos que destroza la vida de Narciso de Estenaga y Echevarría es el que mantienen los enemigos de la Iglesia de que la religión es el refugio de la incultura, porque sostienen que son ellos los que tienen en exclusiva el uso de la razón. Ellos son la luz, y los católicos la oscuridad de la caverna.
Pues no, tampoco esto es así en la vida de Narciso de Estenaga y Echevarría. Desde pequeño, dio muestras de una inteligencia muy viva, que de haberla puesto al servicio de una carrera civil hubiera hecho de él una personalidad brillante. Así y todo, entre sus títulos hay que mencionar que fue correspondiente de la Real Academia de Historia y de la Bellas Artes de San Fernando y académico de número y director de la Academia de Bellas Artes y Ciencias Históricas de Toledo. Entre sus escritos, cabe mencionar que comenzó a redactar la historia y el catálogo de la catedral de Toledo, con más de cien mil fichas completadas, magna obra que no llegó a concluir porque en ese empeño le sorprendió la muerte.
Desde pequeño, dio muestras de una inteligencia muy viva, y entre sus títulos hay que mencionar que fue correspondiente de la Real Academia de Historia y de la Bellas Artes de San Fernando y académico de número y director de la Academia de Bellas Artes y Ciencias Históricas de Toledo
Yo descubrí en Narciso de Estenaga y Echevarría al intelectual libre y ajeno a los tópicos, cuando leí su prólogo de la biografía de Sor Patrocinio, publicada en 1925 bajo el título Vida Admirable, que escribió su secretaria, Sor María Isabel de Jesús. En unos párrafos del prólogo, Narciso de Estenaga y Echevarría decía lo siguiente:
«Ni puedo, ni en buena ley callar debo quién fue para Sor Patrocinio entre tantas amarguras un dulce lenitivo. La piadosísima reina Doña Isabel II, la que si muchas veces no pudo detener el ímpetu arrollador de los enemigos aunados contra aquella venerable religiosa, mas, siempre guardó para ella un cariño, que solo se debe a los santos y solo nace cuando, al acercarse los espíritus, descubren entre sí analogías y semejanzas. Y no es porque Sor Patrocinio se mezclara en los asuntos de la Real Familia, ni menos en los sucesos políticos, como, tercamente y con miras a sus fines, publicaban aquellos espíritus inquietos y del poder ambiciosos, no, no es eso, sino que la reina conocía muy a fondo las heroicas virtudes de aquella alma, a la que, por su intercesión y valimiento con Dios Nuestro Señor, la tenía en el más alto aprecio.
¿Y qué espíritu generoso, aun después de pasados largos años, al leer en las frías páginas de un libro tantas y tan absurdas trazas, tantos malos tratos, persecuciones tantas y vejámenes y burlas sin número, qué espíritu levantado y generoso no hierve de indignación y se inclina con simpatía hacia la perseguida, hacia la calumniada? La augusta reina, que tenía un corazón tan magnánimo como misericordioso y recto, ¿había de ser acaso una excepción al conocer tan de cerca a Sor Patrocinio?
A medida que se van con el tiempo aplacando las pasiones y desapareciendo los prejuicios, la figura de tan excelsa reina, que alcanzó muy turbulentos tiempos, aquellos en que por casi todo Europa se deshicieron en nada muchas coronas y principados, su figura se destaca más briosa y más diáfana en la historia. La verdadera historia la hará justicia merecida y exhumará tanto como yace en el silencio, así de las virtudes de esta Señora, como de sus esfuerzos constantes y generosos por la prosperidad de su amada España».
Hace falta ser muy libre y muy clarividente para escribir estas líneas en 1925 en defensa de la verdad de Sor Patrocinio y de la reina Isabel II, que coinciden con lo que yo he escrito en la Biografía de Sor Patrocinio, en la que he desmontado todos los tópicos y mentiras que han ocultado las vidas de estas dos mujeres, presentándolas como la monja embaucadora y politiquera y el putón desorejado de la reina. Mentiras y tópicos que chocan frontalmente contra la verdad de los documentos que he consultado en tantos archivos de España, Francia y El Vaticano, que me han servido para describir la vida de Sor Patrocinio y a la vez para proponer con este libro una revisión de la historia de España del siglo XIX.











