
Describíamos el domingo pasado el ambiente martirial y la devoción al Sagrado Corazón de Jesús del Cerro de los Ángeles de la Madre Maravillas, desde antes incluso de que se erigiera monumento en 1916 y hasta que los milicianos del Frente Popular lo volaron con dinamita el 7 de agosto de 1936. Y decíamos que esos dos aspectos espirituales los mantuvo la madre Maravillas durante toda su vida. Por lo tanto, continuemos hoy el relato donde lo dejamos, en el 14 de agosto de 1936, para ver su comportamiento desde esta fecha hasta que murió el 11 de diciembre de 1974.
El 14 de agosto de 1936 cuando la comunidad de carmelitas salió de las ursulinas de Getafe camino de Madrid, en realidad iban todas detenidas. Por eso antes de subir al autobús de los guardias de asalto nombraron una a una. Lo primero que tenían que hacer al llegar a Madrid era presentarse en la Dirección de Seguridad. En el trayecto, la madre Maravillas entabló conversación con el guardia de asalto que manda la expedición, el cabo Bezón. Se interesó por su mujer y sus hijos. Él le preguntó si iban contentas, a lo que la madre Maravillas respondió:
—“Estamos contentas, porque cumplimos la voluntad de Dios”.
El cabo Bezón se puso tan de su lado, que cuando llegaron a la Dirección de Seguridad, no consistió que se bajaran del autobús para presentarse cada una a los funcionarios, sino que fue él a entregar la lista de todas para confirmar que se había cumplido la misión de traerlas a Madrid.
Tocaba a continuación llevarlas a un domicilio, por lo que el cabo Bezón le preguntó por la dirección. La madre Maravillas le dijo que les dejara en la plaza de Cibeles, porque no tenían donde ir, a lo que el cabo Bezón se negó a dejarlas abandonadas a su suerte. Fue entonces, cuando la hermana Pilar sugirió ir al piso de su hermana Enriqueta, que se lo había ofrecido antes de irse de vacaciones. El piso estaba en el número 33 de la calle Claudio Coello.
El piso de Enriqueta Cárdenas estaba vacío entonces. Como ella estaba soltera era un piso pequeño, en el que se metieron las veintiuna carmelitas. El 6 de septiembre sufrieron el primer registro. Ese día se presentó en la casa de Claudio Coello uno de los jefes de las checas más temidos de Madrid, el anarquista Avelino Cabrejas. Llegó con dos camiones y varios coches, rodeó la casa y las dos escaleras, para llevarlas a la checa que regentaba en la calle Génova número 29, en el antiguo palacio del Conde de Tovar.
Pistola en mano, Avelino Cabrejas llamó a la puerta y le abrió la madre Maravillas, que llevaba un vestido negro con cuello blanco, con crucifijo grande por fuera. El anarquista le preguntó por las carmelitas del Cerro, a lo que la madre Maravillas contestó con una serenidad que descolocó a Cabrejas:
—“Sí, aquí es y yo soy la superiora”.
Avelino Cabrejas se llevo sola a madre Maravillas a un saloncito que, como tenía dos puertas de cristal, las carmelitas pudieron ver lo que ocurría. El chequista se sentó en una silla frente a la madre Maravillas, apuntándola con su pistola y empezó preguntando dónde tenía el dinero… La madre Maravillas respondía a esta y otras preguntas con una sonrisa en la boca, hasta que llegó un momento en el que Cabrejas guardó su pistola, le dio un golpecito en el hombro y le dijo:
—“Usted y yo no podremos reñir nunca”.
Tras registrar la casa, Avelino Cabrejas llamó por teléfono a la checa para decirles que no se llevaba a ninguna porque “son unas infelices”.
Las carmelitas se turnaban para vigilar por la mirilla de la puerta, pero la que siempre abría era la madre Maravillas. A finales de octubre, la que vigilaba era una hermana vasca de velo blanco, que apenas sabía hablar castellano. En un momento dado, fue corriendo en busca de la madre Maravillas y le dijo:
—“Ené, el Cabrejas”.
Esta vez, Cabrejas venía acompañado solo de un miliciano de su checa, al que quería mostrar lo contentas que estaban las monjas. Como dijo que venía en “plan de amigos”, se sentaron todas en el suelo del saloncito, como si se tratara de una visita corriente. Y comenzó la tertulia.
—“¿No nos tienen miedo? —dijo Cabrejas y argumentó—, porque nosotros somos anarquistas de los auténticos”.
La madre Maravillas, sonriente, contestó:
—“Realmente, es como para tenérselo, pero como lo que más que nos pueden hacer es quitarnos la vida, y esa estamos deseando darla por Cristo…”.
Y diciendo esto se volvió a sus monjas y les dijo: “Hermanas canten eso del martirio”. Y las carmelitas entonaron la siguiente copla que habían compuesto:
«Si el martirio conseguimos, ¡qué mayor felicidad!: beber con Jesús el cáliz, y después con Él gozar. Y si Dios quisiera que muera en prisión, le diré que estoy presa solo, solo por su amor».
Tan impresionado se quedó Avelino Cabrejas que, al despedirse, le dijo a la madre Maravillas que le podía mandar camas y mantas, porque veía lo mal que estaban; la madre Maravillas se lo agradeció y le dijo que no les hacía falta nada. Así es que Avelino Cabrejas aunque no les mandó nada material, pocos días después les envió para que las acogieran a dos monjas concepcionistas del convento de Torrijos de Toledo, la madre Teresa y la hermana María.
La madre Maravillas acomodó a las dos concepcionistas en una habitación de la casa para ellas solas, en el cuarto de costura, que estaba al fondo del piso. Las carmelitas, como el piso era tan pequeño, dormían en el suelo de las habitaciones y en los pasillos. La madre Maravillas al principio dormía en el cuarto de baño y después en el comedor con otras carmelitas profesas.
Cuando la madre Maravillas comprendió que Dios no las llamaba al martirio, decidió abandonar Madrid. El 13 de septiembre de 1937 salieron en un camión en dirección a Valencia, desde ahí se trasladaron a Barcelona en tren. Luego fueron a Francia, pararon en Lourdes antes de cruzar la frontera para pasar a zona nacional. El 28 de septiembre de 1937 llegaron a las Batuecas, donde iban a permanecer hasta el 4 de marzo de 1939, cuando regresaron de nuevo a las ursulinas de Getafe. El 28 de marzo, mientras rezaban maitines voltearon todas las campanas de Getafe porque Madrid se había rendido.
A partir de ese momento, había que reconstruir todo lo que la guerra había destrozado y tras no pocos trabajos la comunidad pudo alojarse en la casa de capellanes el 11 de junio de 1939, donde permaneció hasta el 30 de mayo de 1942 en que quedó terminada la reconstrucción del convento y se trasladaron allí definitivamente.
Fue en este tiempo cuando el Señor dio una muestra extraordinaria de agradecimiento a la devoción de la madre Maravillas al Sagrado Corazón de Jesús con la aparición de lo que se conoce como la “Santa Reliquia”.
En noviembre de 1940 el padre Torres les predicaba a las carmelitas los ejercicios espirituales. En los tiempos libres, el predicador salía a pasear por la explanada del cerro y en una ocasión en la que recorría las ruinas del monumento, le llamó la atención un gran bloque de piedra y pidió a los obreros que trabajaban en el desescombro que la dieran la vuelta. Al hacerlo pudieron ver que se trataba del pecho de la imagen del Sagrado Corazón de Jesús que habían derribado. La piedra tenía siete impactos de bala de cuando fusilaron la imagen el día 28 de julio; pero los siete impactos bordeaban el corazón sin tocarlo. Esta piedra fue llevada al monasterio, donde se conserva en la actualidad. El padre Torres en una plática a las carmelitas les dijo lo siguiente:
«Esos pobres en realidad no le hirieron el Corazón; le acribillaron a balazos; pero el Corazón no se lo hirieron, como si quisiera decirnos: ‘Sigue tan vivo, con todo su amor y con toda su misericordia para perdonar a esos desgraciados’. En cambio, el dolor, las heridas que le hacen las almas que le están consagradas, parece que van directamente al Corazón: son las ingratitudes de aquellos a quienes ha escogido con particular providencia. Al lado de las profanaciones visibles, ese Corazón nos habla de las profanaciones invisibles que nosotros le hacemos».
Por fin, el 8 de enero de 1961 la madre Maravillas fundaba el carmelo de La Aldehuela, a poca distancia del Cerro de los Ángeles; allí pasó los últimos catorce años de su vida hasta que falleció el 11 de diciembre de 1974. Desde la cruz de la huerta del carmelo de la Aldehuela se divisa perfectamente el Cerro de los Ángeles. Esto es lo que escribió en junio de 1961 la madre Maravillas a la priora del Cerro de los Ángeles:
«No tiene ni idea de cómo está el Cerro estas noches de hermosísimo. Vamos a recreación a un sitio encantador que ya conocen algunas (…) Allí nos sentamos cara al Cerro, que se ve preciosísimo con esa silueta tan encantadora. La verdad es que lo del Cerro es una preciosidad, la Santísima Virgen esperando allí el reinado de su Hijo divino, y Él, en el centro de España con esa majestad, ese amor, esa misericordia… Bueno, hijas, a llenar por completo los deseos del Señor cuando nos llevó ahí con tantísimos prodigios de ese amor infinito».
Los primeros años de la vida religiosa de la madre Maravillas transcurrieron junto a la imagen del Sagrado Corazón de Jesús del Cerro de los Ángeles, y a los pies del Sagrado Corazón de Jesús culminó su vida santa.









