
Le han faltado días al mes de agosto, que ya acaba, para recordar el noventa aniversario de todos los mártires que dieron su vida en defensa de la fe. Es un dato significativo que la mayoría de los mártires fueran asesinados en los primeros meses de la Guerra Civil, lo que indica la prioridad y la prisa que tenían en exterminar a la Iglesia Católica en España sus enemigos, que fueron los socialistas, los comunistas y los anarquistas, alentados por los masones.
Veamos lo que sucedió con los obispos mártires. Como es sabido, los obispos asesinados durante la Guerra Civil fueron trece; o si se quiere para mayor precisión, doce obispos y un administrador apostólico. En la diócesis de Orihuela, en 1935, su titular, el obispo Francisco Javier de Irastorza Loinaz, tras dispensa canónica de dos años para reponerse de sus achaques, había dejado el gobierno de la diócesis de Orihuela en manos de Juan de Dios Ponce y Pozo, como administrador apostólico; es decir, que aunque no había sido ordenado como obispo, ejercía como tal. Y en este sentido, vamos a incluirle y a considerar en este artículo que fueron trece los obispos asesinados.
Como he escrito en mi libro ¡Hasta el Cielo! Mártires de la Segunda República y la Guerra Civil, no soy partidario de la denominación oficial que hacen los actuales obispos españoles de nuestros mártires, a los que se refieren como “mártires del siglo XX” o también como “mártires de España”. Y no estoy de acuerdo porque esas denominaciones ocultan lo que pasó. Ni los siglos han asesinado a nadie desde que el hombre puebla la tierra, ni hubo persecución religiosa en España durante todo el siglo XX; por ejemplo, en los cuarenta años del régimen de Franco en pleno siglo XX, no solo no hubo persecución contra la Iglesia católica, sino que el régimen la respetó y la protegió. La persecución religiosa en el siglo XX, contra las personas y contra las cosas sagradas, se produjo desde el año de 1930 hasta el año 1939, coincidiendo con los últimos meses del reinado de Alfonso XIII, la Segunda República y la Guerra Civil.
No soy partidario de la denominación oficial que hacen los actuales obispos españoles de nuestros mártires, a los que se refieren como “mártires del siglo XX” porque así ocultan lo que pasó. Ni los siglos han asesinado a nadie desde que el hombre puebla la tierra, ni hubo persecución religiosa en España durante todo el siglo XX
En cuanto a lo de “mártires de España”, hay que decir que es cierto que son mártires españoles, pero es falso que sean mártires de España, porque no en toda España hubo persecución religiosa. Dejando a un lado la Segunda República, período en el que ya hubo mártires a manos de los mismos verdugos de la Guerra Civil, todos esos miles de mártires se produjeron en la zona bajo el control de los socialistas, los comunistas y lo anarquistas o zona del Frente Popular. Porque, lo cierto es que en la zona de Franco o zona nacional no solo no hubo persecución religiosa, sino que se defendió y se protegió a los sacerdotes, a los religiosos, a las monjas y, en suma, a la religión católica. Por esta razón los sacerdotes, los religiosos y las monjas, a los que les cogió el estallido de la guerra en la zona del Frente Popular, se escondían o trataban de pasar a la zona de Franco para que no les mataran los rojos, y no al revés. Por tanto, estos dos comportamientos, tan diferentes y tan opuestos, quedan ocultos cuando a los católicos asesinados en la Guerra Civil por los socialistas, los comunistas y los anarquistas, alentados por los masones —insisto, no por “el siglo XX”—, se les denomina oficialmente «Mártires del siglo XX» o «Mártires de España».
Según esta aclaración, para valorar el significado del martirio de estos 13 titulares de sedes apostólicas, hay que tener en cuenta que, poco después de estallar la Guerra Civil y una vez que se estabilizaron los frentes, en la zona controlada por el Frente Popular había 28 sedes episcopales. Por lo tanto, poniendo en relación estas dos cifras, se deduce que el Frente Popular asesinó a casi a la mitad de los obispos que cayeron en su zona.
Y yo diría más, no asesinaron al cien por cien de los obispos porque no pudieron, ya que su propósito era erradicar a la Iglesia católica, como ellos manifestaron en Solidaridad Obrera el 18 de octubre de 1936: «No solo no hay que dejar en pie a ningún escarabajo ensotanado, sino que debemos arrancar de cuajo todo germen incubado por ellos. ¡Hay que destruir! El mundo de ellos y el nuestro es incompatible; no caben en uno, se ahogan. ¡Que mueran ellos, pues, ya que representan la barbarie, la incivilización y, lo que es peor, un peligro constante para nuestra existencia!».
La persecución religiosa en el siglo XX, contra las personas y contra las cosas sagradas, se produjo desde el año de 1930 hasta el año 1939, coincidiendo con los últimos meses del reinado de Alfonso XIII, la Segunda República y la Guerra Civil
La causa por la que los obispos en zona del Frente Popular se libraron de morir fue, sencillamente, porque no los pudieron coger. En algún caso, como fue el del obispo de Toledo, Isidro Gomá, se debió a la casualidad de las circunstancias, ya que, al estallar la guerra, se había ausentado de la Ciudad Imperial para ir a Tarazona, donde el 25 de julio estaba prevista la consagración de su nuevo obispo auxiliar, Gregorio Mondrego. La ceremonia se pospuso el 18 de julio, Gomá no regresó a Toledo y se refugió en Pamplona. Solo pudo volver a su archidiócesis el 27 de septiembre de 1936, cuando las tropas franquistas levantaron el asedio del Alcázar de Toledo.
Al obispo de Madrid, Leopoldo Eijo Garay, le previno el sacerdote Eloy Montero el 16 de julio de 1936, para que abandonara la capital de España, porque, como le dijo, su vida peligraba. El obispo, en principio, se negó a dar crédito a la advertencia, hasta que Eloy Montero le confesó que el origen de su aviso provenía del general Rafael Villegas, a quien en una reunión del mes de marzo de los conspiradores se le había encomendado la sublevación de la guarnición de Madrid. Así y todo, se fue de Madrid a duras penas, y se refugió en Vigo.
Antonio Cardona Riera, obispo de Ibiza en 1936, conocido como Bisbe Frit, salvó su vida de un modo sorprendente. Logró huir, tras burlar el cerco al que le tenían sometido disfrazándose de payesa. En su huida llegó al Puig de na Ribas; entonces, Puig de na Ribas solo era una pequeña montaña donde había un molino, un pozo y unas cuantas casas. En una de estas casas le escondieron, encerrándole incluso en el pozo en ocasiones, hasta que la isla fue liberada por las tropas de Franco. En reconocimiento por haber salvado allí su vida, en 1947, se construyó en esa montaña un colosal monumento al Corazón de Jesús de 23 metros de altura. Este lugar, ahora, es conocido popularmente como Montecristo.
Ninguno de los trece obispos murió por haber cometido delito alguno; fueron asesinados por odio a la fe y tan solo por su condición de obispos. Es más, los socialistas, los comunistas y los anarquistas no se conformaron con quitarles la vida, sino que antes de asesinarlos los maltrataron y, en algún caso, se emplearon con un odio cruel e inhumano para quitarles la vida. Veamos un ejemplo de cada una de estas dos situaciones.
En el buque-prisión Astoy-Mendi, en el puerto de Almería, estuvieron cautivos muchos sacerdotes y entre ellos se encontraban el obispo de Almería, Diego Ventaja Milán, y el obispo de Guadix-Baza, Manuel Medina Olmos. Los dos estuvieron unidos en vida por haber conocido al padre Andrés Manjón y ser continuadores de la impresionante iniciativa educativa de las Escuelas del Ave María.
El obispo de Almería, Diego Ventaja Milán, y el obispo de Guadix-Baza, Manuel Medina Olmos, fueron vejados y maltratados en el buque-prisión Astoy-Mendi. Al obispo de Almería se dirigían sus carceleros llamándole “Ventajilla” y a los dos obispos les obligaron a fregar la cubierta del barco y las letrinas
Diego Ventaja Milán había nacido en 1880, en el seno de una familia humildísima, hasta el punto de que su madre Palmira pedía limosna con su hijo en la puerta de la catedral de Granada. Pero, rescatado por el padre Manjón, fue uno de los niños del Sacromonte de la Escuelas del Ave María, que acabó estudiando en Roma donde obtuvo tres doctorados en Filosofía, Teología y Derecho Canónico.
Manuel Medina Olmos, hijo de unos modestos labradores, además de los estudios eclesiásticos, doctorándose en Teología en el Seminario de Granada, obtuvo también el grado de doctor en Derecho en la Universidad civil de la misma ciudad. Ordenado sacerdote fue confesor del padre Andrés Manjón y le sucedió como director de las Escuelas del Ave María. Y durante un tiempo nombró subdirector de las mismas a Diego Ventaja Milán.
Estos dos obispos fueron vejados y maltratados en el buque-prisión Astoy-Mendi. Al obispo de Almería se dirigían sus carceleros llamándole “Ventajilla” y a los dos obispos les obligaron a fregar la cubierta del barco y las letrinas. El policía Pedro Roche, que compartió con los dos obispos prisión en el Astoy-Mendi, declaró ante el juez lo siguiente:
«En cubierta, sufrieron los señores obispos toda suerte de improperios. Y en una de aquellas ocasiones en que el señor obispo de Guadix bajaba de cubierta a la bodega por la pequeña escala vertical y con las dificultades inherentes a su avanzada edad, a la mala disposición de la escala y al estado de depresión propio de aquellos días inolvidables, los presos compadecidos acudieron —entre ellos el dicente— a ayudarle a bajar para que no cayera, pero los milicianos indignados amenazaron a los presos que así intentaban ayudarle y les amenazaron obligándoles a que lo dejaran bajar solo, porque decían que era un sinvergüenza y un bandido y que se las valiera como pudiera. Los presos tuvieron que retroceder ante una amenaza, que de ser desoída hubiera llevado consigo en aquellos tremendos días a la muerte sin duda alguna».
Pero el Astoy-Mendi, además de prisión, era la antesala de la muerte y en la noche del 29 de agosto se produjo la primera saca, en la que además de los dos obispos, fueron asesinados diez sacerdotes y dos paisanos.
Sobre la una de la madrugada del día 29, un camión se detuvo en el cantil del muelle, escoltado por varios automóviles, incautados por el Comité Central. Desde lo alto de la bodega se ordenó que subieran a cubierta todos los curas, pero como tantos no cabían en el camión, seleccionaron a diez sacerdotes y a dos paisanos, que acompañaron al martirio a los dos obispos. Les ataron fuertemente las manos atrás y los subieron al camión.
El Astoy-Mendi, además de prisión, era la antesala de la muerte y en la noche del 29 de agosto se produjo la primera saca, en la que además de los dos obispos, fueron asesinados diez sacerdotes y dos paisanos. Menos uno, todos fueron acribillados a balazos y, antes de abandonar los cadáveres, fueron rociados con gasolina y quemados
La caravana de la muerte transitó por la carretera de Málaga hasta el término de Vícar y se detuvo en el barranco del Chisme. El obispo de Almería pidió que le dejasen hablar antes de que le asesinasen y se dirigió a sus verdugos pidiéndoles que este fuese el ultimo crimen que cometiesen y, a continuación, les dijo que ofrecía gustoso su vida por la salvación de sus almas… No le dejaron continuar, una descarga de fusil acabo con su vida. Menos uno, todos los presos fueron acribillados a balazos y, antes de abandonar los cadáveres, fueron rociados con gasolina y quemados.
Por otra parte, el martirio y asesinato del obispo de Barbastro, Florentino Asensio, tiene todas las connotaciones de una crueldad más que inhumana, diabólica. La noche del 8 de agosto de 1936 fue a buscarle a la cárcel, donde lo tenían preso, un grupo compuesto por Santiago Ferrando, Héctor Martínez, Alfonso Gaya, Torrente el de la tienda de licores y otros dos más.
Entre insultos y carcajadas comenzaron por atarle las manos por detrás con un alambre y lo amarraron, codo con codo, a otro preso más alto y recio que él. Y a continuación, le bajaron los pantalones, para ver si era hombre como los demás. Y entre humillaciones y vejaciones, Alfonso Gaya exclamó burlándose del obispo:
—“¡Qué buena ocasión para comer cojones de obispo!”.
Todos aprobaron la ocurrencia con una carcajada infernal. Santiago Ferrando le dijo que si tenía valor que lo hiciese y, sin mediar palabra, Alfonso Gaya sacó una navaja de su bolsillo y le cortó en vivo los testículos, los envolvió en papel de periódico y se los guardó en un bolsillo. Al instante, saltaron dos chorros de sangre que enrojecieron las piernas del prelado y las del otro preso atado a su espalda. Las baldosas del suelo quedaron encharcadas. Le cosieron la herida con hilo de esparto, como hacían con los caballos destripados. Y chorreando sangre, le obligaron a subir por su propio pie al camión que le llevaría al cementerio donde pensaban asesinarlo. Como sus movimientos eran lentos, le dijo uno de sus verdugos:
—“Anda tocino, date prisa”.
Al obispo de Barbastro, Florentino Asensio, le cortaron en vivo los testículos, le cosieron la herida con hilo de esparto y chorreando sangre, le obligaron a subir al camión que le llevaría al cementerio. Le insultaron, le golpearon y le dispararon pero sin herirle de muerte... para que tuviera una larga agonía
De los insultos pasaron a los golpes, y uno de los verdugos le hundió el pecho con la culata de su fusil, provocándole una doble fisura en el costillar del lateral izquierdo.
En el cementerio dispararon contra los presos, pero teniendo cuidado de no herir de muerte al obispo, con el fin de que falleciese durante la noche desangrado. Los quejidos de su larga agonía se podían escuchar desde el hospital de San Julián, por lo que el doctor Antonio Aznar Riazuelo avisó por teléfono al comité de vigilancia de las lamentaciones que se escuchaban desde el cementerio. Poco después de la llamada del médico, subió al cementerio un grupo de milicianos y lo remataron.













