Los socialistas pretenden hacerse con el control de la Masonería en España. Se acaban de anunciar las elecciones para designar al Gran Maestro de la Gran Logia de España y han presentado sus candidaturas dos socialistas. Uno de ellos es el senador por Vizcaya Txema Oleaga, al que por cierto no le han hecho mucho caso los periodistas. Y el otro es un famoso concejal de Baleares, Adolfo Alonso Carvajal, al que bastantes medios de comunicación le han entrevistado, porque parte como favorito. Ya saben, queridos lectores, que en más ocasiones de las deseadas la libertad de información consiste en correr presurosos en socorro del vencedor.

Adolfo Alonso Carvajal ha salido al paso de los malpensados y se ha despachado con la siguiente declaración: “No quiero que la sociedad piense que existe una maniobra política en la Gran Logia de España, porque no existe. No hay vínculos entre la Masonería y el partido socialista”.

Cuando leí las líneas que les he transcrito, mi recuerdo se ha trasladado a una película que me ha hecho reír de lo lindo cada vez que la he visto. La cinta está basada en la obra de Enrique Jardiel Poncela titulada Los ladrones somos gente honrada.

Así es que tras la candorosa y convincente declaración del aspirante socialista a tan alto cargo masónico, se me ha ocurrido que el lema de la campaña electoral masónica del socialista Adolfo Alonso Carvajal o, lo que es lo mismo, la campaña electoral socialista del masón Adolfo Alonso Carvajal, parafraseando el título de la película citada, bien podía ser este: Los masones socialistas somos gente honrada.

La película está interpretada magistralmente por Pepe Isbert, en el papel del tío de Castelar, representado por José Luis Ozores. Una de las escenas más notables es la del discurso de Pepe Isbert en el Rastro de Madrid, mucho más convincente que la declaración de Adolfo Alonso Carvajal, porque Pepe Isbert sabe mantener la atención de la concurrencia que le escucha ensimismada, lo que aprovecha Castelar para robar a los que hacen corro.

Adolfo Alonso Carvajal ha señalado que “no hay vínculos entre la Masonería y el partido socialista”. Esto me ha hecho reír y me ha recordado la película 'Los ladrones somos gente honrada'. El lema de Alonso Carvajal podía ser: Los masones socialistas somos gente honrada

¡Ah…, que no se lo creen ustedes! Eso es porque no han visto la película. Se lo transcribo para que vean que la veracidad de la declaración del socialista masón está muy por debajo de la del discurso de Pepe Isbert, que se expresa en estos términos al comenzar la película: “Y ahora la tortuga africana, cazada por un servidor de ustedes en las selvas del Orinoco, va a dar un triple salto mortal para demostrar a cualquiera de los que me escuchan, ya sea joven, persona o militar, que el animal es algunas veces superior al hombre”.

Y si la primera parte de la declaración del socialista que pretende convertirse en el Gran Maestro de la Gran Logia de España, les ha parecido lo que yo me imagino, les copio lo que dijo a continuación, a ver a qué les suena: “Con absoluta seguridad y certeza, los políticos dentro de la Gran Logia de España no están actuando de forma coordinada, ni como políticos ni como miembros del mismo partido. Nosotros no hablamos ni de religión ni de política en las logias, solo nos respetamos, y estamos en paz, porque buscamos más lo que nos une en lo esencial que las ideas de cada uno”.

Lo que afirma el socialista Adolfo Alonso Carvajal de la armonía y la paz masónicas es falso, mucho más falso todavía que lo del triple salto mortal de la tortuga africana de las selvas del Orinoco. Por lo que ya sabemos de la historia de la Masonería en España, nos permite calificarla como una de las instituciones más nefastas, por haber sido protagonista de los acontecimientos más desgraciados de la Historia de España de los últimos siglos.

El domingo pasado les contaba una faceta de la persecución religiosa en la España del siglo XIX: las matanzas de frailes de los años 1834 y 1835. El historiador Vicente La Fuente dice a las claras que los asesinatos de los frailes fueron “obra de francmasones y comuneros combinados”.

Las matanzas de frailes de los años 1834 y 1835 fueron “obra de francmasones y comuneros combinados”, según el historiador Vicente La Fuente, y Laureno de Jado y Francisco Martínez de la Rosa señalaron que fueron obra de “las sociedades secretas”

Por su parte, el que fuera fiscal de la Audiencia Territorial de Madrid en 1834, Laureno de Jado, confesó al final de su vida la verdad de lo ocurrido, que los crímenes habían sido “obra de los exaltados en la política de las sociedades secretas”. Y Francisco Martínez de la Rosa (1787-1862), que presidía el Gobierno cuando se produjeron los asesinatos de los frailes, ha dejado por escrito lo siguiente: “fue público y notorio que aquella catástrofe fue obra de las sociedades secretas para precipitar la revolución y arrojar del mando al partido moderado, aprovechándose del terror que difundió la aparición repentina del cólera, inventando lo del envenenamiento de las aguas como otras cosas absurdas que inventaron en otras capitales”.

Y no se piense que el sectarismo antirreligioso es algo exclusivo de los masones de España, pues el odio contra la religión y especialmente contra la religión católica es una característica propia de la Masonería, como magistralmente ha demostrado en uno de sus libros el profesor Alberto Bárcena.

En este sentido es bien elocuente lo sucedido en Francia a finales del siglo XIX y principios del XX. El ascenso a la presidencia del Gobierno francés de Émile Combes (1835-1921), en junio de 1902, supuso una nueva persecución para la Iglesia en Francia. Combes había sido un seminarista de un talante intransigente que llegó a doctorarse en filosofía escolástica. “La revolución —llegó a escribir en estos años— que comenzó por la declaración de los derechos del hombre ha de terminar proclamando los derechos de Dios. Pero sus superiores no le admitieron a la recepción del subdiaconado y abandonó el seminario, dando un giro radical a su vida: “En esta época —manifestaba tras la mutación—  en que las antiguas creencias más o menos absurdas y en todo caso erróneas tienden a desaparecer, los principios de la vida moral se refugian en las logias”. 

El ascenso a la presidencia del Gobierno francés de Émile Combes (1835-1921), en junio de 1902, supuso una nueva persecución para la Iglesia en Francia. El masón Combes había sido antes un seminarista de un talante intransigente, pero sus superiores no le admitieron a la recepción del subdiaconado y abandonó el seminario

Pues bien, Combes, que ya durante el pontificado de León XIII (18787-1903) había comenzado sus ataques contra las órdenes religiosas, en junio de 1904 rompió relaciones con la Santa Sede y suspendió el Concordato vigente desde 1801. Daba así un primer paso para, de manera unilateral, fijar un nuevo estatuto a la Iglesia en Francia, que es lo que se conoce como la Ley de Separación de la Iglesia y el Estado francés de 1905. Pocos días después de la ruptura de 1904, se presentaron varios proyectos de ley y comenzaron los trabajos parlamentarios. Sin embargo, Combes no pudo ver aprobada esa ley como primer  ministro, pues fue apartado del gobierno al descubrirse el "escándalo de las fichas" o ficheros secretos de funcionarios y militares a los que de un modo arbitrario se les podía ascender o paralizar su carrera, en función de su posición favorable a la Masonería. Y Combes fue presidente del partido radical socialista, desmintiendo lo que dice Adolfo Alonso Carvajal de que la Masonería y el socialismo no tienen ninguna relación.

La Ley de separación de 1905 no reconocía a la Iglesia personalidad jurídica, por lo que dejaba de ser sujeto de derechos. En consecuencia, todos los bienes de la Iglesia en Francia quedaron sin propietario, por lo que había que crear un nuevo dueño para esos bienes y se quiso buscar en unas futuras sociedades que se denominaron "asociaciones cultuales", por referirse al “culto” religioso.

Las asociaciones cultuales, compuestas por laicos, recibirían su capacidad de la ley civil; a la vez, el texto legal prohibía la intervención de la jerarquía eclesiástica en ellas. De este modo, se arrebataba a los católicos un derecho natural inalienable, pues tal disposición legal suponía que el derecho a la práctica de la religión emanaba del Estado, además de arrojar a los católicos franceses a la anarquía religiosa y al cisma, porque esas asociaciones cultuales y solo ellas serían las que podrían disponer de los lugares de culto, al margen o en contra de lo que pudiera decir el párroco o el obispo. Por último, la ley daba un plazo de un año para constituir las asociaciones cultuales, porque de no hacerlo así el Estado se apropiaría de todos los bienes de la Iglesia.

El Gobierno francés estaba convencido de que el Papa mandaría de inmediato a los fieles franceses que constituyeran las asociaciones cultuales. Pero San Pío X se expresó así de claro: “Sé cuántos andan preocupados por los bienes de la Iglesia. A mí  solo me inquieta el "Bien". Perdamos las iglesias, pero salvemos la Iglesia

Nadie dudaba de que la amenaza iba en serio. Ante la posibilidad de perderlo todo, el Gobierno francés estaba convencido de que el Papa mandaría de inmediato a los fieles franceses que constituyeran las asociaciones cultuales. Esos eran sus cálculos, pero San Pío X (1903-1914) se expresó así de claro: “Sé cuántos andan preocupados por los bienes de la Iglesia. A mí  solo me inquieta el "Bien". Perdamos las iglesias, pero salvemos la Iglesia. Miran demasiado a los "bienes". El 13 de abril de 1908 comenzó la incautación de todos los bienes, por lo que la Iglesia en Francia perdía todo su patrimonio en bienes muebles e inmuebles y por supuesto, se retiró la subvención que el clero venía recibiendo desde 1801, según lo acordado en el Concordato. Al igual que sucedió durante la Revolución Francesa del siglo XVIII, la Iglesia era despojada de todas sus pertenencias. En las páginas del Journal Officiel de 1908 se pueden consultar las largas listas de tantos lugares de culto y objetos religiosos que fueron a parar a manos particulares. La Primera Guerra Mundial sorprendió al Gobierno francés elaborando nuevas leyes anticlericales para tapar cualquier resquicio, por pequeño que fuera, por el que la Iglesia se pudiera hacer presente en la sociedad francesa.

Por otra parte, los datos que conocemos de la Masonería en España durante la Segunda República dejan también en evidencia al socialista Adolfo Alonso Carvajal, cuando afirma que no existe conexión entre la logias y la política.

Los masones tuvieron una representación desproporcionada en la Cortes Constituyentes de 1931, en las que 151 diputados eran masones: el 30% de los diputados del PSOE y el 57% de los del partido Radical Socialista

En 1931 no eran muchos los masones que había en toda España, según los datos de la profesora Gómez Molleda, solo había 2.700 masones. Pero los pocos que eran tuvieron una representación desproporcionada en la Cortes Constituyentes de 1931, en las que nada menos que 151 diputados eran masones. Concretamente el 30% de los diputados del PSOE y el 57% del partido Radical Socialista eran masones.

Como para que a estas alturas nos venga contando Adolfo Alonso Carvajal que no hay conexiones entre la masonería y el PSOE. La verdad es que, como le dice Castelar a su tío en una de las últimas escenas de Los ladrones somos gente honrada, cuando van a asaltar la caja fuerte, lo que hay entre el PSOE y la Masonería es que “¡Aquí hay mucho tomate, pero que mucho tomate… Pero qué clase de tomate!”.

Javier Paredes

Catedrático emérito de Historia Contemporánea de la Universidad de Alcalá