Decíamos ayer, que el fracaso en la OPA de BBVA sobre Sabadell, debía haber conllevado la dimisión inmediata del presidente Carlos Torres Vega, a lo que habría que unir el del CEO, Onur Genç, y probablemente de un Consejo de Administración que apostó por una OPA larga, de casi año y medio, que no ha sentado muy bien a la entidad.

Pero Carlos Torres se mantiene impertérrito en la Presidencia. Desoye los cantos de sirenas que le llegan desde el Unicredit de Andrea Orcell, para un matrimonio internacional, y no está dispuesto ni a hablar con el Santander, sobre todo desde que el Gobierno dejó claras cuáles son sus preferencias como banco de importancia sistémica mundial.

Ahora bien, el problema llega, como no podía ser de otra forma, que dirían en Moncloa, de puertas adentro. El equipo ejecutivo empieza a dar muestra de cansancio y de cierta frustración. Algunos directivos han aprovechado para poner en venta sus títulos de la entidad aprovechando la recompra de acciones a la que se obligó el presidente, deseoso de anunciar, durante el periodo de OPA, buenas noticias a los titulares de acciones del Sabadell. 

Ahí don Carlos se pasó dos pueblos, al anunciar un reparto de dividendo de 36.000 millones de euros hasta 2028. 

La OPA fracasó pero el compromiso quedó y, naturalmente, hubo que empezar con la amortización de acciones como inicio de pago de tan desorbitado dividendo. Y resulta que a esa amortización están acudiendo incluso directivos de la propia entidad... un ejemplo escasamente edificante.

Más, a pesar de las alabanza al Garanti, lo cierto es que el banco turco ha sido un incordio de pies a cabeza. Lo despreció el Santander, porque Turquía no es de fiar, pero el BBVA cayó en la trampa.

Venderlo todo entero no puede, ni tan siquiera malvenderlo. Por eso, intenta venderlo por trozos, empezando por Rumanía.

Torres está inmóvil porque cualquier movimiento corporativo o cualquier cambio de estrategia se puede interpretar como la preparación de su salida. Y al mismo tiempo, la OPA le ha generado una serie de exigencias con el accionista que le impide invertir.

En resumen, la obsesión de su presidente -no dimito aunque me cesen- está situando al BBVA en una posición límite. Y eso creo que no es bueno.