Sr. Director:

En la vida política española contemporánea pocas consignas han alcanzado tanta notoriedad como el célebre «¡No a la guerra!». Convertido en lema de manifestaciones, pancartas y campañas políticas, este eslogan ha pasado a formar parte del paisaje ideológico de una parte importante de la izquierda española y de diversas formaciones separatistas y filoterroristas. Durante años se ha presentado como una especie de imperativo moral incuestionable, una postura ética frente a los conflictos armados y al supuesto militarismo de los Estados occidentales.

Sin embargo, cuando se observa con detenimiento la práctica real de la política exterior española, aparece una contradicción difícil de ignorar. España mantiene desde hace décadas tropas desplegadas en múltiples países por todo lo largo y ancho de este mundo, participa activamente en operaciones militares multinacionales, forma parte de alianzas estratégicas permanentes y posee una industria de defensa capaz de fabricar y exportar armamento a numerosos países.

La distancia entre el eslogan y la realidad invita a una reflexión más profunda acerca del funcionamiento de la política contemporánea. Porque, como recuerda el viejo refranero castellano, «una cosa es predicar y otra muy distinta dar trigo».

España y el sistema de seguridad occidental

Desde finales del siglo XX España forma parte de la arquitectura de seguridad occidental. Su incorporación plena a la OTAN y su integración en la Unión Europea situaron a España dentro de un entramado de alianzas militares, acuerdos de defensa y compromisos estratégicos que condicionan inevitablemente su política exterior.

Esto significa, en términos muy simples, que España no actúa como un Estado neutral ni como una nación aislada, sino como miembro de un sistema de cooperación militar y política con otras naciones occidentales.

A consecuencia de ello, las Fuerzas Armadas españolas participan desde hace décadas en diversas operaciones internacionales. Desde los años noventa se han desplegado contingentes en lugares tan distintos como:

  • Bosnia y Herzegovina
  • Kosovo
  • Afganistán
  • Líbano
  • Irak

Estas intervenciones han sido presentadas oficialmente como misiones de estabilización, mantenimiento de la paz o lucha contra el terrorismo internacional. Pero en todos los casos implican la presencia de soldados españoles en regiones donde existen conflictos armados o tensiones graves.

Por consiguiente, la imagen de una España completamente ajena a los asuntos militares no se corresponde con la realidad.

Afganistán: dos décadas de presencia militar

Un ejemplo particularmente revelador de esta situación fue la participación española en la guerra de Afganistán. Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, numerosos países occidentales se implicaron en una intervención militar destinada a derrocar al régimen talibán y combatir a organizaciones terroristas internacionales.

España participó durante casi veinte años en aquella misión.

Miles de militares españoles rotaron por el país asiático y se establecieron bases importantes, especialmente en la región de Herat. Durante ese largo periodo más de un centenar de militares españoles perdieron la vida en operaciones o atentados.

Lo significativo es que esta participación se mantuvo bajo gobiernos de distinto signo político. Tanto gobiernos conservadores como socialistas consideraron necesario mantener el compromiso internacional adquirido.

La realidad estratégica se impuso, una vez más, sobre los discursos simplificados.

El giro histórico del socialismo español

La historia reciente ofrece otro episodio especialmente ilustrativo: el cambio de postura delPartido Socialista Obrero Español respecto a la OTAN.

Durante los años ochenta, el PSOE defendía la consigna conocida por todos: «OTAN, de entrada, no». Sin embargo, tras la llegada al poder del gobierno de Felipe González, la posición oficial cambió de forma notable.

La culminación de ese giro fue el Referéndum sobre la permanencia de España en la OTAN de 1986, en el que el propio gobierno socialista pidió a los ciudadanos que apoyaran la continuidad de España dentro de la alianza atlántica.

Fue uno de los cambios de rumbo más notables de la política española contemporánea. Aquella decisión consolidó definitivamente la integración de España en el sistema de seguridad occidental.

El episodio de Yugoslavia y el papel de Javier Solana

La historia reciente ofrece un episodio especialmente revelador de las contradicciones entre discurso y acción en la política española. Un dirigente socialista español, Javier Solana, desempeñó un papel central en una de las operaciones militares más controvertidas de Europa. Como secretario general de la OTAN, Solana autorizó en 1999 la campaña aérea contra la República Federal de Yugoslavia, durante la guerra de Kosovo. Setenta y ocho días de bombardeos afectaron tanto objetivos militares como infraestructuras estratégicas.

Lo que hace todavía más llamativa esta paradoja es que en el equipo de Solana estaba un joven Pedro Sánchez Castejón, quien más tarde se convertiría en presidente del Gobierno de España. La presencia de Sánchez en aquel equipo ilustra de manera concreta cómo ciertos dirigentes socialistas han estado vinculados directamente a operaciones militares internacionales, incluso cuando sus discursos políticos posteriores se han presentado bajo la bandera del pacifismo y del rechazo a la guerra.

Este episodio demuestra de manera inequívoca cómo la práctica política y estratégica del Estado español puede diferir radicalmente del lenguaje de las consignas, incluso dentro del propio Partido Socialista Obrero Español, históricamente defensor de posiciones antimilitaristas en la oposición.

La industria española de defensa

A esta realidad estratégica se añade otro elemento que rara vez aparece en los discursos simplificadores: la existencia de una industria militar relevante.

España produce y exporta armamento a través de empresas como NavantiaIndra Sistemas o Airbus.

Este sector fabrica:

  • buques de guerra
  • aeronaves militares
  • sistemas electrónicos de defensa
  • munición y explosivos

Se trata de una industria tecnológicamente avanzada que genera miles de empleos y participa en programas internacionales de gran complejidad técnica.

Por esa razón, incluso gobiernos que mantienen un discurso crítico hacia el militarismo suelen apoyar al mismo tiempo los programas industriales vinculados a la defensa.

El coste económico y humano de las misiones exteriores

Las operaciones internacionales tienen además un coste considerable. A lo largo de las últimas décadas, España ha destinado miles de millones de euros al sostenimiento de estas misiones.

Los gastos incluyen:

  • transporte estratégico
  • mantenimiento de bases
  • equipamiento militar
  • logística y apoyo sanitario

A ello se suma el sacrificio de numerosos militares que han perdido la vida en operaciones en el extranjero.

Cada una de esas muertes recuerda una verdad elemental: incluso las misiones denominadas “de paz” comportan riesgos reales.

Consignas y realidades

Al contemplar el conjunto del panorama aparece con claridad la diferencia entre dos planos distintos de la vida política.

Por un lado está el mundo de las consignas, las manifestaciones y los eslóganes electorales. En ese terreno prosperan expresiones simples como «No a la guerra», capaces de movilizar emociones colectivas.

Por otro lado, está el ámbito de la «política de Estado», donde intervienen factores mucho más complejos: compromisos internacionales, alianzas estratégicas, intereses económicos y equilibrios de poder.

Los gobiernos pueden cambiar el tono de su discurso, pero no pueden alterar a voluntad la estructura del sistema internacional en el que se están insertos.

Una vieja lección de la historia política

La historia demuestra una y otra vez que los movimientos políticos que proclaman principios muy absolutos cuando se encuentran en la oposición suelen modificar su lenguaje al acceder al poder.

Entonces descubren que el Estado debe:

  • garantizar su defensa
  • proteger sus alianzas
  • cumplir compromisos internacionales
  • mantener capacidades militares

En ese momento, la retórica deja paso al pragmatismo.

Conclusión

España no es una nación belicista, pero tampoco es un país ajeno a los asuntos militares. Es un Estado plenamente integrado en el sistema de seguridad occidental, con compromisos internacionales, industria de defensa y participación en operaciones exteriores.

La persistencia del eslogan «¡No a la guerra!» en ciertos sectores del debate público no modifica esta realidad.

Y quizá por eso el viejo refranero español, siempre atento a las debilidades humanas, dejó formulada hace siglos una observación que parece escrita para situaciones como esta:

«Consejos vendo que para mí no tengo».

O, en una versión aún más directa y castiza:

«Una cosa es predicar… y otra muy distinta dar trigo».

Y ante tales contradicciones de la vida pública, no queda sino recordar aquella vieja expresión castellana que resume perfectamente el asombro del observador:

«Cosas veredes y oyeres… que harán temblar las paredes».