El sábado 28 Israel y Estados Unidos atacaron Irán. En el primer momento, se dijo que el objetivo era provocar la caída del régimen de los ayatolás. Una operación con un diseño parecido a la operación de Venezuela de enero de este mismo año.
En 24h vimos cómo Irán había atacado a seis países distintos, a bases de Estados Unidos en la región, como había anunciado que haría.
Para comprender el origen de esta guerra, vayamos un poco atrás. A principios de noviembre comenté en una entrevista en el canal Inspirabrand que existían reportes de fuentes de inteligencia de Estados Unidos en los que se mencionaba que Israel había cargado uno de sus submarinos con ojivas nucleares. Fue poco después del asesinato de Charlie Kirk, del cual Netanyahu salió a anunciar al mundo que Israel no estaba detrás de aquello. Algunos analistas comentaban y yo me hacía eco entonces, que la ventana de Israel para atacar Irán se estaba cerrando por el cambio que se estaba produciendo en Estados Unidos respecto a la visión de Israel, principalmente entre los más jóvenes del movimiento MAGA. Dije entonces: esta guerra estallará, antes del 15 de noviembre o ya en marzo. Era una cuestión climatológica y para quienes seguimos el estado del conflicto era algo evidente. Un conflicto planificado desde al menos 2001 y confesado por el general de cuatro estrellas Wesley Clark y por otros miembros destacados del Pentágono, como el coronel Lawrence Wilkerson. Incluso antes, porque Netanyahu lleva avisando al mundo de que Irán estaba a semanas de disponer de armas nucleares desde al menos 1988.
Para entender esta fijación de Israel contra Irán hay que escuchar una conversación entre Bibi Netanyahu y el rabino venerado de Chabad Lubavitch, Menachem Mendel Schneerson, en 1990 en Brooklyn, New York:
- "Haz algo para aligerar la venida del Mesías".
- "Lo estamos haciendo, lo estamos haciendo".
- "No es suficiente, tienes que hacer más".
Irán ha tenido hasta la guerra de junio de los 12 días a miembros de la Agencia Internacional de Energía Atómica Internacional, organismo de la ONU encargado de la supervisión de las actividades de enriquecimiento de uranio de Israel. Finalizó al constatarse que el diplomático argentino Rafael Grossi había filtrado a Israel información de su actividad en Irán. Israel en cambio nunca ha permitido a extranjeros supervisar sus instalaciones nucleares. Hoy incluso, nadie sabe la cantidad de ojivas nucleares que tiene. Por cierto, el senador Ron Paul, del Partido Republicano, ha dicho en alguna ocasión que el gobierno de Estados Unidos está controlado por Israel desde el asesinato de Kennedy, quien quiso controlar los planes de Israel de conseguir la bomba nuclear, que según muchos investigadores se produjo gracias a filtraciones del personal científico de Estados Unidos.
Saltamos adelante y volvemos al domingo 1 de marzo. Antes de transcurridas 48h de enfrentamientos, ya estaba empezando a cambiar el discurso. Desde fuentes del Pentágono, se dijo que los bombardeos, todavía no se hablaba de guerra, podrían durar varias semanas. El lunes 2, Trump habló por primera vez de un conflicto que podría durar un mes. El quinto día, se anunció desde Estados Unidos el envío de 50.000 tropas. El sexto día, el Pentágono comenzó a hablar de guerra y Trump dijo que podía extenderse hasta septiembre.
Ese desplazamiento del calendario es una señal clásica de error estratégico. Cuando una guerra empieza con promesas de rapidez y enseguida se empieza a hablar de semanas, normalmente significa que el objetivo central no se ha logrado. Así lo ha interpretado por cierto The Economist, quien ha titulado su portada para el número del 7 de marzo así: A war without a strategy.
Cambio de planes, la cosa no marcha como se esperaba
Conviene recordar que, antes del inicio de la operación militar, surgieron tensiones dentro del propio aparato estratégico estadounidense. Diversas informaciones señalaron que el jefe del Estado Mayor Conjunto, el general Dan Caine, había advertido de que una movilización limitada difícilmente podría alcanzar objetivos tan ambiciosos como debilitar decisivamente al régimen iraní. La polémica creció cuando algunos medios interpretaron esas reservas como una oposición interna a la guerra. Trump rechazó públicamente esas informaciones y negó que su principal jefe militar se opusiera a la operación. Aunque no se produjo un despido confirmado, el episodio reflejó una tensión clásica en la planificación de conflictos: el contraste entre los objetivos políticos y las advertencias más prudentes de los mandos militares sobre el tiempo, los recursos y la escala real que exigiría una guerra contra Irán.
Durante esta primera semana de conflicto se ha producido además un hecho políticamente llamativo. En Estados Unidos, la autoridad para declarar la guerra corresponde al Congreso, y la forma habitual de que un presidente actúe sin esa declaración formal es invocar la necesidad de defensa ante una amenaza inminente. Sin embargo, en sesiones informativas a puerta cerrada ante el Congreso, responsables del Pentágono y de la comunidad de inteligencia estadounidense señalaron que no existía información que indicara que Irán estuviera preparando un ataque inmediato contra Estados Unidos o sus fuerzas antes de los bombardeos. Según fuentes presentes en esas reuniones, la inteligencia disponible apuntaba a riesgos generales derivados de las capacidades iraníes, pero no había indicios de un ataque inminente ni de que Teherán estuviera a punto de golpear primero, lo que ha alimentado el debate político en Congreso de los Estados Unidos sobre la justificación y la base legal de la operación militar.
Volvamos al quinto día. El Departamento de Defensa anunció que comenzaba a priorizar el uso de bombas gravitatorias lanzadas desde aviones en lugar de misiles de crucero de largo alcance como el Tomahawk, un cambio que varios analistas interpretaron como señal de que se estaba intentando preservar las reservas de munición de precisión. En paralelo, la Casa Blanca mantuvo contactos con la empresa Raytheon, fabricante del Tomahawk, después de que el Pentágono firmara acuerdos para ampliar la producción de este sistema hasta más de 1.000 unidades al año, dentro de un programa destinado a reforzar las reservas estratégicas de misiles estadounidenses. Para poner esa cifra en perspectiva, diversos analistas militares en Estados Unidos han señalado que en los primeros días de un conflicto de alta intensidad pueden consumirse centenares de misiles de precisión; algunas estimaciones apuntan a que en los primeros tres días de operaciones se habrían empleado cerca de 400, lo que ilustra la enorme velocidad con la que estas guerras modernas pueden agotar los arsenales disponibles.
El problema real es el tiempo. Las guerras modernas tienen dos límites muy concretos: la munición y la política.
Irán no puede caer en el error de dejar una guerra inconclusa, que sólo dará pie a que sus enemigos se rearmen para volver a atacarles
Estados Unidos posee una superioridad militar enorme, pero eso no significa que pueda sostener una guerra larga en cualquier escenario, como han recordado numerosos analistas y militares de Estados Unidos. La guerra consume cantidades gigantescas de misiles interceptores, bombas guiadas, munición de precisión y sistemas antimisiles. Ese consumo es sostenible durante semanas, pero empieza a convertirse en problema cuando el conflicto se prolonga.
El segundo límite es político. La sociedad estadounidense ha salido marcada de Afganistán e Irak. Mientras una guerra parece rápida y quirúrgica es tolerable. Cuando se convierte en un conflicto largo con bajas, el apoyo político empieza a evaporarse. Cada ataúd que regresa a casa tiene un peso político enorme.
A una semana del inicio del conflicto, está claro que el plan inicial ha fracasado. Una evidencia de este fracaso estratégico es que ya sabemos que los ataques a las bases de UK en Chipre y a la gran refinería de Aramco en Arabia Saudí no han sido obra de Irán, sino de Israel, para forzar la entrada de más bandos en el conflicto. Como resultado, ni UK ni Arabia Saudi han movido ficha.
Toda esta situación crea una presión estratégica muy clara. Estados Unidos no puede retirarse sin una victoria que vender. Israel no puede permitirse quedarse sólo frente a Irán. E Irán no puede caer en el error de dejar una guerra inconclusa, que sólo dará pie a que sus enemigos se rearmen para volver a atacarles.
Si dentro de cuatro o cinco semanas el régimen iraní sigue en pie, la pregunta será inevitable: ¿cómo terminar la guerra?
Las opciones serán dos:
- negociar sin haber logrado el objetivo
- aceptar una guerra larga e incierta
La historia muestra que las guerras que empiezan prometiendo rapidez tienden a terminar en la segunda opción. El problema es que sin misiles en uno de los dos bandos (Irán se cree que tiene un arsenal para muchos meses de combate), el recurso a cerrar con armamento nuclear es muy elevado.











