Jueves, 11 de marzo de 2004, se cumplen hoy 22 años: estallan varios trenes en Madrid y mueren 193 españoles. Dos años y medio antes, antes el 11 de septiembre de 2001, aviones comerciales secuestrados tumbaban la torres gemelas de Nueva York. Luego vendrían Bali, contra Austria, y Londres. Terrorismo yihadista en estado puro. El asunto provocó la guerra de Afganistán -admitida por el Papa Juan Pablo II- y la posterior guerra de Iraq, negada por el mismo Papa, que se opuso a ella de foma directa. Y es que la guerra del siglo XXI es la guerra terrorista, asesinos que matan y luego se esconden detrás de la sociedad civil, incluso de sus propia familias. Y no se pueden matar moscas a cañonazos porque mueren inocentes.
Ahora bien, tras los atentados del 11 de marzo de 2004, en Madrid, ocurrió algo sorprendente.
Aunque, al revés de lo que ocurrió en Estados Unidos, en Reino Unido, en Australia que también sufrieron atentados yihadistas, España no se unió sino que se dividió. Nadie en aquellos tres países dudó sobre el culpable, los islámicos. Aquí sí, y se inició un proceso cuya cima, o al menos su punto más chusco, fue cuando un musulmán asesinó al sacristán de una iglesia de Algeciras, y la entonces ministro Ione Belarra, salió en defensa del asesino porque, al ser musulmán podía ser estigmatizado por una población racista.
Pero el 11-M provocaría otras consecuencias negativas: los atentados del 11 de marzo de 2004 resucitaron el guerracivilismo. Y con él, la España rota y el Frente Popular. La España del enfrentamiento y, ya con Pedro Sánchez, el nuevo Frente Popular, compuesto por socialistas, comunistas y separatistas. Y otra vez, como en la II República, con el PNV como partido bisagra del comunismo de línea dura y semblante blando. Igualito que en la II República.












